Decía Miguel de Unamuno que “solo el que espera vive” y Albert Camus, que “un hombre sin esperanza ha dejado de pertenecer al futuro”. Está claro que tener esperanza nos ayuda como individuos, pero, desde la Fundación de la Esperanza, donde cada día trabajan para contrarrestar los efectos de la pobreza en pleno corazón de Barcelona, nos llega otra valiosa lección: ¡podemos contagiar nuestra esperanza a los demás! De hecho, la historia que os vamos a contar a continuación es un ejemplo de entereza, fortaleza y superación: de cómo una familia que huye de un país y se refugia en otro consigue salir adelante a pesar de las dificultades… y de una pandemia por en medio. Os presentamos a Salomé, Giorgi y la pequeña Nia. Y con ellos, su esperanzadora historia.

Llegaron a España “huyendo de un problema muy grave” en Georgia. Tan grave, que pasar a ser inmigrantes pobres en otro país era su mejor opción. Tan doloroso, que no quieren ni recordarlo. Lo que sí tienen claro es que Barcelona les pareció un sitio lleno de oportunidades; sin embargo, nada más aterrizar, se toparon con unos alquileres que no podían pagar y con el problema de no poder trabajar hasta que se cumplieran los seis meses de residencia para obtener el permiso. “Al principio fue muy difícil”, reconoce Salomé, “sobre todo porque con una niña pequeña nadie te quiere alquilar una habitación, y si lo hacen nunca es por menos de 500 euros, lo que para nosotros es una fortuna”, se lamenta esta madre de 27 años.

 

Ilustración de un hombre subiendo en una escalera al cielo

 

Un día, mientras hacía cola en el banco de alimentos de Ciutat Vella, alguien le habló de la Fundación de la Esperanza. Salomé preguntó en seguida a su asistenta social, quien, gracias al trabajo en red que funciona desde hace años entre todas las entidades, la derivó allí a los pocos días. Y allí se topó con Ofelia, técnica de atención social de la Fundación de la Esperanza, que les escuchó con atención y les planteó un plan de trabajo que pudiera dar soluciones a su situación. “Llegaron en una situación de bastante vulnerabilidad; necesitaban vivienda, trabajo y apoyo hasta que consiguieran regularizar su situación”, recuerda. “Lo primero que hicimos fue reforzar su castellano con clases en una entidad del barrio y vincular a Salomé y a Nia al programa maternoinfantil de la Fundación. Y cuando, a pesar de los trabajos —siempre informales y esporádicos— de limpieza para Salomé y en la construcción para Giorgi, no podían pagar el alquiler de su pequeño cuarto, les ayudaban los servicios sociales del Ayuntamiento”.

Así fueron trampeando hasta que a Salomé, por fin, le concedieron el permiso de trabajo. Y, gracias al servicio de inserción laboral de la Fundación y al programa Incorpora, en marzo del 2020 consiguió una oportunidad en la lavandería de una residencia de ancianos. Una oportunidad que, desgraciadamente, se vio truncada solo un mes después por la COVID-19. Y otra vez, su situación retrocedía: sin trabajo, con los bancos de alimentos cerrados por el confinamiento y compartiendo piso con otra familia. “En los primeros días de confinamiento, esos eran los problemas más frecuentes de las familias vulnerables que acudían a nosotros: la falta de alimentos (solo en las primeras semanas, concedimos ayudas para alimentación a 200 familias) y los problemas para pagar la habitación o la vivienda cuando no tenían ninguna prestación”, explica Ofelia. “¡Imagina lo que ha sido el encierro para las familias que vivían en un cuarto sin ventana, o para las que solo comparten espacio con otras por un tema económico, sin tener ninguna afinidad!”, reflexiona.

Gracias al programa CaixaProinfancia, pudieron recibir una ayuda extraordinaria de 300 euros para comida. Aunque lo que más ha valorado Salomé todo este tiempo ha sido “sentirnos acompañados, saber que hay personas a las que les importan nuestros problemas. Eso ha sido muy importante para mí y para mi familia”.

Por fin, el pasado 22 de mayo, la pareja recibía buenas noticias: la Fundación de la Esperanza derivó a Giorgi, de 28 años, una oferta de trabajo procedente de Incorpora en el sector de la construcción, con un salario de 1.500 euros brutos. Y, por primera vez, ¡con contrato! “Hacía dos años que no recibíamos una noticia tan buena”, asegura Salomé. “El trabajo es bastante duro, pero le gusta y está contento. Ojalá yo también encuentre uno por la mañana, para poder ir cuando Nia esté en la guardería”, desea. Mientras tanto, ya piensa en qué harán con el primer sueldo que están a punto de cobrar: “¡Comprar ropa de verano para los tres, que no tenemos!”. Y cómo le gustaría vivir si todo siguiera por buen camino: “No pido mucho. Salud y poder vivir en un piso no compartido”.

“Tienen un presente duro, pero un futuro esperanzador. Giorgi y Salomé son un gran equipo, se apoyan uno en el otro a pesar de las graves dificultades que han afrontado. Son jóvenes, han aprendido rápidamente la lengua, se adaptan a cualquier trabajo duro, buscan una buena educación para su hija, han realizado cursos de formación profesional y ahora Salomé está apuntada a un curso de camarera de piso… Yo les digo que tienen competencias y habilidades para salir adelante, y no tengo duda de que acabarán siendo una familia totalmente autónoma”, sentencia la técnica que les abrió las puertas hace ahora un año y que dice sentirse una privilegiada por conocer y acompañar a tantas personas distintas.

Esta mañana después de desayunar, Salomé y Nia han podido salir, por fin, gracias al cambio de fase y al fin de las restricciones, a hacer juntas algo que les encanta: jugar en el parque. Por la noche, Giorgi volverá a casa para cenar con ellas. Y mañana, seguramente, la vida les acercará otro poco a una vida más feliz.

 

Ilustración: Gastón Mendienta