Las disciplinas STEM aspiran a construir un mundo mejor, pero sobre una clara desigualdad: muy pocas mujeres estudian o trabajan en estos campos. El proyecto europeo Hypatia busca cambiar esta situación educando a la sociedad contra los estereotipos de género, animando a las más jóvenes para que sepan que la ciencia es tanto cosa de chicos como de chicas. En el Día Internacional de la Niña, apostamos porque las chicas tengan un papel activo en la revolución tecnológica.

En una sociedad cada vez más digital, las profesiones relacionadas con las disciplinas STEM (las siglas en inglés para ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) están en su mejor momento. Bien remuneradas, muy demandadas y fundamentadas sobre algo tan atractivo como construir el futuro, ¿quién no querría estudiarlas? Pues, a primera vista, parece ser que las mujeres. Según los últimos datos publicados por el Ministerio de Educación, en una clase de Ingeniería apenas hay una chica por cada cuatro chavales. Y si nos fijamos en las ingenierías informáticas, la cifra se reduce a una de cada diez alumnos. Pero decir que si no hay mujeres que quieran estudiar estas carreras es sencillamente porque no les interesa es simplificar el problema hasta la falacia. Y si no reconocemos un problema como tal, ¿cómo vamos a solucionarlo?

 

 

Comprender el origen de esta desigualdad y fomentar la diversidad tecnológica es el principal objetivo del proyecto Hypatia, que cuenta con el apoyo de catorce países europeos y con el de la Obra Social ”la Caixa” en España. Así, museos, centros de investigación, profesionales de este campo y adolescentes se han unido para impulsar actividades que despierten el interés de las más jóvenes por las disciplinas STEM. Además, desde su web se difunden gran cantidad de artículos para entender el porqué de esta desigualdad. Por si quedase algún incrédulo: no se trata de diferencia de capacidades, sino de falta de modelos a seguir, de apoyo en la escuela o de seguir creyendo el estereotipo aún vigente de que la ciencia es algo frío y racional, y las mujeres somos poco más que emociones.

Lo que Simone de Beauvoir escribía en 1949 para las disciplinas filosóficas y artísticas sigue tristemente vigente en el 2017 para las tecnológicas: “Ser mujer es, si no una tara, al menos una singularidad. La mujer debe conquistar incesantemente una confianza que no se le concede de entrada: en principio es sospechosa, tiene que demostrar su valía. Si tiene valor, lo logrará, se afirma. Sin embargo, el valor no es una esencia dada: es la culminación de un desarrollo afortunado.” Y un desarrollo afortunado no puede sino comprender también una educación diversa e inclusiva, una educación que ofrezca una imagen de la ciencia como lo que es: una disciplina sin género.

 

Texto: Patrizia Di Filippo