Hay muchas maneras de ayudar. Solo es cuestión de elegir la que más vaya contigo. Y eso lo saben muy bien los Voluntarios de ”la Caixa”, con sus más de 2.000 actividades al año. El escenario de hoy es una huerta repleta de personas que se mimetizan entre árboles, cajas negras que poco a poco se van llenando de mandarinas y conversaciones que hablan de hacer un bien por el mundo.  

Hemos ido a conocer el trabajo que realizan los voluntarios de la delegación de las Tierras del Ebro en la huerta de un campesino de la localidad tarraconense de Aldover. Su misión: como los espigadores que recogen las espigas que quedan en el suelo después de la siega, ellos “espigan” los campos para recuperar alimentos que de otra manera se desecharían. Hay muchas formas de ayudar, cierto. Pero, si además de ayudar al planeta en general, ayudas a las personas que más lo necesitan, ¿es ayudar doblemente?

“Venir hoy como voluntarios es lo mínimo que podemos hacer”, dice el voluntario Herme Jaques, mientras se enfunda los guantes que le permitirán arrancar cualquier rastro de color naranja que quede en los mandarinos. “Todo lo que recolectemos hoy lo llevaremos a los bancos de alimentos de Tarragona y de las Tierras del Ebro y al Centro de Distribución Solidaria de Alimentos de Barcelona”, añade Marc Farrés, uno de los miembros de la entidad que combate el despilfarro de alimentos Espigoladors, que esta mañana trabajan codo con codo con los Voluntarios de ”la Caixa”.

 

 

Las mandarinas que hoy recogen son dulces y están riquísimas, pero no se pueden comercializar por las manchas oscuras que dejó en ellas una inoportuna tormenta de granizo. En este caso, la excusa que justifica el despilfarro alimentario es la estética; en otros, los alimentos se descartan simplemente porque hay un exceso o porque las ventas se reducen. Aunque suene surrealista, la cifra mundial de alimentos que cada año terminan en la basura habla por sí sola: 1.300 toneladas, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Los voluntarios con los que hablamos llevan años dedicándose en cuerpo y alma a realizar labores altruistas. Y las razones por las cuales cada uno eligió hoy esta particular forma de ayudar son dispares. Herme dice que eligió la actividad “para devolverle a la vida lo mucho que me ha dado”. Sacra Barrué, otra voluntaria, para ocupar su mente cuando solo podía pensar en el cáncer que su hija trataba de superar. A alguno quizá le apetezca, simplemente, pasar un rato al aire libre. Dani Vila, vecino del pueblo, se apuntó por un gesto que es tan simple como puro: ayudar a los que lo necesitan. “¡Mentira! ¡Esto es una penitencia para ti!”, bromea Herme.

Lo que está claro es que hoy todos contribuyen a que estas mandarinas puedan llegar a manos de personas que, en estos momentos, no pueden llenar sus despensas. “Es muy grave. Hay mucha gente que no llega ni a mitad de mes, y estoy hablando de vecinos de Aldover que conozco desde siempre”, cuenta Dani. “Y lo fuerte es que, si nadie hiciera nada, esta fruta se echaría a perder”, agrega Herme, que pone sobre la mesa un atisbo de lo que implica desperdiciar comida.

Mientras camina por los senderos naturales que dibujan los árboles, otra de las voluntarias, Fina Clua, nos dice que ella cree que deberíamos ser más conscientes del valor que tiene la comida: “Pensamos que lo normal es tenerlo todo, pero nada más lejos de la realidad. Algunos dicen que has de mirar al que está mejor que tú para aspirar a más, pero yo prefiero fijarme en el que está peor para valorar lo que tengo. Teniendo una casa en la que puedo estar caliente, con comida y cama, ¿qué más puedo pedir?”. Lo único que espera ahora Fina es que la recolecta de hoy pueda aportar alguna que otra sonrisa a los hogares de muchos. Y al enterarse de que, entre todos, han evitado que 2.100 kg de mandarinas se conviertan en basura, ha sentido que convertirse en voluntaria es una de las mejores decisiones que ha tomado en la vida.

 

Texto: Alba Losada