Alberto López y Alberto Alemán son dos buenos amigos que han logrado, con su pasión, el patinaje de velocidad, una hazaña en beneficio de niños huérfanos etíopes: completaron el Camino de Santiago en seis días, patinando entre 7 y 12 horas diarias, y con su aventura recaudaron 9.200 euros para la organización Patinar en Etiopía. Lo que empezó como unas vacaciones de amigos algo distintas, con reto deportivo incluido, se transformó en una colaboración solidaria que ha unido a muchas más personas. El Camino de Santiago Roller ha sido causa del mes, una iniciativa impulsada por migranodearena.org, la plataforma española líder en micromecenazgo, y la Fundación ”la Caixa”, con el objetivo de dar visibilidad al proyecto y ayudarlo a que pueda cumplir sus objetivos. 

Wukro es una ciudad al norte de la exuberante Etiopía que cuenta con una conocida escuela de patinaje gestionada por los jóvenes de la localidad. La idea se gestó en 2013 cuando la patinadora Koro del Santo fue invitada por el querido Abba Melaku (literalmente ‘padre Ángel’, en etíope) o Ángel Olaran, el misionero que apadrina los niños huérfanos de la zona, a visitarles con sus patines. Ni corta ni perezosa, Koro facturó tantos patines como pudo y así llegaron unos 20 pares aquel verano. “Eso era como Eurodisney. Estar una hora o dos en la cola, esperando que alguien te pusiese un objeto extraño en los pies, te lo atara, te forrase con las protecciones, te apañara los velcros. Empezaron a patinar y vieron que funcionaba muy bien, que a los chicos les encantaba”, dice Juantxo Pagola, presidente de Patinar en Etiopía, recordando los inicios de la escuela. 

 

Ilustración Roda patinadores

 

Los patinadores ya se han convertido en parte del paisaje habitual de la carretera de Wukro junto con las vacas, las cabras, los camiones o los tuk tuks que transportan a la gente. Los mayores patinan allí que es donde aprendieron y donde pueden disfrutar un poco, ya que agarran velocidad. Eso sí, en la carretera patinan cuando está amaneciendo, porque a partir de las 7 h de la mañana empieza el ajetreo: los que van a buscar o a vender grano, sus gallinas, los que van a visitar al médico… Los otros sitios donde patinan son una sala de unos 80 metros cuadrados cedida por la ciudad y una pequeña pista polivalente al aire libre que comparten con otros niños que juegan al baloncesto o practican otros deportes.

Los chavales mayores son muy responsables. Tanto en la logística, en ordenar los patines, en tenerlos limpios”, asegura Juantxo. Los monitores son Sami y Fithawi, dos voluntarios etíopes de 18 años que empezaron a patinar hace siete cuando llegaron los primeros patines a Wukro. 

¿Por qué patinar? ¿No sería mejor dar medicinas, o alimentos? Pagola lo tiene claro. Ya hay otra gente que los ayuda en estos frentes. En Patinar en Etiopía tienen la noble labor de aportarles una actividad de ocio más para que se diviertan al salir de la escuela y para que disfruten su tiempo libre. 

Alberto López y Alberto Alemán entraron en la historia cuando decidieron hacer de su reto algo solidario y “adicionalmente difundir un poco más la labor de la asociación, la cual es muy conocida en el mundo del patinaje”, dice Alberto López. Su amigo Alemán continúa: “Cuando empezamos con esta idea no pensábamos que iba a coger la envergadura que ha desarrollado. Originalmente era una experiencia personal, pero como veíamos que podía ser algo que a la gente le podía gustar y podrían valorar nuestro esfuerzo, lo poco que recaudásemos sería bienvenido. La respuesta de la gente nos ha dejado encantados y lo que era un añadido ha sido casi el pilar más importante”. 

Los patinadores coinciden en que lo más difícil ha sido el camino en sí. Las largas horas en los patines, la lluvia, el dolor de pies, el calor, la dificultad de algunos puertos de montaña. El esfuerzo que se autoexigieron por acabarlo en tan pocos días. Pero la gran satisfacción ha sido el no correr por nada. En alguna etapa, patinadores tan importantes como los campeones del mundo Patxi Peula y Aura Quintana hicieron unos cuantos kilómetros con ellos porque se encontraban de vacaciones cerca. “Esos días nos dieron un respiro”, dice López. “Sobre todo emocionalmente, ese rato nos pasó de otra manera, nos daba impulso”, agrega Alemán. 

Los 9.200 euros de 223 donantes irán destinados al programa de nutrición infantil, bajo tutela del Wukro Social Development Program (WSDP), liderado por el carismático padre Ángel Olaran, que hace más de 20 años que se desvive por el bienestar de esta comunidad: “En el mundo hay un potencial impresionante de belleza, de armonía”, asegura. Y no hay duda que un niño feliz encima de unos patines es un buen ejemplo de ello

 

Texto: Laura Calçada
Ilustración: Roda