“El movimiento no miente”, dice María González, la gestora cultural que está detrás del festival Mes de Danza de Sevilla. Y no solamente no miente, sino que puede ser clave para el autoconocimiento o la interacción con los demás y constituir así una formidable herramienta pedagógica. Con estos planteamientos, María lanzó hace cuatro años la iniciativa Mi Cole Baila que, con el apoyo del programa Art for Change ”la Caixa”, está acercando la danza a los escolares sevillanos con sorprendentes resultados.

Mes de Danza lleva ya 26 años presentando en Sevilla las más diversas y estimulantes propuestas de danza contemporánea. La idea no es solo ofrecer los mejores espectáculos a los amantes de la disciplina, sino también acercarla a un gran público que, por desconocimiento o por condicionamiento social, no acude a este tipo de acontecimientos.

A ese mismo afán responde la iniciativa Bailar mi Barrio que, desde el 2016, invita a los vecinos de diversos barrios sevillanos a participar en un proyecto de danza comunitaria. La danza deja así de ser una disciplina reservada a una élite para insertarse en la vida de los barrios de manera natural y, lo que es más importante, participativa.

 

Ilustración niña practicando danza

 

El siguiente paso era lógico y con Mi Cole Baila, María González y la bailarina y coreógrafa Elisa del Pozo se han centrado en transmitir todo lo bueno que puede aportar la danza a los escolares sevillanos.

Son 15 sesiones de trabajo, realizadas en horario lectivo, que empiezan tras un encuentro con los profesores donde se establecen objetivos pedagógicos. Al final, los escolares de 4º y 5º de primaria actúan de teloneros de una gran compañía internacional en un teatro con un aforo de 400 personas dentro del festival Mes de Danza, lo cual tiene varias ventajas, según María. “Primero, porque les quita presión saber que el público verá después el espectáculo de una gran compañía, pero al mismo tiempo están actuando en un entorno profesional. También es la oportunidad para que las familias de estos niños y niñas se acerquen a una práctica que no suele pertenecer a su entorno.”

En el plano estrictamente pedagógico, la primera aportación de la actividad tiene que ver con el interés de los alumnos. Acostumbrados a clases en las que el profesor está más bien estático, los niños y niñas escuchan con más atención en cuanto el saber se expresa a través del movimiento. Además, las actividades y los ejercicios se vinculan a los contenidos que están trabajando en clase y se busca “un eje basado en valores, como puede ser la prevención del acoso escolar o del enganche a las nuevas tecnologías, o la identidad dentro de un grupo”, explica Elisa. “Este año el tema ha sido la contaminación por plásticos.”

Otra de las grandes aportaciones de la iniciativa es que, según dicen los propios responsables de los centros educativos, las relaciones cambian. “Los ejercicios que realizamos en clase permiten que compañeros de clase que nunca se dirigían la palabra ahora se escuchen más, conecten más y se expresen mejor. La clave está en crear un espacio donde se sientan más cómodos”, cuenta Elisa.

El hecho de que la actividad se realice a principios de curso contribuye “a cohesionar el grupo, a cambiar los roles y a integrar a los recién llegados, como fue el caso de un chico refugiado que vino este año”, apunta María.

“Me emocionó también el caso de un niño africano a quien algunos compañeros no querían dar la mano. La actividad propició que tuvieran contacto físico y se normalizaran las relaciones. El día de la actuación me dijo que había sido el mejor día de su vida”.

Existen, evidentemente, ciertas reticencias al principio: niños que por timidez o porque creen que “la danza es de niñas” se resisten a participar. En este sentido, Elisa recuerda a un niño que participó a regañadientes y que se cayó en medio del ensayo general. Tuvo que ponerse a improvisar, descubriendo recursos que él mismo desconocía. “Al acabar me dijo que nunca pensó que sería capaz de hacer algo así en su vida. Se lo había pasado tan bien que le pidió a su madre que lo apuntara a clases de danza. Con eso ya pensé que se había logrado un objetivo y que otra barrera había caído”.

La iniciativa no ha tardado en despertar el interés de muchos colegios e instituciones públicas, que ven en Mi Cole Baila una herramienta estimulante que puede contribuir a mejorar los graves problemas de fracaso y abandono escolar que sufren algunos barrios de Sevilla.

Elisa destaca que la actividad engancha en poco tiempo a los alumnos: “Aquí no se busca la excelencia, sino que disfruten con el proceso, que aprendan lo que puedan. El hecho de que no existan “errores” como tales hace que se sientan muy cómodos”. Según la coreógrafa, en el colegio los niños y niñas se sienten demasiadas veces juzgados. En cambio, con la danza “aprenden a equivocarse, a corregirse, a medirse, y eso es una herramienta brutal para su autoconocimiento”.

Y, como en todo proceso de educación, a menudo el que enseña acaba aprendiendo más de lo que esperaba. Elisa recuerda la frase que le dijo un niño de 8 años a quien preguntó qué era la danza: “Me dijo que la danza es un conjunto de movimientos que unen a las personas. Me pareció una respuesta maravillosa.”

 

Texto: Raúl M. Torres
Ilustración: Espe Maestro