Rompen contra sus teclados tópicos como el de que los jóvenes no leen o no escriben. Dan caña a las redes. Demuestran a quienes desprecian la literatura juvenil que ellas van un paso por delante. Solo hay que ver lo claro que tienen estas chicas de entre 22 y 30 años que la diversidad y el feminismo son indisociables de su escritura, mientras que en la literatura adulta aún quedan páginas con olor a pasado. Charlar con las seis ganadoras del premio de literatura juvenil, que desde el 2013 entregan Plataforma Editorial y la Obra Social ”la Caixa”, es darse un chapuzón de modernidad y compromiso social.

 

Con cada generación que sube, salen adultos diciendo que los jóvenes no leen. Pero ahí seguís las escritoras, lectoras y lectores de novela juvenil.
Clara Cortés: Yo creo que quienes dicen eso no conocen muy bien a los jóvenes de hoy en día.

Mónica Baños: Se adhieren al estereotipo, a veces simplemente porque saben de tres jóvenes a los que no les gusta leer. Es muy fácil ver a tres chavales y decir: “Bah, son todos iguales”.

Laia Soler: Cada uno ve un poco lo que quiere ver. Quizá ves al hijo del vecino volviendo de fiesta y después lo ves leyendo en el jardín, pero te quedas con la imagen de las cuatro de la madrugada, porque es la mirada que te interesa.

Alexandra Roma: Generalizar no es bueno. Hay jóvenes a los que les gusta la fiesta, jóvenes a los que les gusta leer y jóvenes a los que les gusta la fiesta y leer. No es incompatible. Tal vez la gente que piensa que no leemos deberían meterse más en las redes y ver cómo las comunidades lectoras cada vez son más amplias. A lo mejor también es que los jóvenes no leen lo que a muchos adultos les gustaría que leyesen. 

Andrea Tomé: Es cierto que nos pasamos mucho rato delante de la pantalla de un móvil o un ordenador, pero es que con un móvil también puedes leer o ver una película o escuchar música. Puedes consumir e incluso crear muchísimas cosas que no dejan de ser arte. 

Jara Santamaría: Ahora tenemos más formas de consumir historias que antes. Un hilo de Twitter también puede ser literatura. Esto rompe los esquemas de la gente y la lectura más simple es decir: “No les interesa”.

 

 

¿De dónde sacáis el tiempo para escribir?
Laia: Yo justo estoy asimilando que escribir es un trabajo y que tengo que dedicarle siempre unas horas. No tienes jefe y algunos dicen que se escribe cuando vienen las musas, ¡pero no hay musas que valgan!

Clara: Cuando estaba en la carrera —o sea, hace nada— escribía en clase (risas). Tenía media pantalla de apuntes y media de novela. Y luego trasnochaba bastante.

Mónica: Yo igual. En la biblio quedaba con una amiga y fingía que estaba haciendo un trabajo, pero, en verdad, estaba escribiendo una novela. ¡Estuve mucho tiempo así!

Andrea: Yo ahora, como trabajo, me pongo por las noches y no duermo demasiado.

Jara: Yo me he puesto un horario muy disciplinado los fines de semana: me levanto a las 8.30 h y escribo de 9 a 14 h y de 16 a 20 h.

Alexandra: Yo les quito el tiempo a mis amigos, a mi familia… Pero, además de imponerme un horario para escribir, hay tres días en los que me obligo a no escribir, porque también es importante para que no se convierta en una obsesión.

 

¿La responsabilidad de escribir novela para jóvenes os puede llevar a la autocensura porque tiene que ser educativa?
Clara: Hasta el tema más crudo o problemático lo puedes enfocar de una forma u otra. Si hablas de un asesino machista, por ejemplo, lo puedes retratar simplemente o puedes hacer una crítica. Tú puedes ir de A a B por diferentes rutas, nadie controla lo que tienes que escribir antes del proceso de edición.

Andrea: Yo pienso en cómo era yo con 17 años, cuando empecé a escribir, y si abordo un tema que no me habría dado miedo entonces, tampoco tiene por qué dármelo ahora. Se infantiliza mucho a los jóvenes, pero no somos tan distintos a los adultos.

Mónica: Yo sí que hago autocensura. Pero no porque mis lectores sean jóvenes, sino porque me freno si es un tema que no domino lo suficiente.

Laia: Entiendo la diferencia que debe haber entre narradora y autora, pero no voy a dar un mensaje que vaya en contra de mis valores como ser humano, sobre todo algunos inamovibles que no deberían ni siquiera ser objeto de discusión.

Jara: Mis libros expresan mi manera de ver el mundo, que yo creo que es la correcta y, si no lo es, pues me lloverán palos.

Alexandra: Pienso como ellas. Tampoco abordaría un mensaje que no encajara con lo que pienso. Por ejemplo, no crearía a un personaje-novio machista que fuera el objeto de deseo, para que ningún lector pensara que se trata de una relación sana, como a veces ocurre. Si lo creara, ¡a lo mejor al final ella le daría una patada en el culo!

 

¿Y qué necesita una novela juvenil para trascender, para llegar no solo a los jóvenes?
Andrea: Que esté bien escrita. No tiene tanto que ver con el género sino con el autor y su talento.

Mónica: Los Juegos del Hambre estaban dirigidos a adolescentes y mi madre se volvió tan loca leyendo los libros que me los compró ella a mí.

Jara: Yo siempre me acuerdo de Jordi Sierra i Fabra, que decía: “La literatura juvenil es aquella que también pueden leer los jóvenes”. O sea que ya en sí debería ser universal. Un buen libro juvenil lo lee un adulto y flipa.

Laia: Todos hemos sido adolescentes, así que todos podemos conectar con un buen libro juvenil. Algunos aún se están pegando por saber si El guardián entre el centeno es juvenil o no. Tú te los miras desde lejos y dices: “¿Qué más da?”.

Alexandra: También hay un factor suerte, un factor arrastre que lo convierte en viral y que no se puede controlar. Mira lo que pasó con Crepúsculo. Había muchísimos libros de vampiros, pero este tuvo aquella magia, del autor o lo que sea, que lo hizo conectar con mucha gente.

Clara: Sería interesante que los adultos leyeran más este tipo de novelas, porque sería una forma de conocer mejor a los jóvenes, de saber cómo se vive hoy en día.

Alexandra: Cuando hablamos de ansiedad, por ejemplo, la literatura juvenil está llena de testimonios. Leyendo más testimonios en los libros o en las redes, los adultos podrían saber mejor lo que necesita su hijo o su sobrino y tratar estos temas desde un enfoque distinto, quizá más adecuado.

 

Texto: Germán Aranda
Fotografía: Rita Puig-Serra