Un museo abierto hasta las diez de la noche para pensar, mesas que invitan a cenar ante la reproducción de un bosque inundado del Amazonas y 35 personas charlando entre copas de vino y tapas. No son platos corrientes, son “tapas evolucionistas” de ñandú y embutido de jabalí, entre otras. O, lo que es lo mismo, de algunas de las especies que el ilustre Charles Darwin comió durante el viaje del Beagle iniciado en 1831. Ha llovido mucho desde que tuvo lugar la expedición en la que el científico forjó la teoría de la evolución, pero hoy su legado no desiste de iluminar con vehemencia un CosmoCaixa que horas atrás ha cerrado sus puertas. Aunque no para todos.

La singular visita “Darwin. Comer como un naturalista” es parte de “Cómete el Museo, una experiencia gastrolúdica”. Como cuenta Oriol Ballesteros, coordinador de programación del espacio, se trata de un ciclo de actividades que CosmoCaixa realiza el último jueves de cada mes por la noche y que ofrece a todo el que quiera la oportunidad de conocer a figuras relevantes y temas históricos de un modo atípico: recorriendo un museo casi vacío. Después invita a los asistentes a una cata relacionada con la temática de la visita capaz de catapultarlos a un universo de sabores que también habla de ciencia.

Los presentes de este jueves no solo tenemos la oportunidad de degustar “tapas evolucionistas” y de acercarnos a las teorías y hallazgos del padre de la evolución, sino también de conocer su faceta más íntima. Esa que rara vez aparece en los libros. “El objetivo es aproximar al gran público a Darwin y que aprenda ciencia de otra forma. Humanizar su figura a partir de aspectos que la gente puede reconocer como propios”, explica Óscar Menédez, el comunicador científico que, junto a la educadora ambiental de CosmoCaixa, Aida Vilaró, cambiará para siempre la visión que tenemos del hombre que revolucionó el mundo cuando se creía que todo era obra de Dios.

 

 

A medida que nos movemos por los módulos del complejo escuchando perplejos algunos de los aspectos más personales de su vida, dejamos de ver únicamente al científico para empezar a imaginar al hombre que había detrás de sus hallazgos. Entre globos terráqueos, un extenso fósil del rastro de una amanita y una recreación del australopiteco Lucy nos cuentan que Darwin se sentía incómodo hablando de religión con su esposa, Emma, porque como él no era creyente, ella siempre lo culpaba de que no se encontrarían en el cielo al morir. También aprendemos que científicas de la época se enfrentaron a él por alegar que, biológicamente, la mujer era inferior al hombre. Que abandonó la carrera de medicina el día que entró en una sala de disección que apestaba a cadáver. Y que era un glotón.

“Probó muchas de las especies que encontró durante su viaje. Lo hacía para ampliar los conocimientos de sus descubrimientos. También era un glotón. Era tan glotón que una leyenda urbana dice que se comió el último dodo del mundo (ahora extinto)”, asegura Menédez al tiempo que estallan las tímidas risas de unos asistentes que se marcharán a casa habiendo ampliado los horizontes de su curiosidad y conocimiento de un modo que, probablemente, no habían imaginado. Y esto es solo la punta del iceberg de todos los desconocidos universos que nos descubrirá en los próximos meses este ciclo de actividades. “Ciencia de Cine” nos adentrará en el papel de la ciencia en el séptimo arte, “Terror en CosmoCaixa” nos pondrá cara a cara con el miedo para conocerlo como nunca antes hemos hecho y “Ellas en la Ciencia” nos recordará que sin la contribución de la mujer la ciencia no existiría. Todas estas experiencias también terminarán con unas tapas capaces de hacer vibrar nuestros paladares y conectarnos, aún más, a la ciencia.

 

Texto: Alba Losada
Fotografía: Román Yñán