Los océanos siguen siendo unos grandes desconocidos en pleno siglo xxi. Solo conocemos un 5 % de lo que hay en el fondo del mar, aunque lo que ocurre ahí abajo es fundamental para la vida en la Tierra: crean el 70 % del aire que respiramos, en ellos vive el 80 % de las criaturas del planeta, y acumulan y distribuyen el calor que nos llega del sol por todo el globo. Si hay alguien que conoce bien los secretos de las profundidades, es Sergio Rossi. Este guerrero de los océanos, doctor en Biología y Ecología Marina, lleva más de 25 años investigando su estado de salud. Por eso, ha sido el protagonista de una charla dentro de CosmoACCIÓN, un proyecto de ”la Caixa” en el que colabora la Fundación Fórum Ambiental, centrado, en esta tercera edición, en tratar los Objetivos de Desarrollo Sostenible 6 y 14: el agua y los océanos. “No, el mar no se muere”, avanza. “Pero su estado de salud es deplorable”.

A Sergio Rossi, de pequeñito, le encantaba bucear en Cadaqués. Nadaba por toda la bahía con sus amigos y con su hermano. “Eso ahora es impensable”, dice. “Muchas cosas han cambiado, yo mismo me doy cuenta, y solo tengo 50 años”. De hecho, está elaborando un estudio precisamente sobre cómo ha cambiado la Costa Brava en los últimos 50 años a través del testimonio de personas mayores “que están angustiadas por los cambios de los cuales han sido testigos”.

La Costa Brava, el Mediterráneo, no es el único mar que ha sido objeto de estudio por parte de Sergio Rossi. Este intrépido científico ha explorado los océanos de todo el mundo. Y no tiene ninguna duda: el mar tiene fiebre, hace décadas que nos muestra sus síntomas y esa calentura se está extendiendo por todo el planeta. ¿Por qué? Porque los océanos acumulan el 90-95 % del calor del Sol, y lo distribuyen por todo el globo a través de las corrientes marinas. “Se ha demostrado que la corriente del Golfo, que es la que nos da calor, ha desacelerado entre un 15 y un 20 % en los últimos 30 años. Por lo tanto, esa corriente es cada vez más débil, y genera un impacto en los fenómenos atmosféricos, como huracanes o lluvias torrenciales, y también en el ecosistema de los océanos”.

 

 

El aumento de la temperatura de los océanos tiene varias consecuencias asociadas. La más evidente, y la que más problemas va a causar en un futuro a medio plazo, es el aumento del nivel del mar, fruto del deshielo. Explica Rossi que el océano Glacial Ártico es la región del planeta que más está sufriendo este incremento. Allá, la temperatura ha subido hasta 4 grados de media en los últimos años, y en zonas muy concretas. “En general, el mar ha pasado de subir 0,2 milímetros anuales a 3,6… y se calcula que en breve estaremos hablando de centímetros. ¿Cómo vamos a combatir eso?”, lamenta. Y sigue: “Países como Gran Bretaña ya están tomando medidas, poniendo muros. ¡Pero no puedes poner muros en todas partes!” Además, advierte que países como Bangladés, tendrán inundaciones en el 70 % de su territorio o, sin ir más lejos, también las habrá en Barcelona, Mataró o El Masnou.

¿Y la Antártida? ¿También sufre el continente helado ese aumento de temperatura tan elevado? La respuesta es no… de momento. Rossi ha estado allí tres veces. De hecho, fue uno de los primeros seres humanos en pisar la zona Larson. Su mirada se pierde en la nostalgia unos instantes, pero en seguida vuelve: el caso de la Antártida es diferente porque está protegida de los fenómenos que ocurren en el resto del planeta por una corriente marina fría. No obstante, señala que “hay un gran número de lagos subterráneos que están aumentando de nivel y acelerando el deshielo. No es del todo visible, porque la Antártida está formada por bloques de hielo de 3 km, pero está sucediendo”.

Y suma y sigue: la muerte de los corales, la reducción del número de especies marinas por la sobrepesca, la proliferación de parásitos y enfermedades, nanoplásticos que ya habitan en el interior de microorganismos y cuyo impacto todavía se desconoce… son las señales de socorro que están lanzando el 40 % de los océanos, que tienen un impacto directo en la tierra y, en consecuencia, en el ser humano. Pero no nos estamos dando cuenta. “La mitad de la población mundial vive desconectada de la naturaleza en las grandes ciudades. Dentro de 30 años, serán las tres cuartas partes. No vemos que dependemos de ella, que somos animales. En verdad, la naturaleza es como una madre, pálida y fría, a la que no le importamos nada. Si desapareciéramos, en 3.000 años se restablecería el equilibrio”.

Entonces, ¿hay solución? ¿Está en nuestras manos? La respuesta de Sergio Rossi a la primera pregunta es sí. De hecho, señala que hace décadas que las soluciones están disponibles, en reportes y artículos científicos. Y sí, también está en nuestras manos. Pero el remedio es tan sencillo, como difícil: pasa por cambiar nuestro modelo actual basado en el consumo y en el crecimiento económico infinito. “Eso no existe en la naturaleza, nada crece indefinidamente”.

Por eso, todas las acciones individuales y colectivas pasan por reducir el consumo: renunciar a movernos en coche individualmente, y favorecer el transporte público. Rechazar productos que tienen obsolescencia programada. Comprar menos, llevar una vida más sencilla. Además, apunta varias iniciativas interesantísimas que ya se están llevando a cabo. Una es la creación de biodiésel a partir de microalgas como alternativa a los combustibles fósiles; o el proyecto Life Remedia, para producir alimento de manera sostenible y combatir los efectos de la sobrepesca. “Las soluciones están ahí, y existen otras por descubrir, que la gente no se desanime. El ser humano existe desde hace cientos de miles de años y ha sobrevivido a las peores crisis del planeta: pestes, guerras mundiales, incluso a Gengis Kan”, bromea.

“Y quiero decirles una cosa a los chavales: que espabilen y que luchen, porque es su mundo. No tienen derecho a rendirse. Hay tres cosas sin las que no podemos vivir: aire, agua y comida. El resto es accesorio”, sentencia.

 

Texto: Bárbara Fernández
Fotografía: Laia Sabaté