Estudiar programación electrónica es complicado y aburrido. Más cuando tienes 16 años y es la primera vez que te enfrentas a ello, a solas con el ordenador. Pero la cosa cambia cuando tu profe de tecnología te asegura que, si aprendes los entresijos de la placa Arduino, harás funcionar automáticamente cualquier cosa que te propongas: un ascensor, un dispensador de bebidas al gusto, un escenario que controla sus luces y su bola disco, o un pez globo brillante que hace pompas de jabón. Los alumnos del IES Enric Valor de Monòver, Alicante, ya han hecho realidad sus inventos gracias al Programa Arduino de EduCaixa, y a la paciencia de Luis Matías Carrillo, al que ellos califican como “el mejor profesor”.

Ruido de taladro. Olor a pegamento y pintura. Un poco de charla y risas. Otro poco de concentración. Estamos en una clase de tecnología de cuarto de la ESO sin malas caras ni alumnos ausentes. “Les gusta porque es muy manual. No es solo estudiar, sino construir, hacer realidad sus ideas. De hecho, hay un chico que no va a ninguna otra clase, pero sí a esta”, nos cuenta el profesor Luis Matías, quien en seguida apostó por el programa, seguro de que el conocimiento tecnológico les dará a estos chicos y chicas muchas más opciones profesionales.

 

 

El curso empezó en octubre con el aprendizaje de algunos conceptos de programación, “lo que más les costó”. A finales de año, ya montaban los kits Arduino: robots y miniaparatos prefabricados, formados de componentes electrónicos (sensores, controladores…) y piezas precortadas listas para ensamblar. “El calentamiento”. Y en enero llegó la hora de la verdad: pensar qué invento mecánico-electrónico querían crear y cómo iban a hacerlo. “La verdad, pensé que no les costaría tanto aprender cómo funciona ‘la plaquita esa’ y programarla. Pero luego me sorprendieron las buenas ideas que se les ocurrieron. ¡Un pez pompero y un escenario con luces controlables! Fueron muy originales”, explica Matías, orgulloso.

En el proyecto del pez trabaja María, una adolescente con síndrome de Down que acaba de pasárselo en grande deformando con fuego los plásticos que harán de mar. “Lo peor ha sido lijar”, asegura mostrando el pez gigante, sus puntos de ensamblaje con la barra que lo llevará hasta el jabón, y el ventilador que obrará la magia de las pompas. María sigue la clase gracias a Isabel, una figura de soporte educativo, y está encantada con la asignatura. “Os la recomiendo”.

Hay nervios en el ambiente. En menos de una semana, estos chicos y chicas presentarán sus artilugios en la Ciutat de les Arts i les Ciències, ante 850 participantes y los inventores de las placas controladoras de Arduino. “A los que más les gusten, les pondrán la pegatina de ‘Arduino selected’”, les anuncia José López, el coordinador del proyecto en la Comunitat Valenciana.

Llegar hasta aquí no ha sido fácil. Los chavales se las han visto para programar. El profesor reconoce que “deben empezar a aprender antes y con un entorno más gráfico”. Van a acabar sus proyectos al límite de tiempo. Pero Luis y José saben que han plantado una semilla. Una semilla que les hará creer en su creatividad y conseguir sus metas con un equipo diverso. Que ayudará a perpetuar el software libre. Que reducirá la brecha digital entre hombres y mujeres. Y que les llevará a ser ciudadanos y ciudadanas competentes del siglo xxi.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía:
Rita Puig-Serra