Cuando murió Pier Paolo Pasolini, el escritor Alberto Moravia dijo una de esas cosas que nunca habría que olvidar: “Hemos perdido ante todo un poeta. Y no hay tantos poetas en el mundo. Nacen apenas tres o cuatro por siglo”. El físico Jorge Wagensberg falleció el pasado sábado. Con él también hemos perdido un poeta, aunque nunca escribiera ni una sola línea de poesía.

Jorge Wagensberg fue doctor en Física y profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles (que, aunque suene a disco de Los Planetas, es uno de los pilares de la termodinámica). En 1991 aceptó la dirección del Museo de la Ciencia de Barcelona y, bajo el ideal de que a la ciencia y al conocimiento se llega mediante la curiosidad, lo convirtió en ese lugar apasionante que ahora llamamos CosmoCaixa.

A primera vista, nada más lejos de Wagensberg que la literatura. Pero su manera de mirar al mundo, de entenderlo como una enorme partida de ajedrez —tanto por el juego como por ser un lugar en el que escuchar y observar al otro— era la propia de un poeta. Por eso no es de extrañar que siempre defendiera las conexiones entre ciencia y filosofía.

 

 

Era un hombre que creía que ya tenemos todas las respuestas y que lo que nos falta son preguntas. También creía que la duda es lo único en lo que debemos tener fe. “En ciencia, todo lo que vemos, miramos, observamos y experimentamos son respuestas, respuestas dadas por la realidad. La naturaleza responde, el investigador pregunta”, escribía en su libro El gozo intelectual.

Además, defendía que la conversación es ese punto donde todo conocimiento debería empezar y acabar. De hecho, la consideraba la única asignatura sensata en los primeros años de colegio. Según él, la ciencia experimental era, si no más, una vía para dialogar con la naturaleza. Y ciencia y diálogo fueron precisamente las bases sobre las que fundó CosmoCaixa, un espacio en el que conviven desde un trozo de selva amazónica hasta juegos de luces y objetos que hacen de la física una asignatura palpable. Un museo construido sobre la idea de que lo que empuja a un científico a investigar es lo mismo que acerca a las personas a los museos de ciencia: las ganas de hablar con lo que nos rodea. Y con esta idea, Wagensberg revolucionó la museología científica, o como él la llamaba: la museología total.

Jorge Wagensberg ya no está. Y la muerte es algo que le pasa a todo el mundo, antes o después. “La más sorprendente de todas las noticias previsibles”, como él mismo expresa en uno de sus conocidos aforismos. Pero —y esto ya no ocurre tan a menudo—, gracias a la labor que hizo en CosmoCaixa, su legado, su conversación no acaba aquí. Cada vez que crucemos la entrada del museo podremos seguir recorriendo y explorando lo que había en la cabeza de un hombre tan singular. Podremos seguir haciendo honor a su idea de que el conocimiento, como la alegría, solo es real si es compartido.

 

Fotografía: Bego Antón