Día tras día nos cruzamos con cientos de personas. En el metro, bajando a por pan o de camino al curro. Altos y bajos. Viejos y jóvenes. En chándal o con tacones. Todos muy diferentes (algunos casi exóticos) y, sin embargo, en esencia muy parecidos a nosotros. ¿Cuántos de ellos podrían terminar siendo nuestros amigos si nos parásemos a charlar? Te sorprenderías. De hecho, lo que diferencia un encuentro casual de una amistad es, principalmente, una cuestión de tiempo. De compartir ratos juntos. Pequeños momentos: una peli en el sofá o una conversación de bar de esas que aspiran a solucionar todos los problemas del mundo. ¿Y si, por cosas de la vida, acabásemos pasando unas horas cada semana con la persona menos pensada?

Inés tiene 82 años. Nació en Jaén y de adolescente llegó a Terrassa con sus hermanas y su madre. Miguel Ángel tiene unos cuantos menos. También nació en Andalucía, pero él, en cambio, se mudó cuando tenía apenas dos años. A primera vista no tienen mucho en común, pero hacen algo que solo saben hacer los amigos: acabar uno las frases del otro con complicidad cuando cuentan una historia. Se conocieron en noviembre, cuando Inés entró en el programa Siempre acompañados de la Obra Social ”la Caixa” y la Cruz Roja, del que Miguel Ángel es voluntario.

 

 

En nuestra sociedad cada vez hay más gente mayor que vive sola; en España, casi dos millones de personas. Somos seres sociales por naturaleza, pero es que, además, la soledad también afecta la salud: aumenta los niveles de estrés y, en consecuencia, los riesgos de sufrir un paro cardíaco, artritis o diabetes. De hecho, en el Reino Unido ya le han dado categoría de asunto de Estado: el mes pasado, la primera ministra británica puso en marcha el Ministerio de la Soledad que, aunque suene a gag de Monty Phyton, es en realidad un tema muy serio. ¡Pero es increíble lo que un par de horas de compañía a la semana pueden hacer por alguien!

“Mi historia favorita de Inés”, cuenta Miguel Ángel “es la de cuando con 15 años se fue sola a una casa en medio del bosque a dar clase a los hijos de unos guardias forestales”. “Un día al acabar las clases me fui a pasear”, prosigue Inés, “y vi a un hombre tirando de un burro, con un bulto detrás: eran mi madre y mi hermana, ¡que habían venido a darme una sorpresa! Nunca he llorado tanto de alegría”, sentencia ella, mientras Miguel Ángel sonríe de oreja a oreja. Y es que, en una amistad, no necesitas haber vivido tú una historia para sentirla como tuya.

Así, una vez por semana, Inés y Miguel Ángel desayunan juntos, comentan las noticias, hacen fotos con la tablet de ella y, lo más importante, se cuidan. Uno a otro. Porque cuidar de alguien puede ser hacerle compañía, pero también prepararle algo de desayuno cada vez que viene a tu casa a verte, o escuchar y ser escuchado. Y eso no tiene edad.