No es extraño que uno siempre recuerde a aquel profesor que le cambió la vida, que le inspiró a trabajar en según qué cosa o que le enseñó a amar algo desconocido hasta entonces. El entusiasmo es contagioso, qué duda cabe, y encontrar en el camino, cuando nos estamos formando, a un apasionado de su trabajo es toda una suerte. A mi cabeza vienen algunos nombres, como mi maestra del colegio, Cele, que me dejaba libros mientras los demás compañeros jugaban. Supo ver antes que yo que me interesaban más las palabras que los ábacos, y que la hora de la siesta era, para mí, el momento de la lectura. Es uno de los recuerdos más nítidos de mi infancia: esos libros enormes de planetas sobre mis rodillas. Tanto literal como metafóricamente, tenía encima de mis piernas un mundo nuevo. La recuerdo con cariño y cada vez que la encuentro por el barrio nos damos un abrazo sincero. Me acuerdo de Carlos Cantero, profesor de Lengua del instituto, que nos enseñaba sintaxis con frases en las que los alumnos éramos los protagonistas y convertía la clase en un juego. Pienso también en James Womack, profesor de la universidad que nos daba «Poesía modernista anglonorteamericana». El examen que nos puso consistía en el análisis libre del poema que más nos gustara. No existía una única respuesta válida. No sé si fue mi nota más alta de la carrera, pero sin duda sí fue el examen que más disfruté y el que me permitió expresarme mejor.

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Creo que la base del aprendizaje es la duda. A propósito de esto, recuerdo algo. En casa, cuando hacía alguna pregunta a mis padres, siempre conseguían que encontrara yo misma la solución. Por ejemplo:

—Papá, ¿camión lleva tilde?

—¿Tú qué crees?

—Hm… ¿Que sí?

—Dímelo tú.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque todas las palabras agudas terminadas en –n, –s o vocal llevan tilde.

—Bien hecho.

Y así con todas las dudas. Cuando no conseguía encontrar la solución, mi padre me explicaba con su «tono de maestro» y todo lujo de detalles la respuesta correcta, asegurándose de que la entendía. Confieso que a veces me ponía muy nerviosa: quería la respuesta fácil, no esperar y seguir con mis deberes. Sin embargo, hoy en día sé que esta manera de enseñarme ha hecho que me cuestione todo, que busque las respuestas a todas mis dudas dentro de mí y que tenga siempre los oídos muy abiertos.

 

 

La de maestro me parece una de las profesiones más complicadas que existen hoy en día, y también una de las más vitales. Creo que debe ser vocacional, defiendo la enseñanza pública, de calidad y apta para todos, y me parece contraproducente la cantidad de dificultades que existen para con los profesores jóvenes con un sistema de oposiciones de dificultad excesiva. También considero que el sistema educativo, en parte, se está quedando obsoleto. Hay una frase bien conocida que dice: «Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil». Yo sueño con un mundo que eduque a sus habitantes desde la libertad de elección, desde la oportunidad de expresarse sin miedo y desde el amor a la enseñanza y al aprendizaje. Creo que es la única manera de mejorar la sociedad en la que vivimos.

 

«No es solo una iniciativa solidaria, es un empujón a la construcción de un futuro.»

 

Aplaudo todas las iniciativas de la Obra Social ”la Caixa”, en especial el programa CaixaProinfancia, que tiene como objetivo principal acompañar a los niños de familias con pocos recursos en su etapa escolar para ayudarles a terminar los estudios y fomentar sus capacidades para que puedan llegar a ser todo lo que quieran. No es solo una iniciativa solidaria, es un empujón a la construcción de un futuro, es la defensa de un derecho universal y constitucional como es la educación. No es una utopía, no es algo inútil: los niños, todos, tengan o no recursos, están ávidos por aprender, por descubrir, por mostrar su potencial, por encontrar su lugar en el mundo.

 

«La educación es el camino por el que transitamos en la vida.»

 

He sido testigo de que proyectos como el nombrado funcionan y son extremadamente necesarios. Sin ir más lejos, mi padre comenzó trabajando por la escolarización de la población gitana de Segovia en lo que se llamaban escuelas puente. En ellas, se facilitaba su incorporación al sistema ordinario. Tiempo después, se incorporó al programa de educación compensatoria, en el que se añadían alumnos con problemas socioculturales, económicos, familiares e inmigrantes. Desde niña, he sido testigo del cariño y agradecimiento que todas las familias y antiguos alumnos le dan a mi padre cuando lo ven por Segovia.

La educación es mucho más que una fórmula, una norma ortográfica o una palabra en otro idioma. La educación es el camino por el que transitamos en la vida: es una suerte que DEBE y MERECE  ser para todos.

 

 

Realización: Iván Rubio y Guillermo A. Chaia