Las soluciones a los grandes retos del siglo xxi ya no admiten estrategias únicamente locales: estamos todos en el mismo barco. Y de la alianza entre las estrategias globales y las acciones locales dependerá en gran parte nuestra capacidad para hacer frente a problemas complejos que nos atañen a todos. Hacer compatible una vida saludable en las ciudades con la lucha contra el cambio climático es uno de los mayores desafíos que vamos a tener que superar, y la ciudadanía tiene un papel fundamental para que llegue a ser una realidad. Así, la Fundación ”la Caixa” apoya el reto número 11 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas,  dirigido a conseguir ciudades y comunidades sostenibles, un cambio de paradigma que necesita tanto acciones institucionales como la colaboración de la ciudadanía. Porque el mundo necesita a las personas. Y las personas necesitan al mundo. 

Ibon Galarraga, profesor del Basque Center for Climate Change, un centro ubicado en la localidad vizcaína de Leioa y dedicado a la investigación sobre las causas y las consecuencias del cambio climático, ve un paralelismo entre la pandemia de la COVID-19 y el cambio climático: “Lo que realmente nos hace daño son los eventos improbables con efectos catastróficos, como es el caso de la pandemia y del cambio climático. Por tanto, tenemos que estar preparados ante situaciones en las que todo puede ir mal”.

 

Ibon Galarraga y Mark J Nieuwenhuijsen

 

En el ámbito urbanístico, el primer paso a dar para estar preparados es llevar nuestras ciudades hacia un grado de sostenibilidad lo más elevado posible, un esfuerzo enorme que requiere la coordinación de los entes locales y los organismos internacionales, pero también un gran compromiso por parte de la ciudadanía

Todos los especialistas coinciden en que una de las prioridades debe ser reorganizar las ciudades en torno a las personas y limitar al máximo el uso de los vehículos privados. “Una ciudad sostenible es, ante todo, una ciudad para la gente y no para los coches, porque ocupan un espacio que debería estar reservado a sus habitantes y a las áreas verdes”. Quien habla es el investigador holandés Mark J Nieuwenhuijsen, director de Planificación Urbana, Medio Ambiente y Salud en el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), un centro de excelencia científica que nace de la colaboración entre la Fundación ”la Caixa” y diversas instituciones hospitalarias y académicas.  

Además de promover el uso de las bicicletas y el transporte público, Mark aboga por un cambio de organización de las actividades, de tal manera que sea posible reducir el transporte a su mínima expresión: “Me interesa la idea de “la ciudad de 15 minutos” donde las residencias se encuentran a 15 minutos de los trabajos y los comercios, algo que se está intentando llevar a cabo ahora en París”. 

Los ciudadanos tienen a menudo la sensación de que estas decisiones escapan a su poder y tienden a dejarlo todo en manos de las instituciones públicas. Sin embargo, hay mucho que hacer, más allá de medidas tan evidentes como limitar el uso del vehículo particular, en la medida de lo posible. “Además de utilizar el transporte público y la bicicleta, podemos favorecer la compra de productos locales, la economía circular, comer menos carne (por su incidencia en la emisión de CO2) y consumir más verdura”, apunta Mark.

Para Ibon, el compromiso de los ciudadanos también es fundamental: “La gente debe estar dispuesta a adaptarse y a cambiar ciertas actitudes porque muchos cambios no tienen que ver con normativas sino con los comportamientos individuales. Para mí la idea de cogobernanza entre los diferentes agentes es fundamental, y la ciudadanía tiene un papel importante no solamente en sus pautas de consumo sino también a la hora de decirles a las instituciones las cosas que pueden ayudar”. 

Así, el investigador incide en la importancia de llegar a este compromiso entre instituciones y ciudadanos, porque de lo contrario será muy difícil que se alcancen los objetivos marcados: “Por muy bien diseñada que esté una política, si el ciudadano no colabora, a la Administración no le queda más remedio que tomar medidas coercitivas”.

Por otra parte, los cambios que se deben introducir suponen variaciones significativas en el diseño del tejido urbano con el foco puesto en la prevención de los efectos del cambio climático, así como en el bienestar de sus habitantes, según nos cuenta Ibon: “Una ciudad sostenible debe poder soportar los choques del cambio climático, como el aumento del nivel de mar, las inundaciones o las olas de calor, pero también debe ser agradable para vivir, y eso tiene que ver con el ruido o la contaminación del aire”. 

Aunque la inversión inicial puede parecer enorme, se trata de una operación rentable a medio y largo plazo en todos los sentidos, según nos desvela el investigador vasco: “Vivir en una ciudad con una buena calidad del aire es positivo para ti, para el sistema público de salud, aumenta la felicidad y la productividad en el trabajo y todo eso tiene una traducción económica directa, porque harán falta menos recursos para la sanidad pública. Es mucho más barato asumir costes para hacer frente al cambio climático que esperar a que las cosas ocurran y entonces tener que invertir para reparar los daños producidos”.

Ibon defiende también el concepto de lo glocal, donde se trabaja desde lo local para el bien común del planeta. “Con el cambio climático siempre hemos pensado que todo tenía que venir de las Naciones Unidas, pero nos hemos dado cuenta de que o cuentas con las administraciones locales y la ciudadanía para construir una pirámide donde unir las instituciones globales con las locales o no lo conseguiremos. Hay que trabajar de abajo hacia arriba, pero es verdad que también hace falta que alguien planifique a escala global. Lo que consigamos a escala local no sirve de nada si las otras regiones del mundo no hacen lo mismo. De ahí la importancia de conceptos como cogobernanza o codiseño para ir tejiendo ese proceso local con el global”.

 

Fotografía: Mònica Figueras