Para avanzar, la ciencia no necesita solo de sofisticados instrumentos y férreas reglas matemáticas. Numerosos ejemplos de grandes científicos avanzados a su tiempo —encabezados por Albert Einstein, pero también por Hipatia o Galileo Galilei—,  prueban que, para descubrir algo nuevo, a veces hay que pensar más allá de lo razonable. La de hoy es precisamente la historia de un científico que se atrevió a soñar más alto que cualquiera y la de una autora que usó su imaginación para llegar a lugares en los que ahora, 200 años después, está llegando la ciencia. Es la historia de Frankenstein, cuyo misterio aún nos intriga y fascina. Tanto que, el pasado 26 de abril, cuatro expertos en ciencia y literatura se reunieron en CaixaForum Madrid para rendirle homenaje.

A Víctor Frankenstein no solo se le ha arrebatado el nombre —muchos aún creen que Frankenstein es el nombre del monstruo—, sino que se ha reducido su figura a la de un mero científico loco y megalómano. Es más cómodo pensar así y la moraleja parece más evidente: cuidado con buscar los límites, porque una vez que los encuentres puede que no te gusten tanto. Pero, en realidad, el Víctor Frankenstein ideado por Mary Shelley es un personaje mucho más complejo y así quisieron mostrarlo los invitados a la charla La ciencia actual rescata a Víctor Frankenstein. Mary Shelley, una amante de la ciencia”, organizada por la Obra Social ”la Caixa” y el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas  (CNIO) para celebrar la madrileña Noche de los Libros.

 

 

Aunque son muchos más quienes la han visto que leído, la historia de Frankenstein es por todos conocida: un científico da vida a un monstruo uniendo partes de diversos cadáveres, este se rebela contra su creador y ambos terminan por perderse en la distancia y la oscuridad (“una de las metáforas más bellas para nombrar la muerte”, según el escritor Fernando Marías, moderador de la charla). En realidad, movido por la muerte de su madre, Víctor se propone descubrir el secreto de la vida para eliminar toda enfermedad de la humanidad y hacerla invulnerable a todo salvo a la muerte violenta. Visto así, sus experimentos no son tanto las fantasías de un hombre jugando a ser Dios, como la trágica historia de un científico que busca el mayor beneficio para quienes le rodean. “Evitar la crueldad en la muerte es precisamente lo que deseamos hacer los médicos e investigadores”, afirma María Blasco, directora del CNIO, aunque ella prefiere definirse como “especialista en inmortalidad molecular”. “Yo he vivido ese mismo entusiasmo de Víctor por el descubrimiento de lo desconocido: es lo que sentimos cuando hacemos investigación”.

Blasco confiesa que lo que más le fascinó el leer Frankestein fueron las similitudes que encontró entre el libro y nuestra historia científica más reciente. “El deseo de Víctor por descubrir cómo transmitir la vida se acabaría haciendo realidad en 1953, con el descubrimiento de la estructura molecular del ADN”, explica. “Por otro lado, recientemente apareció en Nature un artículo sobre la posibilidad de reactivar algunas funciones en el cerebro de un animal muerto”, tal y como Mary Shelley imaginó.

Puede que la escritora hiciera uso de su arrolladora fantasía, pero, como cuenta el escritor y traductor Lorenzo Luengo, se fundamentaba en el profundo conocimiento que la autora tenía de los avances científicos de su época. “Inspirada por El templo de la naturaleza, en el que Erasmus Darwin afirmaba haber creado vida espontánea, y por las reuniones científicas de la Sociedad Lunar de Birmingham, Mary abrió una vía totalmente nueva en la literatura: la de la ciencia ficción”.

La joven escritora dio vida a una historia tan y tan fértil que Frankenstein resuena incluso en libros que no han sido directamente inspirados por él: véase El error de Clara Ullman, la tercera novela de la actriz y productora teatral Cristina Higueras, invitada también a la charla. La novela narra la historia de Clara, una científica que descubre cómo crear órganos humanos complejos a través de impresoras 3D. Para demostrarlo, Clara da vida a Carla, un clon exacto de ella misma, pero que se le acabará volviendo en contra. “La contradicción histórica de, por un lado, querer emular a Dios y, por el otro, sentir miedo por lo desconocido es lo que nos ha llevado a ampliar los límites de lo moralmente aceptado”, afirma Cristina. Y si, como la autora anticipa, “en un futuro no tan lejano acabamos por convivir con clones y cíborgs”, lo imaginado hace dos siglos por Mary Shelley es hoy más actual que nunca.

Decía Albert Einstein que “la imaginación es más importante que el conocimiento”, puesto que, mientras este último es limitado, la imaginación abarca el mundo en su totalidad. Al final, si la imaginación literaria es la capacidad de pensar cosas que no existen, ¿qué es la ciencia sino una manera de hacer realidad aquellas cosas que, en un primer momento, tan solo pudimos imaginar?

 

Texto: Patri Di Filippo
Ilustración: Sergi Pujol