La historia de vida de Román comienza en Ferrol una tarde lluviosa de 1948. Él no se acuerda, pero cuentan que ese día, cuando nació, en casa todo fue jarana y alegría, ajenos a la mochila que traía consigo el pequeño: la semilla de una enfermedad pulmonar crónica, la EPOC, que le ha llevado a las urgencias del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria de Tenerife en múltiples ocasiones, además de requerir hasta seis hospitalizaciones en los últimos años. Pero esa mochila también guardaba los secretos para transformar el dolor en serenidad. Secretos que ha podido descubrir y comprender gracias a Ainhoa Sánchez, psicóloga del Programa para la atención integral a personas con enfermedades avanzadas de ”la Caixa”. Hoy mira al futuro con el convencimiento de que es una aventura con final feliz.

Los primeros rayos de sol comienzan a despuntar en la isla de Tenerife. Desde su habitación, Román contempla el horizonte encendido, con la serenidad de quien ya no teme a la “dama del alba”, un bonito eufemismo que él mismo ha creado para referirse a la muerte. Desde allí, observa también la ciudad desperezarse y, sin querer, sus pensamientos viajan hacia la consciencia de las personas que comienzan su día: “A todas ellas, sobre todo a las que sufren, les diría muy bajito al oído: «amigo, hermano, no tengas miedo»…”.

 

Ilustración dos hombres bailando

 

La vida de Román no ha sido fácil. Aun con una enfermedad pulmonar y asma de nacimiento, fue adicto al tabaco y al alcohol parte de su vida. A los 50 años, pasó por una depresión, que tardó una década en superar. Además, a esa edad los efectos de la EPOC eran cada vez más difíciles de sobrellevar. “A todo esto hay que añadir los dolores de espalda y cintura, fruto de varias hernias discales, además de la espondilosis y la escoliosis severa sin posibilidad de cirugía. De hecho, uno de los traumatólogos que me atendió pronosticó que, a partir de los 70 años, seguramente tendría que ir en silla de ruedas”, cuenta.

Hace casi cinco años, su estado de salud empeoró y lo ingresaron por primera vez en la planta de Neumología del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria de Tenerife. A los 15 días, le permitieron dar el primer paseo con el portasueros. Sin saberlo, llegaría a la planta que le iba a cambiar la concepción del dolor: la planta de los niños con cáncer. “Esos niños y niñas, con sus cabecitas afeitadas, eran la pura imagen de la esperanza, la alegría y la inocencia. Cuando volví a mi habitación, no pude evitar llorar”, recuerda. Sin embargo, lejos de hundirse, esa visita improvisada le sirvió para reconsiderar cómo percibía su estado y para algo mucho más importante: aceptar su situación. “Por fin capté el sentido profundo del misterio de la redención. No en el sentido cristiano, sino como un proceso de madurez espiritual y de aceptación serena de mi padecer, como consecuencia inevitable de unos hábitos nocivos que, al final, pasaron factura”.

A partir de ahí comenzó un proceso de cambio: Román empezó a bailar un vals con el dolor, su enfermedad y la cercanía de esa “dama del alba” para ver qué tenían preparado para él, qué lecciones escondían tras la apariencia de desesperación y sufrimiento. Así, con el tiempo y acompañado en todo momento por Ainhoa Sánchez, psicóloga del Equipo de Atención Psicosocial (EAPS) Cruz Roja Tenerife del Programa para la atención integral a personas con enfermedades avanzadas de ”la Caixa”, que trabaja estrechamente con la Unidad de Paliativos del hospital, aprendió a priorizar otras cosas. Llevar una vida sencilla y entablar relaciones más cercanas con los demás subieron varios peldaños en su pirámide de valores. También recuperó el hábito de la escritura y retomó el camino de una espiritualidad perdida, aunque sin estar ligado a ninguna doctrina en particular.

Hoy, desde este estado de serenidad, agradece la ayuda de los profesionales sanitarios de la Unidad de Paliativos y del Equipo de Atención Psicosocial, y también de los médicos de cabecera, neumólogos, enfermeros y auxiliares que le han atendido a lo largo de estos años. También se siente afortunado por la presencia de sus amigos “de verdad” y el amor incondicional de su mujer y sus hijas. “A mis hijas les pido que adquieran solo los buenos hábitos de sus padres: que no fumen, que beban con moderación, que no se busquen problemas innecesariamente, porque la vida ya se los pondrá en el camino, y que no renuncien a las cosas hermosas de la vida”.

Ya desde su casa, Román contempla, sereno, el disco solar emergiendo del horizonte, como una pompa de jabón, o como el ave fénix preparado para emprender el vuelo. Esta vez, sin miedo, con confianza. “Estoy convencido de que la aventura colectiva del ser humano en este valle de lágrimas es, a pesar de toda evidencia en contra, una aventura que acaba bien”.

 

Ilustración: Verónica Cassiani