El Centro Socioeducativo Poblenou de la Fundación Pere Tarrés, apoyado por la Obra Social ”la Caixa” a través de su programa CaixaProinfancia, complementa su labor diaria durante el curso escolar con colonias de verano dirigidas a niños y niñas procedentes de familias en riesgo de exclusión social. Nos hemos trasladado a Calafell, provincia de Tarragona, para conocer los retos de los educadores, y cómo los más pequeños viven estas merecidas vacaciones.

El verano ha empezado con temperaturas extremadamente elevadas, y salir de la ciudad es un soplo de aire fresco necesario, sobre todo para los niños y niñas que no siempre puede acceder a su oferta lúdica,como suele ser el caso de los que durante el curso escolar visitan el Centro Socioeducativo Poblenou.

 

 

La entidad cuenta con 15 educadores y ofrece durante todo el curso apoyo escolar y personal a unos 140 menores de entre 5 y 16 años. Esta labor tiene como reto principal minimizar el impacto de los problemas familiares en los estudiantes y que estos puedan seguir una escolaridad normal para sacar así el máximo provecho a su potencial.

“La mayoría proceden de familias que atraviesan un mal momento, con problemas de desempleo y precariedad, donde el estrés del adulto acaba afectando al niño. Si hay problemas en casa y el menor no duerme bien, eso afectará tanto a su rendimiento escolar como a su relación con los demás compañeros”, nos cuenta Cristina López, coordinadora del centro.

En muchas ocasiones, los padres no son conscientes de hasta qué punto sus problemas tienen una incidencia directa sobre sus hijos y la misión de los educadores consiste en explicarles que, por ejemplo, si no han podido pagar la factura de la luz, los niños no deben enterarse. “Estos niños y niñas llevan una mochila, y la mayoría de cosas que llevan dentro no son suyas, así que trabajamos para que los padres, por ejemplo, debatan sus problemas cuando ellos no están en casa.” La colaboración de los padres es imprescindible porque, como cuenta Cristina, “debe haber una coherencia entre las pautas que les marcamos nosotros y las que tienen en casa”.

Para cada caso se establece un plan de acción familiar, en el que colaboran también los diferentes servicios sociales, se hace un seguimiento a lo largo de todo el curso y parte de ese trabajo culmina en verano. El simple hecho de que vengan a las colonias ya es una buena noticia, porque a veces hay familias que tienden a la sobreprotección debido a la delicada situación social que atraviesan y les cuesta dejar que sus hijos se vayan de colonias. Los padres pueden llegar a trasladar sus miedos a los pequeños, y estas vacaciones en grupo permiten que los menores ganen en autonomía y confianza.

Por otra parte, las colonias son la oportunidad perfecta para apuntalar temas que se han ido trabajando a lo largo del año, con la ventaja añadida de hacerlo fuera de su contexto habitual. Alejados de un entorno familiar y social a menudo agobiante, resulta más fácil trabajar sobre el papel que desempeñan dentro del grupo, como resalta Víctor Vílchez, otro de los educadores: “El cambio de rol que podemos trabajar durante las colonias es muy importante porque, por ejemplo, un niño o niña conflictivo puede aprender a dar apoyo a los demás y eso va a repercutir positivamente tanto en el grupo como en él mismo.”

En las dos asambleas que se celebran diariamente, los jóvenes tienen la oportunidad de explicar qué les pasa y cómo se sienten con ellos mismos y respecto a los demás. “Fomentamos mucho el tema de la ayuda, del compañerismo, la idea de compartir”, asegura Víctor. “Aquí trabajamos cosas sencillas que no siempre podemos trabajar en su vida diaria. Eso tampoco ocurre en colonias tradicionales.”

El primer trabajo es identificar las emociones y a partir de ahí tratar temas como el autoconocimiento y la empatía. Todo este trabajo de fondo se lleva a cabo a través de actividades lúdicas, juegos, salidas y alguna charla personal. En cualquier caso, el ritmo lo marcan siempre los niños, como recalca Cristina: “Hay algunos que en momentos determinados no quieren participar en una actividad, pero no pasa nada, hablamos con ellos para saber qué les pasa y cómo se sienten. Es muy importante que identifiquen sus sentimientos, pero también hay que saber respetar sus ritmos”.

En cualquier caso, no hay que olvidar que la prioridad aquí es divertirse y Cristina ya le está poniendo la crema solar al pequeño Walid, que solo piensa en una cosa: ¡tirarse a la piscina!

 

Texto: Raúl M. Torres
Fotografía: Laia Sabaté