A principios de año, Enrique jamás se hubiera sentado a hablar de su historia ni de sus sentimientos. Tenía pánico a las mujeres, se comunicaba a través de la ira y no podía controlar el rencor. Hoy, en cambio, se sincera: “Quiero hacer lo posible por ayudar”. Tras una denuncia por saltarse una orden de alejamiento y a la espera de un juicio por malos tratos, en marzo entró en el Programa Contexto de la Asociación PSIMA, en Valencia. Su experiencia es la prueba de que, si queremos erradicar la violencia de género, el peso no puede recaer por completo en las mujeres: debemos cuidar a las víctimas y los agresores tienen que asumir sus responsabilidades.

Para dar respuesta a la ley de protección integral contra la violencia de género, según la cual los hombres con una condena inferior a 2 años tienen la obligación de acudir a un programa de tratamiento si así lo decide un juez, en el año 2004 vio la luz el Programa Contexto, cuya labor ha sido un año más reconocida en la convocatoria de Interculturalidad y Acción Social del Programa de Ayudas a Proyectos de Iniciativas Sociales de ”la Caixa, una convocatoria que tiene como línea prioritaria el apoyo a programas educativos y de prevención de la violencia o la adicción. Desde su creación, el propósito del Programa Contexto se ha ampliado y va mucho más allá de cumplir con la legalidad vigente. Ahora no solo hay más participantes que finalizan el programa, sino que cada vez más hombres acuden a él de manera voluntaria.

 

Día Mundial contra la Violencia de Género

 

“Como sociedad, poner el foco en la víctima significa dejar de enfocar a la persona que ha cometido el delito. Y es el agresor quien tiene que hacer un cambio y responsabilizarse”, afirma Elena Terreros, doctora en Psicología y presidenta de la asociación. Así, tras unas primeras entrevistas individuales para animarlos a adherirse al programa y motivarles hacia un cambio con consecuencias positivas para ellos y su entorno, los participantes asisten a sesiones grupales donde se trabaja la toma de conciencia sobre la violencia que están ejerciendo, el autocontrol, la forma de afrontar los conflictos, las creencias que sostienen su manera de relacionarse y, además, un factor clave: la comunicación. ¿El objetivo? Fomentar que mantengan estilos de relación basados en la gestión emocional, la empatía, el respeto, la igualdad y los acuerdos mutuos. Al finalizar estas sesiones, que duran de 10 a 12 meses, se les hace un seguimiento durante 2 años.

Sobre la comunicación, afirma Elena que “las emociones que se les permiten a los hombres tradicionalmente son la rabia y la ira. Para muchos, estas eran su único vehículo de expresión al llegar aquí”. Enrique lo corrobora. “Yo no me comunicaba. Si hablaba de las cosas era para discutir.” En estos ocho meses, en cambio, está aprendiendo a expresarse y a empatizar con la otra persona. “He aprendido lo importante que es comunicarte de manera sana: con tu pareja, con tus compañeros, con la gente, con la familia…”.

Aun así, al principio casi siempre hay cierta reticencia. Cuenta Enrique que en las primeras sesiones le costó entender que las psicólogas estaban ahí para ayudarle, que no eran el enemigo. “Poco a poco esta actitud cambia, ya que están en un entorno en el que su conducta es rechazada pero no su persona”, dice Elena. “Creemos en las segundas oportunidades, sobre todo porque ayudar a que los agresores hagan las cosas de otra manera es vital para protegerlas a ellas”. Los datos la avalan: al finalizar el programa, el porcentaje de reincidencia es solo del 7,8 %.

El nombre del programa no es casual. Y es que, “si hay violencia, es también por el contexto social. Todos hemos sido tolerantes y lo seguimos siendo”, señala la psicóloga. Escuchar gritos y golpes en casa de tus vecinos no son “cosas de pareja”. Ver como un amigo menosprecia, controla o anula a su novia, tampoco. “Si muchos agresores llegan aquí creyendo que no tienen nada que mejorar, culpando a la víctima por provocarles o a un sistema judicial que consideran injusto, es también porque hasta entonces nadie de su entorno les ha dicho que estaban siendo violentos, controlando o sometiendo a su pareja y que esa actitud no se puede tolerar, cosa que por supuesto no les exculpa”, puntualiza. “Consideramos la violencia un problema social, no un problema del individuo. Pero también es verdad que, aunque todos los hombres se han criado en el patriarcado, no todos ejercen violencia sobre sus parejas. El consumo de sustancias y la pobreza, haber sufrido violencia ellos mismos o vivido en entornos tolerantes a las creencias machistas son factores de riesgo muy influyentes”.

Queda claro que la violencia es un ciclo que se retroalimenta a sí mismo. Pero también puede llegar a hacerlo en sentido contrario: si un hombre es capaz de reconocer y asumir la violencia que ha ejercido, podrá reconocerla, señalarla y, con suerte, hasta prevenirla en otros. “De hecho, me gustaría que la oportunidad de participar en un programa así existiera para cualquiera, no solo tras una condena”, cuenta Enrique. “Mejoraría mucho la calidad de vida de las personas y ayudaría a las partes implicadas a tomar las decisiones correctas antes de que un problema llegara a ser una situación irreparable”. Hoy, como cada día, decimos bien alto que ni una menos. Hoy, como cada día, pensamos en las que ya no están. Pero ni hoy, ni ningún día, podemos olvidar que frenar la violencia de género está sobre todo en manos de quien la ejerce.

 

(*) Se ha omitido el nombre real del agresor para respetar su derecho a la intimidad.

 

Texto: Patri di Filippo
Ilustración: Mar Hernández