Una vez liberadas del maltrato en el seno familiar, las mujeres víctimas de la violencia de género tienen que lidiar con otro problema, subterráneo, menos visible, pero igualmente significativo: la dificultad para acceder al mercado laboral. El programa Enredaderas por el Empleo que desarrolla Prodiversa en Málaga, entidad beneficiaria de la convocatoria Más Empleo de ”la Caixa” cofinanciada por el Fondo Social Europeo y la Obra Social ”la Caixa”, pretende tender puentes que conduzcan directamente a estas mujeres a un puesto de trabajo que sirva para dignificar sus vidas. Esta es la historia de Elena, Chelo y Valeria.

Elena nació en Rusia hace cerca de 60 años y su dicción se enreda entre sílabas cambiadas que podrían ser una metáfora perfecta de su vida. Todo pareció haberle salido del revés: un marido que la maltrató sistemáticamente durante más de dos décadas, tres hijos que no reciben más pensión compensatoria que lo que ella ha ganado a fuerza de aceptar contratos basura y sobresfuerzos físicos que han lastrado su salud y, lo más sorprendente, una formación académica con la que soñaría cualquier joven español de hoy, pero que jamás le han convalidado en España.

Sin embargo, Elena es de las que no se rinden. Llegó a la asociación Prodiversa de Málaga —donde vive desde hace 20 años— con su aspecto menudo y su voluntad de hierro, dispuesta a encontrar una nueva oportunidad, a pesar de su edad y de los desencantos: “Mis hijos aún están en edad de estudiar, y yo querría que siguieran haciéndolo, tengo que darles ejemplo”. Así que aprovechó la falta de trabajo para matricularse en la Universidad de Málaga y conseguir el grado superior en Administración de Empresas.

 

 

Ahora, con su salud diezmada, estudia también inglés en el Instituto Oficial de Idiomas gracias a un programa gratuito de ayudas, consciente de que no puede volver a desarrollar trabajos físicos: “He sido camarera, he limpiado oficinas, casas, bares… Pero ya no puedo”, se lamenta. Para ella “todo es más difícil”, reconoce Fátima Gálvez, una de las responsables del programa Enredaderas por el Empleo. “Tener un perfil tan alto a veces incluso es un hándicap. Fíjate, nosotros las contrataríamos sin dudar, son mujeres luchadoras, todoterrenos, pero aún cuesta. Es curioso y paradójico, pero estas mujeres, después de todo lo que han pasado, de su lucha continua y diaria durante años, tienen que lidiar también con un estigma social”.

El programa Enredaderas por el Empleo trabaja, además de la atención personalizada con cada una de las usuarias, la relación con empresas y empresarios del entorno que allanen el camino a estas mujeres para dar el salto a una inserción laboral plena. “Las empresas son fundamentales en la creación de oportunidades para las personas, por lo que proponemos tejer una red colaborativa de empresas solidarias y comprometidas que, además, se pueden beneficiar de incentivos fiscales y administrativos”, comenta Fátima.

Efectivamente, el empleo de baja calidad, desarrollado en condiciones de trabajo que afectan directamente a la dignidad de estas mujeres, es lo que ha dejado atrás Consuelo, malagueña de 45 años con cuatro hijos y un nieto a su cargo. “Yo he trabajado por horas muchos años, limpio casas cuando me llaman, cuido a ancianos, atiendo en una panadería…, lo que haga falta para que el frigorífico esté lleno. Pero no quiero eso más, es que no lo quiero”. Chelo, como la conocen en la asociación, es tajante. Necesita, además de mantener las necesidades básicas de su familia, “sentir que puedo aspirar a algo mejor”, que para ella se materializa en un trabajo estable.

Un programa de seguimiento personalizado, orientación a la hora de tramitar ayudas públicas, atención psicológica y jurídica y otros pequeños detalles hacen que la autoestima de estas mujeres vaya recuperando posiciones. “Durante nueve años trabajé sin contrato en una casa, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, por 450 euros al mes”, se lamenta Chelo que, a pesar de “llevar toda la vida trabajando, desde los 12 años”, no puede acreditar oficialmente ningún tipo de experiencia en el mercado laboral.

Valeria, paraguaya de 63 años, es uno de los casos de éxito de este programa. “Yo estoy muy bien, muy bien”, remarca casi sonrojada ante el testimonio de sus compañeras. Después de trabajar sin contrato durante años, perdió lo poco que tenía cuando tuvo que viajar a su país para atender un problema familiar. A su vuelta se acercó, “casi de casualidad, solo a pedir información”, a las oficinas de Prodiversa y desde hace unos meses trabaja de cuidadora en el Convento de las Carmelitas Descalzas de Málaga. “Cuido de las monjitas más mayores los fines de semana y días festivos, estoy muy contenta porque mi situación personal también es buena”, asegura.

Y es que el programa, tal como recalca Fátima Gálvez, “no solo persigue la inserción”. “Para nosotros, el éxito es conseguir que estas mujeres mejoren su cualificación, su situación personal y su percepción social”. Hasta ahora, suman un total de 35 personas contratadas bajo el paraguas de estos itinerarios de empleo. “Solo computamos los que se ajustan a los parámetros de trabajo digno, con un contrato y una estabilidad razonables”, prosigue Fátima, quien reconoce que, a pesar de la orientación y los consejos sobre lo que se debe o no aceptar dentro de la selva que es en ocasiones el mercado de trabajo, “las decisiones finales las toman las personas. Cuando te chocas con la urgencia por comer, hablar de ética no es fácil”. Queda, por tanto, mucho camino por recorrer.


 

 

 

 

Texto: Amalia Bulnes / 16 Escalones
Ilustración: Malota