La sociedad no puede vivir sin ciencia, sin investigación. Es un poco el Sr. Lobo de nuestras vidas: nuestro solucionador de problemas. Pero cada vez se hace más patente que la ciencia tampoco puede vivir sin los ciudadanos, sin la información a gran escala que estos pueden aportar. Charlamos con Frederic Bartumeus, investigador de ICREA y director de Mosquito Alert, un proyecto coordinado por el CREAF y el CEAB-CSIC apoyado por la Obra Social ”la Caixa”, en el que científicos, instituciones y ciudadanos hacen piña para controlar la presencia y expansión de los mosquitos transmisores de enfermedades globales.

 

¿Por qué nos deberían preocupar el mosquito tigre y el mosquito de la fiebre amarilla?
Porque son mosquitos transmisores de enfermedades infecciosas (como el dengue, la fiebre amarilla, el chikunguña o el zika) que ya se habían erradicado o que no existían en Europa. Estos mosquitos se han adaptado muy rápido al medio urbano. Si en la jungla tropical depositan los huevos en los agujeritos de los árboles y pican a primates arborícolas, aquí lo hacen en cualquier lugar donde haya un poco de agua estancada, desde macetas hasta alcantarillados, y nos pican a nosotros.

¿Y qué es Mosquito Alert?
Lo que intentamos es generar una nueva herramienta para poder estudiar y controlar las poblaciones de estos mosquitos y estas enfermedades. Esto se hace principalmente a través de una app de código abierto en la que los ciudadanos nos envían fotos de los mosquitos o de sus puntos de cría. Las fotos son validadas por entomólogos, y la información se sube a un mapa interactivo público en tiempo real. Los ciudadanos se pueden bajar los datos, hacerlos suyos y usarlos para lo que quieran. Es un poco la manera de devolverles el esfuerzo.

¿Cuál sería el método científico tradicional para detectar mosquitos tigre?
Se llama trampeo y consiste en simular un punto de cría, pero con agua tratada para que los huevos no se hagan adultos. El problema es que en un territorio muy grande es complicado ver todo el proceso de invasión solo con este método, porque se necesitan muchas trampas y muchas personas para monitorizarlas. En cambio, la participación ciudadana nos permite tomar muestras a mayor escala y cubriendo el territorio de forma más homogénea.

Uno podría pensar que los datos aportados por un ciudadano no pueden ser igual de fiables…
Sin entrar en detalles, publicamos en Nature Communications un estudio en el que comparábamos la calidad de ambos sistemas —el tradicional y el de participación ciudadana— y vimos que eran equivalentes: ambos tienen una capacidad de predicción del 80 %.

Cuando empezamos, todo el mundo pensaba que estábamos locos. Nos decían que si la gente no estaba preparada ni para distinguir una araña de un mosquito cómo iban a diferenciar a un mosquito tigre. Pero nosotros confiamos en que, si éramos capaces de explicarles bien lo que necesitábamos, ellos responderían. Ahora el sistema funciona porque los ciudadanos se han tomado el proyecto en serio. Todo el sistema depende del uso que ellos hagan de él. Podrían usarlo de forma irresponsable, enviando fotos de cualquier cosa, y no lo hacen. Mi sensación es que cuanto más informemos a la población y valoremos el esfuerzo que hacen, más los tendremos de nuestro lado y más sentirán que el proyecto también es suyo.

 

 

Y al recibir feedback de los expertos, la gente va aprendiendo a identificar cada vez mejor los ejemplares.
Exacto. Por eso también funciona muy bien como sistema de alerta precoz. Gracias a los ciudadanos hemos descubierto que hay mosquitos tigre en zonas que no habíamos ni imaginado y donde no se estaban poniendo trampas, como en Andalucía o Aragón.

¿Puede Mosquito Alert favorecer la comprensión mutua entre ciencia y sociedad?
Como pasa con todos los proyectos de participación ciudadana, lo interesante es ver que la barrera entre ciencia y sociedad se puede romper. Y es una barrera principalmente temporal. Porque la ciencia es lenta, y así debe ser porque es un proceso metodológico y riguroso. Pero las nuevas tecnologías nos permiten aprovechar la velocidad de la sociedad y dar un retorno a los ciudadanos más fácilmente. Primero, porque podemos comunicarnos con ellos y explicarles lo que queremos y lo que estamos haciendo con los datos. Pero, también, porque nos permite que los agentes competentes en el control de estas poblaciones puedan gestionar estos datos en tiempo real. Ahora, por ejemplo, estamos trabajando con la Agencia de Salud Pública de Barcelona, aportándoles datos sobre las poblaciones de mosquitos a tiempo real para que puedan actuar al momento.

¿A qué retos os enfrentáis con este proyecto?
Nuestro reto real, después de abrir la ciencia a los ciudadanos, es ver hasta qué punto las administraciones públicas son lo suficientemente maduras como para aceptar mapas de riesgo de los mosquitos y sus enfermedades, accesibles a todo el mundo. Luego, hay que ver qué van a hacer los ciudadanos con esta información. Es un proceso de cocreación y comaduración.

Globalmente, ¿por qué está tan en alza últimamente la ciencia ciudadana?
Sobre todo por la revolución tecnológica, que ha hecho posible compartir la ciencia de una manera antes impensable. Además, las nuevas generaciones están muy acostumbradas a manejar mucha información, no siempre útil o ni siquiera veraz. La ciencia ciudadana puede luchar contra la posverdad y las noticias falsas, promoviendo la generación de contenido útil y veraz y ayudando a los ciudadanos a distinguir qué información tiene calidad científica suficiente y qué no. La creciente capacidad que ofrecen las nuevas tecnologías para transmitir información es una tendencia que la ciencia no puede obviar y a la que tiene que abrirse.

¿Y cómo estamos en España?
Estamos empezando, pero es un buen momento. Hay posibilidades de financiación por parte del Ministerio de Economía y Competitividad y la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, han empezado a florecer oficinas de ciencia ciudadana y también hay entidades, como la Obra Social ”la Caixa”, que apuestan por la investigación innovadora, responsable y abierta. Para nosotros esta financiación ha sido fundamental para poder estabilizar el proyecto a medio plazo y formar a un buen equipo interdisciplinar.

¿Qué impacto tendrá la ciencia ciudadana en la sociedad?
El impacto real está por ver. Habría que sumar unos diez años, valorar si realmente la sociedad ha madurado y si utiliza las nuevas tecnologías para buenos fines. Pero ya de entrada yo creo que lo bonito es ir mostrando que la ciencia está viva y es parte de la cultura, que no es algo que los ciudadanos encuentren exclusivamente en los museos, sino que es algo que funciona a diario y en lo que ellos también pueden participar.