Se habla mucho hoy en día de que los niños están perdiendo el contacto con la naturaleza. Las nuevas generaciones, tan bien conectadas a internet y a las redes sociales, parece que son un poco ajenas a los beneficios del aire libre. Si a esto le sumas una vida sedentaria, la obesidad infantil o la pérdida de conocimientos (la mayoría de niños de ciudad identifica antes el logotipo de una marca que el nombre de las plantas y animales de su entorno), tienes a un montón de padres y educadores preocupados, que afirman que los niños de hoy necesitan una inyección de aire fresco y espacios verdes.

Consecuentemente se han puesto en práctica un montón de iniciativas para ponerle remedio. En Europa hay varios programas educativos, como la Forest School, que animan a los niños a hacer actividades en las que la naturaleza es el aula, donde aprenden habilidades básicas relativas a la vida en el monte. Otras iniciativas, como Los Cinco Grandes de CaixaProinfancia en España, llevan a niños de familias en riesgo de exclusión social a parques naturales y les transmiten valores como el respeto al medio ambiente, la observación o el trabajo en equipo.

 

«Los estudios han probado una y otra vez los beneficios que tiene el pasar tiempo al aire libre en los más pequeños.»

 

Desde el punto de vista académico, los estudios han probado una y otra vez los beneficios que tiene el pasar tiempo al aire libre en los más pequeños: desde una mejora de la salud mental y física hasta efectos positivos a largo plazo a nivel cultural y social en la consciencia ambiental y en la implicación con las comunidades locales.

Aunque la inquietud por estos temas parece estar en alza, en realidad, viene de lejos. En mi propio trabajo he investigado su evolución durante el último siglo e intentos concretos para encontrar soluciones. En el Reino Unido, a principios del siglo XX, temores respecto a la salud y el rumbo moral de los jóvenes llevaron al escritor y militar Robert Baden-Powell a fundar los Boy Scouts. Sus ideas sobre los beneficios de la vida al aire libre en colectividad estaban influenciadas por sus experiencias en el ejército, pero también por cuentos de aventuras e ideas míticas sobre la fortaleza física y mental del hombre primitivo. Estas ideas las tomó de Ernest Thompson-Seton, artista y naturalista cuyos escritos inspiraron el movimiento escultista.

Según Seton, el sofisticado urbanita tenía mucho que aprender de las prácticas de aquellos que vivían más cerca de la naturaleza. Seton decía que “los piel roja”, los indígenas americanos, eran un ideal a seguir. Aunque sus ideas eran muy románticas y estaban basadas en generalizaciones culturales, él defendía que el estilo de vida de esos pueblos podía llevar por mejor camino a los chicos de ciudad, que él veía como débiles, malnutridos y moralmente a la deriva. En su colectivo Woodcraft Indians, los niños podían desarrollar resistencia física con habilidades de supervivencia en la naturaleza como identificar huellas, seguir rastros o hacer una hoguera, además de ganar autoridad moral gracias a la toma de decisiones colectiva de los campamentos.

Seton era socialista y pacifista, y no veía con buenos ojos que el escultismo mezclara sus ideas con la disciplina militar. Después de la I Guerra Mundial, grupos de jóvenes británicos adoptaron sus teorías dejando de lado la misión militarista de Baden-Powell y desarrollando a la vez ideales contraculturales. La orden de la Woodcraft Chivalry, los Kindred of the Kibbo Kift y los Woodcraft Folk tenían creencias y prácticas muy distintas pero estaban de acuerdo en una cosa: los niños (y también los adultos) debían vivir cerca de la naturaleza para mejorar su salud y su fortaleza moral.

 

«Vivir bajo los preceptos de la vida en el bosque era algo más que una afición para matar el tiempo libre.»

 

Estos grupos atrajeron a miles de seguidores en los años de entreguerras, incluyendo escritores famosos como H. G. Wells y pesos pesados de la política de izquierdas. Su punto de vista era bastante peculiar. Decían que vivir bajo los preceptos de la vida en el bosque era algo más que una afición para matar el tiempo libre: implicaba comprometerse con una revolución cultural y espiritual total, que culminaría en la creación de una nueva utopía después del inevitable colapso de la vida en la ciudad.

Aunque nunca pudieron fundar su nuevo mundo, muchos de sus valores siguen vivos en los proyectos que ahora trabajan por vincular a los niños con la naturaleza y mejorar el mundo yendo de acampada. Personalmente, como historiadora y producto de una infancia urbanita, no creo que la naturaleza sea la solución de todos los problemas sociales y sé que a veces la gente de ciudad la idealiza. Pero sin lugar a dudas veo los beneficios y rindo homenaje a todas estas iniciativas que intentan que todos los niños, sin diferencias, sean un poco más salvajes y, a la vez, más personas.

 

Realización: Gema Briones
Fotografía: Laia Sabaté