Todo el mundo sabe que el ejercicio físico, aunque sea leve, aporta incontables beneficios para el cuerpo y la mente. Lo que no es tan obvio es que puede ser también muy útil para luchar contra la soledad y crear vínculos con las personas de nuestra comunidad. Es lo que hemos descubierto gracias a Tot Raval, una entidad del popular barrio barcelonés que hace frente a numerosos y variados desafíos. Enmarcada dentro del Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural (ICI) de la Obra Social ”la Caixa”, Tot Raval busca mejorar la salud y la convivencia en un barrio injustamente estigmatizado. Una de sus iniciativas más originales es Movemos el Raval, una serie de caminatas organizadas para fomentar el ejercicio físico, pero también para que personas de distintas culturas se conozcan mejor y aprendan a apreciarse.

El clima se ha portado bien en este imprevisible mes de mayo barcelonés y el sol brilla en la Rambla del Raval. Hoy es jueves, así que toca caminata. Los participantes van llegando en torno a la famosa estatua del gato de Botero, se saludan, se abrazan y bromean. Casi todos se conocen y, en cualquier caso, todos acabarán teniendo algún tipo de contacto. “Esa es la idea: durante la caminata la gente siempre va hablando. Tienen así la oportunidad de conversar con gente con la que de otro modo no hablarían”. Nos lo cuenta Carmen Fuertes, coordinadora del Ámbito de Salud Comunitaria de Tot Raval, una fundación que promueve el trabajo asociativo en este barrio.

 

 

“El Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural (ICI) tiene una metodología muy concreta: establecer contactos y sinergias con el territorio, identificar necesidades y fortalezas del barrio y, a partir de ahí, proponer intervenciones”. Una de las mayores necesidades se detectó en el ámbito de la salud mental: problemas de ansiedad y soledad entre las personas mayores que se superponían a los de inserción laboral e integración de la población extranjera. Así nació la idea de las caminatas, “primero para promover la actividad física como factor de bienestar y salud y, luego, también para favorecer las relaciones sociales y fortalecer el tejido asociativo”.

Los participantes se apuntan a través de los Centros de Atención Primaria y, si bien el perfil tipo sería el de la persona mayor con problemas de salud y soledad, el abanico se amplía especialmente gracias a la población extranjera. “La mitad de la población del Raval es de origen extranjero y, para una persona que no domina todavía el idioma, actividades físicas como los paseos son una gran oportunidad para crear nuevos vínculos”.

El grupo se pone en marcha con ganas pero también con alboroto y Gaetano, uno de los monitores, tiene que estar pendiente de los que se quedan rezagados. Nos habla de sus estrategias para que los participantes se acerquen los unos a los otros: “Durante el paseo vamos incorporando ejercicios físicos de baja intensidad, así como juegos cooperativos y de contacto para facilitar la inclusión”. Poco a poco, la gente conecta y algunos estereotipos ligados al origen de los participantes van cayendo.

Es el caso de Ramona Vegazo, dominicana de 55 años, que empezó por recomendación de su enfermera para combatir su diabetes. Cree que esta es una buena oportunidad para cambiar la imagen que, según ella, muchos locales tienen de los latinoamericanos. Por su parte, Aicha Mahamsani, de origen marroquí, tiene 53 años y se estrena en las caminatas, alentada por su enfermera. “Llevo en Barcelona desde los años 90 y no tengo problemas de integración, me llevo bien con todo el mundo. Pero es una buena ocasión para dar a conocer la cultura marroquí a los españoles, para que vean que no somos tan diferentes”.

Otro de los beneficios de la caminata es la nueva relación que se crea entre el personal médico y los pacientes. Montserrat Rodero, enfermera del CAP Drassanes, subraya que su relación con ellos ha mejorado: “Normalmente nos ven como una autoridad y no se atreven a contarnos según qué cosas. Al hacer estas actividades con nosotros, los pacientes se abren más y nosotros los conocemos mejor”.

Algo que comparten Dolores, de 87 años, e Isabel, que tiene 80. Caminan abrazadas por el Paseo Marítimo, radiantes y encantadas de haberse hecho amigas gracias a las caminatas. “Somos vecinas, pero nunca habíamos hablado”, nos cuenta Isabel, que también se alegra de tener ahora una relación de confianza con su enfermera habitual. “No hay nada más triste que la soledad”, nos dice antes de girarse hacia su nueva amiga: “Lo que necesitamos es que nos escuchen, ¿verdad, cariño?”.

 

Texto: Raúl M. Torres
Fotografía: Clara de Ramón