Delante de un semáforo en rojo, los coches se quedan quietos. El wifi se cuelga un segundo y, entre resoplos y refunfuños, la peli que estabas viendo se interrumpe. Hasta los relojes se paran si se les terminan las pilas. Todo puede detenerse unos segundos. Todo, menos el tiempo. La vida sigue siempre y en todos los sitios. Incluso en esos que no vemos: esa isla remota en la otra punta del planeta, sí; pero también un lugar tan cercano como el centro penitenciario de la ciudad donde vives.

Puede que, en una prisión, el tiempo transcurra de forma diferente al de la vida cotidiana. Quizás sea más lento, más rutinario. Pero no se detiene. Y es que, como señala el sociólogo Enrique Arnanz Villalta, “las prisiones no son un parking de personas, un sitio donde dejar a la gente olvidada. Para mí, son como un hospital de personalidades, lugares donde enseñar a la gente a no cometer el mismo error dos veces”. Y sabe de lo que habla: hace ya una década que está a la cabeza de las CiberCaixa Penitenciarias en centros penitenciarios y centros de inserción social, una iniciativa del programa de Personas Mayores de la Obra Social ”la Caixa” que está de celebración por esos diez años de puesta en práctica de su lema “Nuevas tecnologías para nuevos comienzos”.

 

 

Dos veces por semana, los voluntarios del programa van a los centros penitenciarios y enseñan informática a los internos, les explican cómo hacer un currículum o el funcionamiento del correo electrónico. Y no son voluntarios cualesquiera, sino, quizás, las últimas personas que te esperarías ver en una cárcel: personas mayores. Como señala Enrique, los internos son los primeros sorprendidos: “Les sorprenden las ganas de vivir de los voluntarios que, pese a la edad, están ahí con ellos cada día; y les sorprende el cariño y la paciencia con que les tratan”.

Pero es justo de ese conocer a alguien inesperado que nace todo lo bueno. “La relación con los voluntarios mayores es tan limpia y tan horizontal”, prosigue Enrique, “que se convierte en un espacio de confianza en uno mismo y en los demás, y que hace que más de un interno descubra dimensiones de su vida que ni conocía”.

Por encima de todo, las CiberCaixa Penitenciarias buscan que, cuando estos hayan cumplido su condena, tengan en su mano todos los recursos necesarios para poder volver a cogerle el ritmo a la vida. Y esto implica, sin lugar a dudas, un dominio de las nuevas tecnologías. “Actualmente no saber informática te deja sin herramientas para vivir, trabajar o relacionarte con los demás. Salir de la cárcel sin saber manejar un ordenador sería toparse con una gran barrera social”, apunta Enrique. Aunque a ritmos distintos, la vida —tanto dentro como fuera— sigue. Y debemos dar a todos las mismas opciones para que nadie se quede atrás.

 

Ilustraciones: Lorena Ribera