El extrarradio barcelonés puede parecer, a primera vista, una tierra de cemento, autopistas enredadas, aviones que cruzan el cielo y naves industriales que ocupan manzanas enteras. Pero justo en el centro de todo este lío de carreteras y centros comerciales, hay un sitio donde la vida no avanza a la velocidad de los coches, sino a la de las alcachofas. En el Parque Agrícola del Baix Llobregat hasta hubo un tiempo en el que se esperaba una invasión de crupieres. Pero en su lugar, llegaron los agricultores. Y ahora, donde tenía que haber tragaperras escupiendo monedas hay campos en los que nacen lechugas, calabazas y melones. Una tierra en la que, entre siembra y siembra, también se cultivan los futuros de muchas personas.

“Cuando llegamos aquí hace tres años no había nada”, afirma Rebeca Segura, coordinadora de proyectos y de cooperación internacional de la cooperativa Central Parc, una iniciativa de la ONG Desos. Y lo hace mirando a unas tierras donde cada mes crecen unos 10.000 kg de verduras y hortalizas ecológicas. “Se calcula que en el parque hay unas 160 hectáreas abandonadas”, prosigue, “y estamos intentando recuperarlas con una práctica agrícola que respete el medioambiente”. Pero el proyecto Central Parc —llamado así porque el Parque Agrícola del Baix Llobregat es el principal pulmón verde del área metropolitana de Barcelona— no solo busca dar un futuro a estas tierras, sino también a quienes las trabajan.

 

 

Cada mañana, Jordi Bofill, técnico de formación agrícola, se encarga de enseñar a diferentes colectivos en riesgo de exclusión social todos los trucos para trabajar el campo de forma ecológica, dándoles así un empujón a la hora de encontrar trabajo en el sector y poder reinsertarse en la sociedad. Una visión transformadora por la que, además, la iniciativa ha sido premiada en la última convocatoria de los Premios ”la Caixa” a la Innovación Social.

Entre las hileras de tomates y plantas de pimientos pasan jóvenes sin graduado escolar, mayores de 45 años que llevan mucho tiempo en paro, refugiados y personas penadas con sentencias cortas que hacen trabajos comunitarios como alternativa a entrar en prisión o pagar una multa. Aunque, como apunta Rebeca, “en el campo no hay ni colectivos ni etiquetas. No eres el joven sin estudios o el refugiado: eres el que siembra o el que riega”. En Central Parc cada uno tiene su función dentro del grupo, un grupo que nada tiene que ver con su situación social y en el que solo importa trabajar día a día (y riego a riego) con un objetivo común: mejorar el entorno y producir alimentos que son buenos tanto para la salud como para el medioambiente.

Porque lo que el campo puede enseñarnos va más allá de la frecuencia de riego recomendada para una col, una berenjena o una alcachofa. “Cuando las personas que vienen aquí se dan cuenta de que son capaces de aprender un oficio nuevo”, señala Jordi, “se vuelven a sentir útiles en la sociedad”. Así lo cuenta Igor, de Moldavia, que nunca antes había tocado ni una sola planta y ahora que ha descubierto “que se puede trabajar la tierra haciendo bien a lo que te rodea” dice querer seguir haciéndolo el resto de su vida.

Para que una planta de alcachofas crezca buena y sana, hay que trabajar duro: regarla a diario, ir cortando la mata, mantener sano el campo… Pero, al final, saldrá: la planta asomará su cabecita verde y gruesa entre la tierra, y lo habremos conseguido. Porque trabajar con esfuerzo y pasión siempre acaba dando sus frutos, ya sea una alcachofa o un contrato laboral.

 

Fotografía: Román Yñán