Un miércoles cualquiera en un colegio de Lavapiés. Son casi las seis de la tarde y las clases ya han terminado, pero aquí la actividad no para. Un grupo de niños corretea con instrumentos musicales de aquí para allá. Se ven violines, violas, violonchelos, contrabajos, trompetas, trombones y percusión. Cuando entraron en DaLaNota, la mayoría de los chavales no sabía lo que era un compás; ahora, son capaces de interpretar desde piezas de Mozart al Hallelujah de Leonard Cohen, e incluso temas que ellos mismos proponen, como la banda sonora de Star Wars. Hoy les toca ensayar para el gran concierto que darán el 9 de junio en uno de los teatros más importantes de Madrid. Aunque en estas aulas el aprendizaje va mucho más allá de las blancas y las corcheas: la música se convierte en una herramienta de cambio social.

En total son unos 70 niños de entre 7 y 17 años, que vienen de nueve centros escolares del barrio de Lavapiés, y cuyas familias son de 19 nacionalidades diferentes. Todos ellos forman parte del programa de educación musicosocial gratuito e inclusivo DaLaNota. Creado por la plataforma REDOMI, este proyecto ha sido uno de los galardonados este año en los Premios ”la Caixa” a la Innovación Social por impulsar valores como la colaboración, la educación, el compromiso y la inclusión social a través de la música.

Los talleres se hacen cuatro tardes por semana y, en ellos, los niños aprenden a tocar instrumentos, pero también lenguaje musical, canto y danza. Además, los jueves, reciben el apoyo de un equipo psicosocial y realizan actividades en torno al trabajo cooperativo, las habilidades sociales o la resolución de conflictos. Un detalle muy especial de la orquesta de DaLaNota es que, antes de empezar cada sesión, los niños se reúnen en asambleas de unos 10 minutos, que les sirven tanto para aprender a gestionar una charla grupal como para poder hablar de los temas que a ellos les interesan o les preocupan.

 

 

A simple vista, podría parecer una locura muy complicada querer formar una orquesta con niños de diferentes colegios que llegan, en su mayoría, sin saber tocar ningún instrumento. Sin embargo, la música, que todo lo hace más fácil y que vuelve posible lo que a primera vista parecía imposible, se ha convertido en la herramienta perfecta para estimular a los chavales. “La práctica musical es beneficiosa en sí misma, pero además, mejora la convivencia en la vida y en el aula, y les ayuda a aprender mejor. Para muchos es también una oportunidad de despertar un talento que no sabían que tenían, lo que conlleva un aumento de autoestima y un fortalecimiento”, explica Marga Gutiérrez, la psicóloga infantil de DaLaNota.

Por ahora, esta orquesta infantil no cuenta con todos los instrumentos que les gustaría, pero con los que hay construyen una especie de puzle para lograr que quede compensada y que cada niño se sienta a gusto. De hecho, la mayoría de los instrumentos proceden de donaciones, porque también tratan de fomentar valores de sostenibilidad, dándole una segunda vida a instrumentos en desuso.

Pero a ver, recapitulemos. Habíamos dicho que estos niños estaban ensayando para dar un concierto espectacular en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid. Estarán nerviosos, ¿no? Eso mismo pensaba yo, pero resulta que para nada. “Ellos ya están acostumbrados a estas cosas, tienen conciertos durante todo el año y, para lo pequeños que son, ya han pasado por escenarios bastante imponentes. Así que, en cierto modo, entra dentro de su rutina”, dice Pedro Quirico, uno de los profesores.

De hecho, entre los objetivos del proyecto, también está que estos niños empiecen a formar parte del público de espectáculos culturales de calidad, que conozcan los teatros y las salas de la zona y que, además, se conviertan en agentes culturales de su propio barrio. “Se trata de hacer más accesible la cultura”, dice Pedro, “y de acercar algo que puede ser muy elitista, como es la música clásica, al máximo de gente posible”. La idea es que los niños —y sus familias— vivan el hecho de asistir a espectáculos culturales con naturalidad. Como quien va cada día a comprar el pan.

 

Fotografía: Daniel de Jorge
Texto: María Arranz