13.000 kilómetros separan Madrid de Camboya. Pero la distancia nunca ha sido un inconveniente para la ONG PSE Por la Sonrisa de un Niño, que cada año ponía rumbo al país asiático con sus voluntarios. Tampoco lo ha sido este año, aunque la crisis sanitaria de la COVID-19 no les permite viajar. Para seguir ayudando, han creado el reto Phnom Penh Express, con el que recorrerán la distancia que separa Madrid de Camboya para recaudar fondos y distribuir alimentos para las familias más vulnerables, cuya situación se ha agravado con la pandemia. Por esta iniciativa, se han convertido en La causa del mes impulsada por la Fundación ”la Caixa” y la plataforma de micromecenazgo migranodearena.org.

Cuando le preguntamos a Pablo Alonso, coordinador general de PSE Por la Sonrisa de un Niño en España, con qué futuro sueña un niño camboyano que ha nacido en una familia pobre, duda, porque hasta hace unos años no había tal futuro. Se ponían a trabajar desde muy pequeños en la recogida de basuras del mayor basurero de Phnom Penh, capital de Camboya, con el objetivo de sacar un dólar al día de la venta de residuos a otros países asiáticos y, así, ayudar a mantener a la familia. “Imagina que cada día tienes que ir a un basurero y estar allí 12 o 15 horas trabajando para volver con ese dólar. No hay esperanza”, comenta. Sin embargo, de unos años a esta parte, la situación ha cambiado. Justo los años que PSE lleva trabajando en Camboya para dotar a todos esos niños de cobijo, alimento y educación.

 

Ilustración chico y chica joven con marco redondo y rodeados de rayos de color azul y rojo

 

Si Pablo echa cuentas de los gastos medios de una familia camboyana, corrobora que esta situación es de pura supervivencia. “Viven en chozas, muchas de ellas no tienen luz ni agua corriente, por las que pagan unos 47 dólares al mes de alquiler. A esto se añade la cuota mensual de la escuela, un dólar en alimentación por cada miembro de la familia… ¿qué les queda? Si el sueldo de un profesor hasta hace unos años era de 90 dólares al mes…”.

Por eso tienen que lidiar cada día con unos padres que “muchas veces no conciben, ni entienden, ni comparten que quieras darles a sus hijos una educación”, comenta Elena Espinosa, voluntaria de PSE. “Porque educar a un niño es quitarle capacidad de generar ingresos para la familia”. Sin embargo, ve con orgullo cómo muchos niños, ahora adultos y formados en la escuela PSE, están actualmente trabajando en restaurantes y agencias de turismo en la capital; otros son médicos o incluso cineastas que estudiaron en la escuela de cine que el fundador de la ONG también montó en Camboya.

A día de hoy cuentan con más de 6.500 niños a los que dan una ayuda integral. “Hacemos un seguimiento muy exhaustivo con nuestros servicios sociales de los focos de pobreza para encontrar a las familias más vulnerables y las apoyamos para poder darles a esos niños un futuro”, comenta Pablo. Familias que con la crisis sanitaria mundial han visto cómo su situación se volvía todavía más crítica. “Los trabajos de recogida y venta de basura se han parado; la frontera está cerrada y no pueden exportar el material para ser reciclado. Además, debido al cierre de las escuelas e internados, las familias tienen a los niños en casa, así que la situación es dramática: no pueden pagar los alquileres y tienen más bocas que alimentar, porque mientras están en PSE, la ONG dota a los niños de todo lo necesario”, nos cuenta el voluntario Julián Feijóo.

Este contexto crítico se suma a la imposibilidad de viajar a Camboya de los voluntarios españoles, franceses y británicos para llevar a cabo el Programa de continuidad escolar, creado a modo de campamento de verano para seguir cuidando de los niños y evitar el abandono escolar que se produce cuando empiezan a trabajar en verano con sus familias. Por eso han puesto en marcha el reto Phnom Penh Express, con el que están recorriendo, sin moverse de la ciudad, la distancia que separa Madrid de Camboya mientras recaudan fondos para seguir apoyando a las familias.

“Ya que no podemos llegar a Camboya, lo hacemos virtualmente, realizando un esfuerzo físico real que, al final, lo que intenta decir es que nosotros nos seguimos esforzando para que nos sigáis ayudando”, cuenta Luis Juan, uno de los voluntarios en plena carrera. El objetivo es recaudar 45.000 € para comprar paquetes de comida que distribuyen cada mes, como arroz y otros alimentos que contienen nutrientes extra (que en esta parte del mundo abundan) como conservas de pescado, huevos y fruta.

Ya están muy cerca del objetivo y esperan sobrepasarlo para llegar a más familias. Todavía tienen hasta el día 28 de junio para conseguirlo. Después, como apunta Pablo, esperan que el gobierno camboyano vuelva a abrir la escuela para recuperar su formación en agosto y buscar nuevas fórmulas para seguir ayudando desde aquí.

La situación es muy complicada para estos niños por muchos motivos. No hay que remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar una historia de guerra y brutalidad que todavía hoy hace estragos en la memoria de unos padres tocados por la tragedia y la crueldad. Camboya es un paraíso, pero también uno de los países más pobres de Asia. Una pobreza que, pese a todo, no lo hace gris, sino verde, cálido y amable, en eso coinciden todos los voluntarios. Por eso lo llaman el país de las sonrisas.

 

Texto: María G. Aguado