Hay joyas que están malditas. Joyas con ladrones. Joyas que son el reflejo de civilizaciones enteras. Y joyas que crean mitos. De peripecias con las joyas tienes para pasar toda la tarde. Liz Taylor casi deja que su caniche acabe con una de las perlas más buscadas de la historia y, en el rodaje de El Gran Gatsby, la actriz Carey Mulligan rompió una pulsera que tenía ¡su propio guardaespaldas! Las joyas siempre han sido un objeto de deseo y algunas personas incluso atribuyen a las gemas y minerales propiedades mágicas: sodalita para aumentar la intuición, fluorita para purificar, malaquita para sanar y transformarse… En el caso de Anna Asnà, las piedras de sus collares, pulseras y anillos artesanales le trajeron una transformación real: una nueva vida profesional compatible con la fibromialgia.

Anna era una profe de gimnasia y baile de Lleida algo hiperactiva, aficionada a la decoración de interiores, hasta que una fibromialgia y otras complicaciones le hicieron abandonar su ajetreada vida laboral con un 68 % de invalidez. “Una trabajadora social me dijo que visitara la entidad ASPID y desde ahí me derivaron al Punto de Autoempleo Incorpora porque los dolores no me dejaban cumplir un horario regular”, explica. “Me convencieron con mucho tacto de que la solución pasaba por tener mis propios horarios.”

 

 

Y empezó la reinvención. “En seguida se me ocurrió lo de crear joyas desde casa —ya había diseñado alguna y las gemas me apasionan— y me presenté con varias piezas hechas”, recuerda. Allí la técnica del Punto de Autoempleo Incorpora, Thais, ayudó a Anna con los presupuestos, el plan de empresa y la asesoría general. “Bueno, ¡me ayudó y me sigue ayudando! Es mi coach. Cada vez que quiero llevar el negocio un paso más allá, voy a verla. Me siento muy apoyada en todo momento”, asegura. Aunque para apoyo incondicional, el de su marido, Xavi, apasionado de las antigüedades y responsable de tareas como el recuento de ventas, el control de costes, la compra de material y hasta la elaboración de los cierres y otras piezas que a ella le cuesta más manipular.

Malaquita, ágata, cuarzo, jaspe, ónix, lapislázuli… En su marca Xanna, Anna solo utiliza minerales puros, piedras preciosas o semipreciosas, conseguidas tras una búsqueda muy selectiva por todo el mundo. Las entrepiezas son de metal hipoalergénico, aunque pueden ser de oro o plata si el cliente lo pide; las cuentas están cuidadosamente colocadas por tonalidad y cada una de las joyas es una creación única. De hecho, Anna trabaja mucho por encargo: “Necesito saber cómo es la persona que la va a llevar, qué le gusta, qué energía tiene… y yo lo traduzco en una joya personalizada.” Además, carga las piedras al sol y el envío se realiza en una bolsa de organza blanca con el perfume de la creadora. “Ahora queremos incluir también la historia de cada pieza”, cuenta Anna, que nunca para de pensar en el próximo reto.

Actualmente Xanna tiene clientes y fans en Estados Unidos, Francia, Holanda, Canadá… y el boca a boca ha conseguido que la marca empiece a ser conocida. Pero su objetivo no cambia: “Que la gente sienta que lleva algo exclusivo y que le guste tanto como a mí”. Quizá por todo ese entusiasmo y positividad, la historia de Anna es hoy un claro ejemplo de que, como ella cree ciegamente, con ganas siempre se puede ir adelante.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía:
Laia Sabaté