Para quienes han pasado por un centro penitenciario, tener un empleo es un paso fundamental para su reinserción en la sociedad: te proporciona autonomía, confianza e igualdad de condiciones. Pero no es el único. Y es que la vida, por suerte, no transcurre solo entre las cuatro paredes de una oficina, en el patio trasero de una fábrica o tras la barra de un bar. La sociedad también la hacen los ratos compartidos charlando de todo un poco, jugando a las cartas, ayudando a un amigo o hasta a un desconocido. El taller que varios internos del CIS José Hierro de Santander y una decena de personas en situación de desempleo impartieron a las personas mayores del centro de día Luz de Luna fue un ejemplo de que, en el camino de la reinserción, los vínculos humanos son tan valiosos como los laborales.

Organizada por la Asociación Nueva Vida dentro del itinerario del programa Reincorpora de ”la Caixa” y bautizada como “Sentidos a flor de piel”, la actividad de servicio a la comunidad del pasado miércoles tenía un doble objetivo. Primero, estimular sensorialmente a personas mayores a través de juegos en los que tenían que emparejar refranes, moldear macetas y formas con barro, y adivinar olores de especias y texturas de objetos. Segundo, poner en práctica conocimientos y valores desarrollados por los internos durante el itinerario de Reincorpora, que entiende el desarrollo social como parte indivisible y necesaria del laboral.

 

 

El día tuvo un comienzo un poco tibio: los mayores estaban absortos en sus pinturas y se mostraban un poco reacios, como es común, a los cambios en su rutina. Pero de eso iba, al final, el taller: de conseguir establecer vínculos sociales allá donde a veces faltan. ¡Y vaya si se consiguió! Al poco rato de charla y juego, Enrique se descubrió como el rey de los refranes: se los sabía todos. Por su parte, Isabel y Néstor, uno de los internos, se coronaron como los alfareros estrella de la jornada: de un cacho de barro, consiguieron sacar una taza, un platito y hasta una cucharita de café. Pepe, en cambio, se ganó el apodo de “el Pirata” por su desparpajo. El alboroto que ya a media mañana había en la sala, entre risas y charlas, fue la mejor prueba de que todo el mundo se lo estaba pasando genial.

A la actividad se apuntaron también usuarios del programa Incorpora de ”la Caixa” que actualmente se están formando en un curso de hostelería impartido por la Asociación Nueva Vida. “La empatía es un rasgo bastante importante en un trabajo como el de camarero. Iniciar una conversación con una persona mayor que no conoces y con quien, en principio, no tienes nada en común es un ejercicio muy valioso para entrenarse a trabajar de cara al público”, afirma José, uno de los participantes.

Mientras tanto, seguía la fiesta en la sala del centro de día. Sami —que justo tenía una entrevista de trabajo después de la actividad— enseñó a Antonio, Pepi y José Antonio a hacer piruletas en forma de corazón con un poco de barro y unos bastoncillos. En la mesa contigua, Julia y José Luis jugaban a adivinar a qué olían los botecitos de especias que les iba pasando Soraya. Lo importante no era acertar, sino la animada charla sobre sus comidas favoritas y su infancia a la que dio pie la actividad. ¡Ya decía Marcel Proust que nada como un aroma para despertar la memoria!

“Pasar por un centro penitenciario te estigmatiza y te hace pensar que no tienes nada que ofrecer a los demás”, señaló Borja Revuelta, técnico de Reincorpora. “Es por ello que, en esta fase de retorno a la sociedad ordinaria, verse a uno mismo haciendo algo bueno por los demás tiene un efecto muy positivo. Se trata de darse cuenta de que tú también puedes hacer pasar un buen rato a alguien y tienes algo positivo que aportar a la comunidad”.

“¡Valen más estos ratos que nada!”, exclamó de repente Enrique, con su gorra color caqui y una sonrisa que le acompañó toda la mañana. En una sociedad que se estructura alrededor del trabajo, las personas mayores, los desempleados y los internos, entre otros colectivos vulnerables, corren el riesgo de quedarse al margen y pensar que la sociedad ya no los necesita. Pero gracias al afecto y a los buenos ratos compartidos, en la salita de aquel centro de día uno podía llegarse a sentir, en cambio, en el centro mismo del universo.

 

Texto: Patri di Filippo
Fotografía: Jone Albéniz