“¡A mí me gusta todo: bailar, cantar, tocar el cajón y la guitarra!”. “Yo estoy las 24 horas del día bailando. El baile es mi lenguaje”. “¡Pues a mí me encanta cuando Rosalía dice: tra, tra!”. Con este aluvión de entusiasmo nos reciben Mariano, Joaquín y Sole en el Teatre El Musical del barrio valenciano del Cabanyal. Fue en este mismo escenario donde, el año pasado, estos chicos aprendieron a amar el flamenco (y a amarse a sí mismos) gracias a Extremus Danza, uno de los proyectos ganadores de la convocatoria del 2017 de Art for Change ”la Caixa”.

Mariano, Joaquín y Sole son tan solo tres de los 44 niños y adolescentes de entre 8 y 17 años, mayoritariamente gitanos, que participaron en ¡A quelar!, un proyecto de la bailarina y directora de la compañía de baile Extremus Danza Eva Moreno, quien durante 11 meses enseñó a estos chavales el arte de bailar y cantar flamenco, y tocar el cajón y la guitarra. “Mi meta y la de los otros cuatro profesores del proyecto ha sido siempre dar formación a unos niños que tienen mucho talento y muy pocas oportunidades”, cuenta Eva sentada en la cafetería del teatro. “También hemos fomentado la integración social de la comunidad gitana en el barrio y hemos hecho ver a estos niños y a sus familias que, por ejemplo a través del flamenco, ellos también tienen un hueco en la sociedad”.

 

 

El pasado 8 de diciembre, en el espectáculo final, titulado Som Cabanyal, los chicos y chicas demostraron —entre focos, acordes de guitarra y la ovación de un público incansable— todo lo que habían aprendido encima del escenario; ese lugar que, según Eva, es su medio natural y donde pueden vibrar de emoción, sacar todo lo que llevan dentro y hasta evadirse. Porque, como asegura la bailarina, “cuando bailan o cantan, todo lo malo se va. Se divierten y convierten lo negativo en positivo”.

La mochila de preocupaciones que cargan todos ellos —las dificultades económicas de su familia o el sentimiento de fracaso con el que suelen convivir— hizo que muchos empezaran el taller con un “no puedo” metido entre ceja y ceja que les impedía ver todo lo que sí eran capaces de hacer. Pero, a medida que se animaron a hacer zapateados, tocar las palmas y sentir en su propia piel cada acorde de guitarra, esa autopercepción errónea se fue diluyendo. “Al principio, Paco no venía a clase de guitarra porque decía que no era lo suficientemente bueno. Luego terminó tocando en el escenario con el guitarrista Juan de Pilar y, lo más importante, creyendo en su valía”, recuerda Eva, mientras unos golpes de cajón se convierten en la banda sonora de sus palabras. “A Joaquín, por ejemplo, le decían en el colegio que no iba bien en mates, pero a través del ritmo se dio cuenta de que era capaz de sumar con rapidez”. Cada una de las palabras de Eva transmite su satisfacción por haber demostrado a los chicos que les sobran razones para confiar en ellos mismos.

Mientras hablamos con Eva, Joaquín, Sole y Mariano ensayan en la cafetería los pasos y movimientos de manos que han interiorizado durante este tiempo. En el ambiente es inevitable respirar el empoderamiento y las ganas de soñar que ¡A quelar! les ha transmitido. Sole asegura que de mayor le gustaría ser bailaora. Joaquín se visualiza haciendo remates por bulerías en grandes escenarios. Y Mariano quiere ser “un artista conocido en todo el mundo”. Unos sueños que dicen que perseguirán sin olvidar los buenos momentos que han vivido juntos y cómo el flamenco les ha ayudado a superar sus miedos. A Sole, participar en ¡A quelar! hasta le hizo darse cuenta de que ni la incertidumbre puede con ella: “Siempre recordaré el estreno de Som Cabanyal. Me impresionó ver el patio de butacas tan oscuro. Me ponía nerviosa no saber cuántas personas habían venido a vernos. Pero cuando me puse a bailar, los nervios desaparecieron. Solo existía el baile”.

 

Texto: Alba Losada
Fotografía: Rita Puig-Serra