Hace 10 años, el agua en Marte era poco más que otro sueño de la ciencia ficción. Ya hay quienes han empezado a implantarse chips bajo la piel, y el reciente escándalo de filtración de datos por parte de Facebook abre un futuro incierto para internet tal como lo conocemos hasta ahora. El xxi está siendo un siglo de cambios vertiginosos y preguntas difíciles. Pero, a grandes retos, grandes remedios. Ese es el espíritu detrás de los proyectos seleccionados en la primera convocatoria de MIT-Spain ”la Caixa” Foundation Seed Fund, una iniciativa del Instituto Tecnológico de Massachussets y la Obra Social ”la Caixa”, que busca abrir nuevos horizontes a la investigación científica más puntera.

 

 

La respuesta está en el aire

Hay pocas expresiones tan comprobables empíricamente como la de “libre como el viento”. Levanta la mano e intenta atrapar un puñado de aire. Ahora ábrela. Un absoluto fracaso, ¿no? Y lo mismo pasa con un rayo de sol. Imposibles de atrapar… hasta ahora. La Universidad de Alicante está investigando cómo conseguir almacenar la energía de fuentes renovables como el sol y el viento durante más tiempo (ya que, al tratarse de energías que provienen de recursos naturales, son tan intermitentes como impredecibles). La idea es conseguir almacenarlas en baterías de flujo redox que, no solo son baratas y recargables, sino que tienen más capacidad de almacenamiento (como si usaras un móvil de 400 GB en lugar de uno de 16 GB). Así, podríamos usar las energías renovables mejor y más tiempo y, de paso, contaminar menos el planeta. Como decía Bob Dylan, la respuesta está flotando en el viento… pero ahora podremos atraparla.

 

 

La otra oreja de Van Gogh

De haber vivido en el siglo xxi, quizás Van Gogh hubiera podido recuperar la famosa oreja perdida en un rifirrafe con su colega de profesión Paul Gauguin. A través de las posibilidades que ofrecen la impresión en 3D y la ingeniería de tejidos, la doctora Mercedes Balcells Camps y el doctor Santi Nonell se proponen diseñar nuevos procesos que permitan construir un cartílago auricular elástico a partir de las células del paciente. Con este nuevo enfoque, el Proyecto Oído busca ofrecer a las personas con microtia —una enfermedad hereditaria en la que el pabellón auricular no se desarrolla correctamente y por la que 9 de cada 10 afectados acaban perdiendo la capacidad auditiva— una alternativa a los tratamientos ya existentes, muy invasivos para el paciente. Porque nadie debería vivir sin poder escuchar su canción favorita. Aunque no sea esta ni esta.

 

 

Un mundo no tan feliz

Te pillas por internet unas Nike, y tu Facebook se llena de anuncios de zapatos. Netflix, que es así de majo, te recomienda pelis que se parecen a las que ya has visto. Y, si no entras en Twitter en toda una tarde, no te preocupes: la app se encargará de mostrarte los tuits que te hayas perdido y que fijo te harán gracia. ¿Por qué tomar decisiones, si un algoritmo lo puede hacer por ti a través del big data? El activista Eli Paiser ya advirtió de las posibles y desastrosas consecuencias de ver en internet solo las cosas que nos gustan. Un panorama cada vez más cerca de Un mundo feliz y de esa sociedad sometida por la ciencia a la satisfacción plena imaginada por Aldous Huxley. Pero Antonio Fernández e Iyad Rahwan, investigadores en el IMDEA Network Institute de Madrid, tienen una idea para hacer frente a la situación. Desde MyBubble crearán una serie de bots o personajes a los que asignarán una personalidad digital específica (por ejemplo, ser un comprador compulsivo de zapatillas) para lograr descubrir y predecir el comportamiento de todos esos algoritmos, tan rentables para las grandes compañías como privados.

 

 

Datos contra el cáncer

“Todo lo que digas podrá ser usado en tu contra”. Y todos tus datos, también, sí. Pero el big data no es más que eso: un montón de datos. Y los datos no tienen conciencia, no toman decisiones. Son una simple herramienta que nosotros podemos —y debemos— decidir cómo utilizar. Así lo prueba Smufin, un algoritmo diseñado en el Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona para detectar mejor y más rápido las mutaciones que provocan cáncer. Para conseguirlo, el algoritmo analiza y compara los datos genéticos de una muestra sana con los de una muestra tumoral del mismo paciente. Y eso implica analizar una cantidad de datos titánica, pero tranquilo, que el algoritmo logra cumplir su objetivo en lo que dura más o menos una jornada laboral gracias a 16 máquinas de procesamiento. Ahora el siguiente reto es acelerar todavía más el proceso usando menos máquinas, más baratas y que consuman menos energía.