En ecología, cada bacteria, cada mosquito, depende del conjunto del ecosistema y, a la vez, el ecosistema depende de cada uno de sus pequeños organismos. En la sociedad, diríamos algo que viene a ser lo mismo: no hay felicidad individual sin bienestar colectivo, y al revés. En ese sentido se trabaja en No-Dos La Mina, un proyecto de intervención comunitaria promovido por la Obra Social ”la Caixa” y la Generalitat de Catalunya, que busca empoderar al colectivo gitano desde el individuo.

“Queremos promover el desarrollo integral de las personas y de la comunidad. Desde ellos, para ellos”, explica Ariadna Salvà, directora de No-Dos La Mina. Ariadna lidera este proyecto junto a un equipo de psicólogos, educadores sociales y miembros de la comunidad gitana. El objetivo inicial era reunir a todos los agentes sociales del barrio para que, antes que nada, se conocieran ellos mismos: cuáles eran sus necesidades, sus sentimientos, sus problemas y sus sueños individuales. Luego, la idea era que los pusieran en común y propusieran sus propias soluciones e iniciativas para transformar su entorno. La meta, a largo plazo, es construir una ciudadanía organizada, autónoma y solidaria, comprometida con su barrio, capaz de convivir con sus diferencias y de resolver pacíficamente los conflictos.

 

 

“Creemos en la conexión entre las personas, sabemos que una persona afecta a las demás y aplicamos este conocimiento sobre la ecología de las relaciones en el bien común para crear un sentimiento de colectivo que beneficie a todas las partes”, prosigue la psicóloga. Siguiendo esta filosofía se han creado varias sesiones, llamadas “círculos”, con niños, adolescentes, entidades sociales, profesores, patriarcas, mujeres, políticos o comerciantes, entre otros.

En la sesión a la que asistimos, las mujeres más jóvenes del grupo querían romper con estereotipos de antaño y reclamaban un espacio para ellas mismas, para desconectar del entorno familiar. “Queremos tener estudios, ser independientes y llegar a ser alguien en lo profesional”, decía una. Otros querían montar una escuela de música y un estudio de grabación, equipos de fútbol para unir a los jóvenes del barrio y sacarlos de la calle, o clases de refuerzo escolar para orientar a los más pequeños. “La idea es trabajar la unión de la gente del barrio de todas las culturas”, expresaba otro participante. Si en algo estaban todos de acuerdo es en que querían ser tratados como uno más. “Somos gitanos, pero no somos tan diferentes”. Y, según ellos, todavía tenemos que hacer un gran trabajo como sociedad para luchar contra los prejuicios y superar ciertas ideas sobre este colectivo.

“Si no plantamos todo esto, no va a crecer nada”, concluía uno de los patriarcas y responsables del Centro Cultural Gitano de La Mina. Por el momento, se ha logrado reunir a la gente, motivar a los más jóvenes —que han montado la asociación “Un presente para un futuro” para seguir trabajando—, y crear un vínculo entre los distintos colectivos. Las mujeres tienen el apoyo de los patriarcas, los niños, el de sus madres… Así es como se van fortaleciendo las relaciones. Ganan confianza en ellos mismos. Las necesidades se convierten en posibilidades. Y, poco a poco, el cambio en el barrio se hace evidente.

 

Fotografía: Rita Puig-Serra