Cuando tenía 13 años me prometí que subiría al Everest. Había hecho el primer tresmil de mi vida en Aigüestortes (Lleida) y me estaba leyendo Victoria en solitario de Peter Habeler. Supongo que, entre la épica de la ascensión y el impacto de la literatura en mi mente preadolescente, surgió ese deseo tan romántico. He tardado 34 años y he dado muchas vueltas para conseguirlo –antes he subido los otros 13 ochomiles del mundo–, pero he mantenido esa ilusión infantil como un tesoro hasta que el pasado 27 de mayo la hice realidad, cerrando un círculo deportivo y de vida.

 

«La montaña te recuerda tus límites y te vuelve humilde.»

 

No soy un héroe de la sociedad ni un símbolo de nada. Y no lo digo por falsa modestia, sino porque la montaña te recuerda tus límites y te vuelve humilde. Te hace muy consciente de lo mágico que es estar vivo y de lo misterioso que debe de ser dejar de estarlo. Así que una de las cosas que más agradezco es haber sobrevivido y poder contarlo.

 

 

El último tramo de la ascensión fue muy duro y tuve que acabar con oxígeno. Estaba a 39 de fiebre, sin mis compañeros y con un clima horrible. Pero nunca pensé en abandonar. Yo sabía que subiría al Everest ¡porque no podía no subir! Sabía que cualquier circunstancia lo retrasaría, lo haría más difícil…, pero en ningún caso lo impediría.

Pasión y amor. Esas son las llamas que hay que mantener siempre vivas. Creo que la motivación para lograr las cosas no ha de estar en los aspectos racionales o en las ventajas que te pueden ofrecer, sino en los sentimientos y el amor: por tus hijos, por la música, por la literatura, por un poema, por un paisaje… ¡por lo que sea! Los sentimientos son lo más básico y simple, pero también lo más poderoso del mundo.

 

«Cuando te falta oxígeno sientes que tu vida está colgando de un hilo.»

 

Yo no llevo los patrocinios de forma fría y distante; no soy un motorista que se coloca una pegatina y le da gas a una moto. A mí me enorgullece sinceramente que una entidad como la Obra Social ”la Caixa” esté detrás de una historia como la mía. Siento que tengo un apoyo no ya de una empresa, sino de personas totalmente implicadas, mucho más allá del mercantilismo puro y duro.

También me enorgullece que científicos tan potentes como el doctor José Manuel Soria del Hospital de Sant Pau de Barcelona hayan querido contar con mi ayuda para investigar enfermedades respiratorias graves, como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), desde el Proyecto Sherpa Everest 2017. Las enfermedades relacionadas con la falta de oxígeno son mucho más frecuentes de lo que pensamos. Y sé por mi experiencia en las alturas que es una sensación muy dura tener tu cuerpo muy al límite, tu vida colgando de un hilo, como si fueras una llamarada muy débil y cualquier soplo de viento te pudiera apagar.

 

«Me parece muy bonito que la conquista de lo inútil por fin vaya a ser útil.»

 

Siempre he dicho que el alpinismo era un poco la conquista de lo inútil. Por eso, ahora me parece muy bonito que la conquista de lo inútil por fin vaya a ser útil. Durante la expedición nos han hecho electrocardiogramas, estudios químicos, fisiológicos… Pero lo importante es que, a través de la sangre, determinarán cómo ha cambiado nuestra genética a lo largo del proceso de aclimatación, desde que salimos de casa hasta que hicimos cumbre. Todo, para identificar los mecanismos fisiológicos de la adaptación a la falta de oxígeno a partir de la expresión de todo el genoma (los 22.000 genes). Creo que en el 2018 habrá resultados concluyentes.

¿Dónde estaré el próximo 27 de mayo? Seguramente en el Everest. Me haría ilusión acabar este proyecto llegando a la cima sin oxígeno, y mi intención es volver a intentarlo en el 2018. Pero ahí no acabará todo… Uno de los libros más vendidos de la historia del alpinismo es La conquête de l’Annapurna de Maurice Herzog, que habla del primer ochomil conquistado por el ser humano. La última frase del libro es: “En la vida de los hombres siempre habrá otros Annapurnas”. Y a mí aún me quedan muchos Annapurnas. El más importante, ser feliz.