Lo defienden muchos pensadores, Steven Pinker a la cabeza: en general, estamos en uno de los mejores momentos de la historia. Vivimos más que nunca. La mortalidad infantil se ha reducido. La riqueza se ha multiplicado. Hay menos guerras. Y la alfabetización va camino de ser universal. Sin embargo, 70,8 millones de refugiados todavía no cuentan ni con lo básico para subsistir y han de ver cómo el futuro de sus hijos es más que incierto. Para frenar la malnutrición de estas personas, en especial de las madres con hijos de hasta cinco años, el ACNUR y la Obra Social ”la Caixa” lanzaron el innovador Proyecto MOM, que desde el 2017 ha conseguido salvar muchas vidas. Nos lo cuenta la directora de proyectos y relaciones institucionales del Comité español del ACNUR, Belén Camba, una abogada comprometida con la justicia social más allá del despacho, convencida de que “con muy poco es posible hacer mucho”.

¿Por qué decidisteis actuar en Etiopía?
Actuamos en las zonas de Gabemlla y Dollo Ado porque Etiopía es un país que no solo genera refugiados, sino que también los recibe de muchos países limítrofes. Y cuando toda esa gente huye de un conflicto, los niños son los que corren un riesgo mayor a causa de la escasez de alimentos, agua potable, atención médica adecuada…

Se sabe que el 80 % de la población refugiada son mujeres y niños.
Sí, a los hombres los han matado en la guerra o están en ella o no han podido salir del país… Nosotros nos centramos en mujeres embarazadas y niños menores de cinco años, porque prevenir la malnutrición en las primeras etapas es básico para que no padezcan consecuencias irreversibles, a nivel físico y mental, durante el resto de su vida.

 

 

¿Cómo lo hacéis? ¿En qué consiste vuestra actuación?
Nada más llegar, apartamos a estas mujeres y a sus hijos de la cola general y les ofrecemos una atención inmediata y directa. Ten en cuenta que, en estos contextos de emergencia, la tasa de mortalidad puede aumentar hasta 20 veces en solo 2 semanas. ¡Hay que actuar rápido! Les ayudamos a que no tengan que ir a por agua y puedan ocuparse de la alimentación de sus hijos; hay grupos de madres que las ayudan a relajarse; les facilitamos la higiene; les explicamos que cuanto más tiempo les den el pecho, mejor; les enseñamos a usar la cinta que mide la circunferencia del brazo de sus hijos para que puedan detectar si están desnutridos y, entonces, empezar a tratarles con alimentación específica… 

¿Por qué dice todo el mundo que se trata de un proyecto tan innovador?
Por un lado, por esta metodología de atenderles rápidamente y tratar la malnutrición desde la atención integral para cubrir las necesidades de nutrición, refugio, agua y saneamiento. Y por otro, el proyecto MOM es innovador por su tecnología, ya que gracias a Last Mile Mobile Solution (LMMS), que combina aplicaciones de software con hardware personalizado, hemos establecido un registro digital de la comida que les vamos dando y de sus mediciones: cómo están de peso, cómo va la circunferencia que revela si el niño está malnutrido o no, etc., lo que nos permite hacer un seguimiento individualizado.

También estamos a punto de poner en marcha un test de anemia que es más barato, más fácil de hacer, no duele porque no hay pinchazo y eso lo convierte en más seguro higiénicamente.

Ya hace 3 años que arrancó el proyecto MOM y habéis podido atender a 100.000 niños y más de 20.000 mujeres embarazadas. ¿Habéis empezado a ver avances?
¡Sí, claro! En estos años hemos podido reducir del 22,4 % al 12,4 % la malnutrición aguda en Gambella. Y hemos conseguido que las madres prolonguen el tiempo de lactancia, con lo cual los niños están muchísimo más sanos. Vemos que el programa está funcionando. Y nuestra idea es poderlo aplicar pronto en otros países.

Cada vez hay más refugiados en todo el mundo. No se trata de una crisis de Etiopía ni de África, sino mundial. Es de suponer que cada vez necesitáis más fondos…
Sí. Necesitamos que sector privado, público y toda la sociedad se den cuenta de que todos tenemos que empujar. Porque, a pesar de lo mucho que nos preocupa la inseguridad, es justo lo que estamos generando con tanta desigualdad. Los refugiados son pobres entre los pobres y sin elección, porque si vuelven a su país les matan.

¿De qué formas es posible colaborar con el proyecto?
De muchas maneras. Haciéndose socio (ya somos más de 500.000); con un microdonativo o una contribución mensual; hay gente que nos deja su herencia o un legado de su patrimonio (sin, por supuesto, perjudicar a sus legítimos herederos); también trabajamos con fundaciones, con empresas, con el colectivo de educación, haciendo talleres en colegios…

Y hace 18 años que trabajáis con ”la Caixa” en proyectos en Asia y África. ¿Cuál es el valor añadido de contar con un socio así?
Es una alegría y una gran oportunidad. Te sientas en una mesa de trabajo con unos aliados con los que compartes objetivos, que no solo aportan financiación, sino que nos ayudan a analizar resultados, a ver cómo podríamos mejorar. Están absolutamente implicados contra la malnutrición infantil y aportan muchísimo a través de sus consultores y su expertise.

¿Eres optimista con respecto al futuro de estas personas?
Quiero ser optimista y tengo que serlo. Estamos “estirando” demasiado el mundo a todos los niveles, y va a llegar un momento en que, por convicción, la gente joven va a cambiarlo (yo confío mucho en las nuevas generaciones, están más concienciadas) y, por obligación, a los demás tampoco les quedará otra. El mundo no es sostenible así. 

¿Qué es lo mejor de tu trabajo?
Ver cómo se transforma la vida de la gente, dentro de las circunstancias de cada país. Es una satisfacción ver que las mujeres dan el pecho a sus bebés, que los niños están en buenas condiciones. Los niños son el futuro del mundo. Si no les cuidas y no cubres sus necesidades, ¿qué va a ser de estos países? Son los niños quienes, tras ser formados y haber crecido con salud, pueden volver a sus comunidades de origen y cambiar muchas cosas que ahora no funcionan. Los refugiados devuelven mucho más a las sociedades que los aceptan de lo que nosotros les damos, te lo puedo asegurar. Yo he tenido la suerte de poder viajar hasta esos países, conozco su problemática en primera persona y he encontrado mi lugar, soy muy feliz, y creo que cuando me jubile seguiré vinculada a los refugiados. Su fortaleza, las historias tan increíbles de las que no paras de aprender… Es algo que se te mete en las venas y en el corazón.

 

Fotografía: Luis Tato