En las visiones apocalípticas de 2001: Una Odisea en el espacio, Terminator o la más reciente Ex Machina. En las versiones más utópicas de Her y Wall-E o hasta en la sesentera serie de animación The Jetsons. En los libros de Isaac Asimov, de Philip K. Dick o del más cercano Manuel de Pedrolo. En los discos de Daft Punk y Kraftwerk, de Hidrogenesse y de Aviador Dro. En la ficción, estamos rodeados por robots de todo tipo. En la realidad también, pero son algo más sencillos y, todo hay que decirlo, más útiles.

El imaginario popular está repleto de icónicas historias sobre la inteligencia artificial (IA). Pueden ser máquinas asesinas, robots de servicio o hasta una asamblea vecinal presidida por un androide. Pero lo cierto es que las aplicaciones reales de la IA distan bastante de todas estas ficciones. “Hay muchas que utilizamos en nuestro día a día casi sin saberlo, como la recomendación de productos personalizada o los filtros de spam”, señala Víctor Campos, uno de los seleccionados por el Programa Internacional de Becas de Doctorado de ”la Caixa” – Severo Ochoa para cursar el doctorado en el prestigioso Barcelona Supercomputing Center (BSC).

Además, el aprendizaje automático de ordenadores —que consiste en entrenar un algoritmo, mostrándole muchos ejemplos hasta que sea capaz de extraer un patrón— puede llegar a tener aplicaciones con enormes beneficios para la sociedad. Y no estamos hablando de los típicos camareros-robot de las películas, sino de máquinas entrenadas para encontrar a niños perdidos o delincuentes fugados a través de imágenes de cámaras de seguridad, como indica Víctor, o capaces de ofrecer medicina personalizada para cualquier tratamiento. Míriam Bellver, también doctoranda en el BSC, opina que esta es “una utopía cada vez más real. La inteligencia artificial ya se viene utilizando desde hace tiempo en aplicaciones médicas para detectar tumores o crear modelos 3D de estructuras anatómicas”.

 

 

“Dada la velocidad a la que aumenta la capacidad de cálculo de nuestras máquinas y que cada día sabemos más sobre cómo funciona el cerebro”, explica Víctor, “es posible que en el futuro podamos replicar el cerebro humano en una máquina. Esto ayudaría, por ejemplo, al desarrollo de mejores medicamentos sin necesidad de probarlos en pacientes reales”. Pero es verdad que películas como Her y los romances con androides nos quedan muy lejos todavía. “He trabajado en reconocimiento de emociones en imágenes y uno de los mayores problemas de los actuales algoritmos es que necesitan lo que se conoce como ground truth: dada una imagen, has de proveerle el resultado que esperas obtener, y las emociones… son imprevisibles”.

Sobre el debate abierto por científicos como Stephen Hawking o Elon Musk en su carta abierta acerca de los peligros de aplicar la IA al ámbito militar, Míriam opina que “los que nos dedicamos a la inteligencia artificial lo hacemos porque creemos en lo que se ha venido llamando en estos debates ‘AI for good’utilizar la inteligencia artificial para generar valor y ayudar en infinidad de campos donde puede ser útil. Una máquina por sí sola será tan inteligente como nosotros queramos y seamos capaces de enseñarle”. Frente a la pregunta de hacia dónde nos llevarán las máquinas, quizás deberíamos preguntarnos hacia dónde queremos ir con ellas.

 

Fotografía: Laia Sabaté