Todas las grandes teorías del mítico físico alemán nacieron de pequeños juegos visuales que creaba inicialmente en su mente. A partir de esta idea de descubrir y aprender jugando, los dinamizadores del taller Creactivity de EduCaixa invitan a todos los niños y niñas a que, a partir de simples objetos cotidianos, investiguen, experimenten y creen sus propios universos: ya sean diseños, películas o robots. En esta actividad, la libertad es la única regla.

“¿Qué quiere decir que a partir de aquí tenemos que pensar con las manos? ¿Que nos sacamos el cerebro y nos lo ponemos en las manos?”. “¡No!”. “Habéis traído todos la cabeza?”. “¡Sí!”. “¿Las manos?”. “También”. “¿Y el material?”. “Eso no, ¡lo tenéis vosotras!”. Con esta avalancha de energía arrancan los educadores el taller Creactivity en CosmoCaixa. Hoy una decena de niños y niñas tiene una cita en el museo con su imaginación. ¿Qué van a hacer? Crear, divertirse, aprender y, por último y no por ello menos importante, improvisar.

 

 

Se trata de una actividad inspirada en la metodología Tinkering del Exploratorium de San Francisco (EE. UU.), que invita a niños mayores de siete años a aventurarse en el terreno de la creatividad trasteando con diferentes objetos y materiales. Una singular oportunidad para poner en práctica el arte de pensar y crear con las manos en cuatro zonas diferenciadas: mecánica, viento, luz y electricidad. “Aquí se crea a través de la experimentación en un ambiente lúdico en el que los niños y niñas no tienen presión por alcanzar ningún objetivo más que los que se van marcando ellos mismos. Ellos lo que hacen es jugar y, sin darse cuenta, terminan creando algo que combina ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas”, cuenta uno de los educadores, Martí Burruel.

Es inevitable contagiarse del entusiasmo que desprenden los pequeños cuando los educadores les dicen que durante las próximas dos horas podrán convertirse en auténticos inventores. Entre pantallas y teclados para hacer películas en stop motion, cilindros que escupen aire, baterías que generan electricidad, y tubos y engranajes, los niños y niñas dejan que sus manos se guíen por el poder de la intuición. Los resultados son variopintos: Arnau está construyendo un circuito de canicas, Júlia intenta hacer volar unos objetos y Sara está creando una película en la que un jabalí vengativo se come a una serpiente. Están encontrando usos que antes no conocían a distintos objetos y materiales, y esto es solo la punta del iceberg de todos los conocimientos que hoy se llevarán consigo a casa.

Como apunta Martí, “crear a partir de la experimentación significa crear a partir del ensayo y error y, por tanto, aprender de tus fallos y del feedback que te dan tus profesores”. A mitad de la actividad, Arnau se da cuenta de que su circuito hecho de gomas y palitos necesita unos refuerzos extra para aguantar el movimiento de las canicas. Júlia, por su parte, llega a la conclusión de que, para volar, los objetos tienen que pesar poco y poseer elementos aerodinámicos. Ambos corrigen los errores y, luego, llega la mejor parte del proceso: darse cuenta de que son capaces de hacer realidad y de mejorar las ideas que nacen de sus cabezas y del mundo que les rodea.

“Esta metodología les sirve para entender que es necesario trabajar en equipo y saber gestionar los fracasos y, sobre todo, les ayuda a ser conscientes de que ellos también pueden crear. Ganan confianza en sí mismos”, cuenta Martí al hablar de un empoderamiento que, al final del taller, se puede palpar en el ambiente. Encendidos por la motivación que han despertado sus creaciones, lo mejor es que, cuando termina la actividad, Creactivity solo acaba de empezar. Porque su cabeza no se despegará de su cuerpo, se llevarán consigo sus manos y podrán encontrar materiales similares más allá de las paredes de CosmoCaixa. Arnau dice que hará otro circuito de canicas con cartones de papel de cocina; Sara, que utilizará la cámara del móvil para crear más pelis en stop motion. Algunos, incluso, comienzan a imaginar todo lo que harían si, de mayores, tuvieran la suerte de ser inventores. “Yo haría robots que ayudaran a las personas mayores”. “Y yo, una máquina que convirtiera la suciedad en cosas para comer; así nadie pasaría hambre”. Otro quiere construir “un robot que limpie toda la basura que dejamos en la calle”. Y lo más importante de todo es que detrás de cada una de estas propuestas no hay más que buenas intenciones. Como dicen ellos mismos, la idea es “crear inventos que cuiden el mundo”.

 

Text: Alba Losada
Fotografía: Anna Pla-Narbona