Yo he crecido en la diversidad absoluta. De niño recuerdo las voces de las mujeres saliendo de las ventanas y los balcones de las casas, esas mujeres que cantaban. Era maravilloso, porque esa Badalona era también una pequeña Andalucía dentro de un barrio de gente humilde y trabajadora, donde había escasez, pero donde también se respiraba musicalidad y alegría.

Para empezar, mi padre, un hombre murciano, me ponía discos de Pink Floyd, The Beatles o de Alan Parsons, y mi madre, que es manchega, de Bambino, María Jiménez o Manolo Caracol. Mis vecinos eran extremeños, gallegos, andaluces… Y cuando empecé a vivir en Barcelona mis amigos eran de todas partes del mundo. Ya con el tiempo, con los viajes y los músicos con los que he trabajado y convivido, he tomado conciencia de que la diversidad me enriquece, de que me hace crecer, aprender y formarme como ser humano. Estoy impregnado de tantas cosas distintas, de tanta mezcolanza, que siento que eso ha sido la base fundamental para formarme como la persona que hoy día soy.

 

«La diversidad te enriquece y te hace crecer, aprender y formarte como ser humano.»

 

Empecé a cantar con 15 años. El flamenco me permitía despertar y escucharme en voz alta; me permitía expresar las cosas que, por timidez o por la edad, no era capaz de decir en una conversación. A esa edad experimentaba sentimientos muy fuertes que gracias a la música podía sacar fuera y escucharme por dentro, a través de los cantaores y del cante. ¡Cómo no va a ser importante la música en la formación de los niños! Si es que a mi niño, que ahora tiene dos años y medio, que empieza a balbucear y a cantar, la música le genera un estado de felicidad y una emoción como de euforia que es maravillosa.

 

 

Si me pongo a pensar, tanto a los niños como a los grandes la música también les hace entender el sentido de la palabra compartir. Este sentimiento, junto a otros valores básicos para la convivencia, es precisamente el que se pretende infundir a los jóvenes del barrio sevillano del Polígono Sur en los talleres de flamenco de la Fundación Atenea, impulsados por la Obra Social ”la Caixa” junto con el Ayuntamiento de Sevilla y el Comisionado del Polígono Sur. Dentro del Proyecto ICI, el objetivo de los talleres es fomentar la cohesión social y el diálogo intercultural. Y la labor de las entidades es vital para que los jóvenes puedan enriquecerse de la diversidad de su entorno. Cuando yo estoy con mis músicos, por ejemplo, me da igual de dónde sean, me da igual su ideología. Lo que importa es cuando nos miramos en el escenario, cuando sonreímos a la vez en ese momento en que ha surgido algo mágico, algo bello. La música nos ayuda a dialogar. La diferencia hace al mundo atractivo. Pero es fundamental el respeto mutuo para hacer posible la convivencia y el desarrollo de este planeta.

 

«La música nos ayuda a dialogar.»

 

En el caso de los niños que tienen situaciones complicadas en casa, la música les hace soñar, y quizá alivia también a los padres, que pueden ver cómo su hija o su hijo está feliz fuera de los problemas familiares. La música siempre es curativa, en todos los aspectos, es terapéutica. Así lo he sentido yo toda la vida. La música ha sido mi mejor psicólogo. Poder cantar, poder sacar fuera tus sentimientos a través del cante y respirar belleza alrededor es algo que cura, que sana y que enriquece tu parte espiritual.

En el fondo, la música-fusión es un diálogo de muchas culturas, y yo he intentado dialogar con las culturas que he tenido cerca: ya sea la argentina (el tango) o la catalana, y también a través de los poetas de mi tierra, con la música clásica, con el jazz, etc. Los artistas a veces nos olvidamos de nuestra capacidad de traspasar fronteras. La música puede cambiar el mundo. Y cada vez hay más artistas comprometidos socialmente. Un artista con millones de seguidores no solo tiene el poder en su voz, sino también en su palabra. Y, si lucha por la justicia y los derechos humanos, puede tener mucho.

 

Realización: Jesús Cordero y Rubén Martín
Documentación: Sara R. Gallardo