Ver películas se parece un poco a jugar con un caleidoscopio. Así como al girar el tubo del juguete aparecen cada vez nuevas imágenes y colores, cada peli es capaz de examinar una emoción distinta, desde miles de puntos de vista. La exposición “Cine y emociones. Un viaje a la infancia, en CaixaForum Zaragoza, quiere ahora rendir homenaje a esta capacidad del séptimo arte de explorar nuestros sentimientos desde ese punto de vista en el que las emociones tienen más fuerza que nunca: el de los niños.

 Hay pocas pelis como El viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki. Es una explosión de colores, de personajes que nacen de una fantasía desatada (bebés gigantes, hipopótamos minúsculos, ranas que se convierten en dragones), de comida tan viva que dan ganas de comerse la pantalla, de locas aventuras y de aún más locos paisajes.

 

 

Pero la mejor escena sea quizás justo esa en la que no pasa nada. Esa en la que Chihiro y Sin Cara cogen un tren solo de ida a Fondo del Pantano. Son dos minutos que no se parecen en nada al resto de la peli: la trama no avanza, tampoco hay más sonido que el piano de Joe Hisaishi y no vemos mucho más que el tren cruzando un mar cristalino e infinito. Pero, si la secuencia es tan mítica es justo por eso: porque en ella no hay nada más que emociones.

Con esta secuencia en la cabeza, no extraña que la peli de Miyazaki sea una de las escogidas para formar parte de la muestra “Cine y emociones. Un viaje a la infancia”, organizada por la Obra Social ”la Caixa” y La Cinémathèque française. En ella, más de 300 piezas (fragmentos de pelis, carteles, guiones ilustrados, vestuario, maquetas) dibujan un recorrido por la historia del cine a través de la mirada de los niños y de las principales emociones que podemos llegar a sentir: de la alegría a la rabia, las risas y las lágrimas, el miedo, la valentía o la ilusión.

Es cierto que la infancia nunca vuelve y que una emoción nunca se vive tan intensamente como la primera vez. Pero cuando vemos a los chavalines de Moonrise Kingdom bailar al ritmo de Françoise Hardy, eso nos permite recordar la inocencia del primer amor. También podemos llorar hasta quedarnos sin lágrimas con el final de La lengua de las mariposas —uno de esos tras los que casi casi hay que salir del cine nadando. O pasar miedo y disfrutar de la adrenalina generada con la famosa escena de los velocirráptores de Jurassic Park. Para algo se inventaron el cine y el botón de play: para viajar a mundos infinitos y hacernos sentir y aprender en la piel de otros una y otra vez.

 

Ilustraciones: Pol Montserrat