Estar embarazada te sumerge en un mar de alegrías y dudas a partes iguales. ¿Dolerá el parto? ¿El bebé nacerá con mucho pelo? ¿Cuando crezca, le gustará la misma música que a mí? ¿Sabré cuidarlo? ¿Y qué pasa si no le caigo bien? La incertidumbre, esa mezcla de miedo y excitación que sentimos ante cosas que cambiarán por completo nuestra vida, nos lleva a menudo a preguntas absurdas y sin respuesta. Por suerte, las más recientes investigaciones científicas cada vez nos aportan más certezas sobre cómo cuidar del desarrollo del futuro bebé, ya desde su gestación. Puede que la ciencia no pueda responder a si los chistes malos le harán gracia a tu hijo, pero sí darte la tranquilidad de que estás haciendo todo lo posible para que nazca sano.

Y “todo lo posible” a veces son pequeñas cosas. Un estudio reciente liderado por un equipo del ISGlobal, centro impulsado por la Obra Social ”la Caixa, indica que la dieta materna durante el embarazo puede modular el riesgo del bebé de desarrollar síntomas del Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH). Más concretamente, la investigación llevada a cabo por Mónica López Vicente y su equipo sugiere que, cuanto mayor es la proporción de omega-6 (predominante en frutos secos) con respecto a la de omega-3 (lo ingerimos a través del pescado o del aceite de oliva, por ejemplo) durante el embarazo, mayor es el riesgo de que los bebés muestren síntomas de TDAH a los siete años.

Se habla de síntomas y no de diagnóstico, puesto que no se encontró una relación directa entre la ratio omega-6/omega-3 y el diagnóstico clínico de TDAH, que requiere la presencia de seis síntomas como mínimo. Lo que se observó es que, por cada incremento en la proporción de omega-6/omega-3, el número de síntomas de TDAH a los siete años de edad aumentaba en un 13 %. Para Mónica, “se trata de una cuestión de salud pública”. A nivel individual, un 13 % de síntomas no es mucho, pero “si el porcentaje de síntomas de TDAH aumenta en un 13 % en la población debido a la exposición a esa ratio alta de omega-6/omega-3, el impacto en los costes sanitarios y la productividad de la sociedad sí que es importante”.

 

 

“Si tú sabes que algo está influyendo en el origen de un problema, puedes actuar para que no suceda, o al menos minimizarlo”, prosigue la investigadora. “En este sentido, la nutrición es especialmente interesante porque es muy fácil cambiarla: con solo modificar un poco tu dieta puedes tener un impacto muy grande en el desarrollo del feto”. Con un apunte: tanto el omega-3 como el omega-6 son sustancias positivas y necesarias para el desarrollo del cerebro. No se trata pues de una batalla de sardinas contra cacahuetes, eliminando los segundos en favor de las primeras, sino de mantener una proporción equilibrada entre ambas, ya que sus funciones en el desarrollo neuronal son opuestas (el omega-6 promueve los estados sistémicos proinflamatorios y el omega-3, los antiinflamatorios).

En vista de los resultados, la investigadora recomienda a las embarazadas seguir una dieta mediterránea a base de alimentos frescos, verduras, aceite de oliva y pescado. Pero, además de la alimentación, nos cuenta que hay otros aspectos que pueden influir en el desarrollo neuronal del feto. Aspectos que también podemos en cierto modo controlar. Por ejemplo, se ha demostrado que abusar del paracetamol durante el embarazo podría aumentar hasta en un 40 % el riesgo de mostrar síntomas del espectro autista e hiperactividad en los niños. Y sobre no fumar ni consumir alcohol, se insiste siempre tanto porque se sabe que los elementos tóxicos de estas sustancias atraviesan la placenta, por lo que el feto queda directamente expuesto a sus componentes altamente nocivos.

“Al final se trata de ver qué estilo de vida debe llevar una embaraza para potenciar al máximo el desarrollo del bebé”, concluye Mónica. Por eso, en el ISGlobal llevan años investigando cómo afecta el entorno al neurodesarrollo del feto. Un estudio de 2018, por ejemplo, indica que la contaminación atmosférica durante el embarazo puede afectar la memoria y la capacidad de atención de los bebés. Por su parte, investigadores del proyecto INMA señalaron también en el 2015 los efectos negativos de la contaminación acústica durante la gestación. Al final, cada estudio parte de una muestra única, se ha realizado en momentos distintos y analiza diferentes sustancias, pero todos apuntan hacia la misma dirección: lo que ocurre durante los nueve meses de embarazo tiene consecuencias a lo largo de toda la vida del niño o niña. Afortunadamente, adquiriendo sencillos hábitos, como hacer largas caminatas por espacios verdes, descansar bien o cambiar esa bolsa de palomitas por una tostada con aceite de oliva, podemos conseguir un retorno enormemente positivo.

 

Texto: Patri di Filippo