El investigador Miguel López lo tiene claro: estamos ante las puertas que pondrán punto final a la obesidad, una enfermedad que ha alcanzado proporciones epidémicas en los últimos años. Y esa puerta está en el cerebro; en concreto, en un grupo de unos pocos miles de neuronas del hipotálamo, que son las que nos ordenan que comamos y las que regulan la energía que gastamos. El científico, cuyo proyecto ha recibido una ayuda de la convocatoria de investigación en salud 2019 de ”la Caixa”, ha logrado modificar esas neuronas en modelos animales, con el objetivo de que en un futuro las personas con obesidad coman menos, gasten más energía y, como consecuencia, pierdan peso.

La obesidad ya no es solo un problema de los países desarrollados. En los últimos 30 años, esta enfermedad metabólica ha alcanzado proporciones pandémicas, afectando a 650 millones de personas en todo el globo, incluidos países con niveles de desarrollo medio o bajo. Y España no es una excepción, la dieta mediterránea no nos salva: según el Instituto Nacional de Estadística, más de la mitad de los españoles adultos son obesos o tienen problemas de sobrepeso, y sus tentáculos son cada vez más largos entre la población infantil. “La obesidad consiste en una acumulación de grasa, como resultado de que las calorías ingeridas superan a las consumidas de manera crónica. La mala alimentación, el sedentarismo y la falta de ejercicio contribuyen a esta pandemia. Por eso es importante hacer una buena labor educacional, sobre todo entre los niños, para hacerles conocedores de este problema”, dice Miguel López, investigador del Centro Singular de Investigación en Medicina Molecular y Enfermedades Crónicas de la Universidad de Santiago de Compostela (Cimus). “Sin embargo, también puede tener causas genéticas”.

 

El investigador Miguel López explica cómo acabar con la obesidad a través del cerebro

 

Miguel lleva toda la vida buscando en la ciencia una solución para esta extendida dolencia, que sega la vida de 3 millones de personas cada año en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud. “La obesidad lleva asociadas otras enfermedades, como la diabetes de tipo II, determinados tipos de cáncer, trastornos cardiovasculares y metabólicos o problemas de movilidad”, explica. Y una de las puertas a la curación nos lleva al cerebro. Porque es allí donde se origina y desde donde se puede acabar.

En el centro de nuestro cerebro se halla su parte más primitiva: el hipotálamo, que, de hecho, no es muy distinto al que tiene un pez o una rana. Es, además, el área que nos garantiza la supervivencia: desde allí se regulan funciones tan básicas como comer, beber, dormir, la reproducción, la adaptación térmica… o el apetito. Y López ha conseguido controlar estas dos últimas: las que se encargan de darnos sensación de hambre y de quemar más o menos calorías. ¿Cómo? Ampliamos un poco más el microscopio y nos vamos a una molécula que han llamado AMPK y que actúa como “interruptor” de la sensación de hambre y del gasto calórico. “Si tenemos poca energía, la AMPK hará que comamos más. Si tenemos exceso de nutrientes, hará que comamos menos y gastemos más. Es un mecanismo muy fino y sofisticado que permite controlar los dos lados del balance energético. Esto es importante porque se evitarían, por ejemplo, los típicos efectos rebote de las dietas, en que la ganancia de peso posdieta supera el peso de partida porque, al comer menos, automáticamente el gasto calórico cae”.

¿Pero cómo controlan una parte tan pequeña de las células en una región tan específica del cerebro? Se trata de dar en la diana de la obesidad utilizando las mismas herramientas que usan las células de nuestro cuerpo. “Las células utilizan distintos mecanismos para comunicarse unas con otras, y uno de ellos son los denominados exosomas. Son minivesículas, ‘micropaquetitos’ con información molecular que se liberan para que los capten otras células y ‘vean’ lo que hay dentro”, explica de manera muy gráfica. “Hemos utilizado esos exosomas para introducir el tratamiento génico que modula la AMPK y conseguir algo muy importante: que vayan a entregarle el paquetito tan solo a ese grupo reducido de neuronas del hipotálamo y lograr así que regulen la AMPK en esas células. Lograr ese nivel de especificidad era un gran reto y lo hemos conseguido”. Es decir, impactan precisamente en las mismas neuronas que, descontroladas, causan la obesidad.

De hecho, la capacidad de los exosomas para intercambiar información entre unas células y otras ha abierto la puerta a otras vías de investigación, por ejemplo sobre el cáncer de pulmón y algunas dolencias neurológicas, pero la diana no es tan específica como la conseguida por el equipo de Miguel López.

La terapia ya ha sido probada en animales y han conseguido que ratones muy obesos se vuelvan delgados modulando esta molécula. Ahora, la investigación se centra en encontrar vías de administración éticas para seres humanos, como la intravenosa, o incluso más cómodas, como un aerosol. Creen que pueden llegar a experimentar con personas en un plazo de 5 a 10 años. “Es importante recalcar que nuestras investigaciones persiguen curar la obesidad, no prevenirla. Nosotros no evitamos que los animales engorden, aunque sigan una dieta hipercalórica, sino que conseguimos que los que son muy obesos dejen de serlo”, puntualiza.

 

Texto: Bárbara Fernández
Visual: Oriol Castellar