En el 2019, en España, es poco habitual que un chaval no tenga internet en casa. Según el INE, en el 2017 el 83 % de los hogares españoles tenía conexión. ¿Pero cuántos adolescentes saben (y tienen las herramientas para) diseñar e imprimir un objeto en 3D, crear un meme con Photoshop o grabar y montar un vídeo para colgarlo en las redes sociales? El problema de la brecha digital en nuestro país va más allá del acceso a la tecnología. También se necesitan las habilidades para hacer un uso crítico y creativo de la misma. El pasado lunes 30 de septiembre visitamos, junto a chicos y chicas del programa CaixaProinfancia, La Rueca TecnoLab, en el madrileño barrio de Canillejas, un espacio donde la creación digital es el camino hacia una sociedad más justa.

Esto no es el centro de Madrid. En Canillejas no hay un constante desfile de corbatas y maletines entrando a la tienda Huawei más grande del mundo, ni museos que monten talleres de creación digital o conferencias con renombrados expertos. Aquí el metro pasa cada 10 minutos, los comercios y los bares son de toda la vida y los vecinos, de todo el mundo. Pero, en una esquina frente al parque, hay un lugar lleno de impresoras 3D, cortadoras láser, software y materiales de todo tipo. Se trata del taller de fabricación digital de La Rueca Asociación, una entidad que lleva más de 15 años trabajando por y para el barrio.

 

 

Hoy les toca trastear al grupo de 13 a 15 años, que forman parte del programa CaixaProinfancia. Con el apoyo de ”la Caixa”, estos adolescentes en riesgo de exclusión social participan en todo tipo de actividades: colonias de verano, excursiones y juegos, refuerzo educativo, etc., pero también en opciones de ocio algo diferentes y menos habituales, como es el caso de la actividad de hoy.

Así, tras una primera hora de juegos en el parque, pasan al TecnoLab. Ahí les espera Vera, su profe para la tarde, un puñado de portátiles y una misión: diseñar e imprimir sus propias pegatinas con un plóter. “Intentamos hacer muchas actividades en el Tecnolab, porque la brecha digital todavía existe para las personas en riesgo de exclusión social”, explica María, educadora de La Rueca. “Es un espacio diferente, con materiales que no son fáciles de encontrar en el día a día y, sobre todo, un sitio pensado para fomentar su creatividad”.

Tras aprender con Vera la diferencia entre píxel y vector, cómo usar la herramienta Inkscape y entre frecuentes exclamaciones de “¡cómo mola!”, llega el momento de ponerse manos a la obra y diseñar sus pegatinas, pequeños diseños sobre las cosas que les gustan. Se ven por ahí escudos de fútbol, logos de cantantes, Bart de Los Simpson o Totoro. Con ellos decorarán sus móviles, sus cuartos, y algunos harán incluso regalos a las personas que quieren. Como Sara, que le ha imprimido a su mejor amiga una dedicatoria.

“Siempre me gustan mucho las actividades que hacemos, pero, por encima de todo, creo que lo mejor son los debates que se montan y la igualdad que se respira”, afirma Gloria, una de las adolescentes. No solo son los propios chicos y chicas quienes deciden de forma asamblearia qué actividades quieren hacer (hoy mismo podían elegir entre pegatinas y corte con láser) o qué temas tratar, sino que todas las actividades que realizan tienen la igualdad como fundamento. “Todos vienen de países muy diversos, así que, a menudo, nos piden hacer actividades sobre comidas del mundo y encuentros donde puedan poner en valor su identidad”, cuenta la educadora. “Sin ir más lejos, la semana que viene tenemos otro taller en TecnoLab sobre Scratch. La idea es romper con el estereotipo de género que hay en los videojuegos y que las chicas también se animen a programar”.

En un barrio lejos del vaivén tecnológico y creativo de la ciudad, crear un espacio donde los más jóvenes puedan divertirse con la tecnología es un paso indispensable para reducir la brecha digital y fomentar la igualdad de oportunidades. Armados de pantalla y ratón, el futuro está —literalmente— en sus manos.

 

Texto: Patri di Filippo
Fotografía: Victor Bensusi