Publicó una veintena de libros y fue una pieza clave de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Sin embargo, a María Teresa León se la recuerda por haber sido la mujer de Rafael Alberti. En sus propias palabras, “Yo soy la cola del cometa. Él va delante”. La historia está llena de mujeres brillantes relegadas a un segundo plano. Ahora, el ciclo de conferencias Ni ellas musas, ni ellos genios, organizado por la asociación Clásicas y Modernas en CaixaForum Madrid, reflexionará sobre las relaciones entre creación e igualdad de género a través de la historia de ocho célebres parejas artísticas en las que ellas también fueron “genias”.

En esta vida, dos son los únicos culpables de absolutamente todo. Uno es el chachachá. Y el otro (más bien, la otra), Yoko Ono. Y es que, para los fans de los Beatles, fue mucho más fácil colgarle el sambenito a la artista japonesa y culparla de haber abducido a John Lennon y haberle metido movidas raras en la cabeza, que admitir que los fab four quizás ya no eran tan fab y que Lennon encontró en ella una compañera con la que explorar nuevos caminos. Por si esto no fuera suficiente, también se la ha acusado de aprovecharse del éxito y el dinero del hombre que fue “más popular que Jesucristo”.

 

 

De nada sirve saber que Yoko Ono es de familia aristocrática y dinero precisamente no le falta ni le faltó nunca. Ni que cuando conoció a John Lennon ella era ya una artista consagrada (de hecho, se conocieron en una exposición de ella), que fue una de las pioneras del arte conceptual (inolvidable es su performance Cut Piece), que colaboró con John Cage o Jonas Mekas, que fue la primera mujer en ser admitida en la carrera de Filosofía de la prestigiosa universidad japonesa de Gakushūin y que Imagine está basada en un poema suyo.

Sin embargo, quizás casi sea mejor ser recordada por ser la mala de la película que directamente no ser recordada en absoluto, como es el caso de Alma Reville. Fue a quien se le ocurrió que la famosa escena de la ducha de Psicosis funcionaría mejor con música. Aunque ahora sea imposible imaginar a Janet Leigh gritando en completo silencio, al marido de Reville,  Alfred Hitchcock, ni se le había ocurrido. Experimentada montadora y guionista, Hitchcock siempre confió en su criterio y le dio la última palabra en muchas decisiones, aunque ella aparezca en pocos créditos. Pero, como María Teresa León, dicen que ella fue feliz siendo la cola del cometa.

Cuando una mujer se queda en la sombra, ¿se trata de voluntad o de resignación? ¿Es falta de talento o falta de reconocimiento? No son preguntas fáciles de responder. Pero no deja de ser curioso que incluso a Simone de Beauvoir, que si algo hizo fue crear y escribir, se la llame “musa” del feminismo. Es tan absurdo como si a alguien se le ocurriera decir que André Breton fue la musa del surrealismo, en lugar de uno de sus genios y pioneros.

 

Texto: Elena Villena