Escribir la primera palabra de una novela o escoger el primer color para empezar un cuadro es siempre un acto de valentía. El joven Galder Sasía del colegio La Salle de Bilbao, ganador del premio Desafío Emprende 2017 que otorga el programa Jóvenes Emprendedores de EduCaixa, lo sabe muy bien. Ese año sobrevoló el Atlántico, junto a otros 23 estudiantes de escuelas e institutos de todo el territorio, para perfilar un prometedor proyecto que había empezado en clase. Allí conoció otra forma de trabajar y, sobre todo, otras formas de pensar, en un lugar llamado Silicon Valley.

En el epicentro tecnológico del mundo, los equipos de estudiantes descubrieron una nueva forma de ver la innovación. Mejor que lo explique Galder con sus palabras: “Yo pensaba que la gente creaba o innovaba únicamente para dar respuesta a una necesidad económica… y no. Allí la gente empleaba su tiempo libre en sus proyectos: sus hobbies eran crear soluciones únicas a problemas que veían en su entorno, y su motivación era alucinante”.

 

 

A este chico de Bilbao también le llamó la atención que “nadie iba con traje” y que rara vez la gente tenía horarios fijos. “Me quedé impresionado con cómo gestionaban su tiempo, en función de sus objetivos y responsabilidades. ¡Era una manera de ir feliz al trabajo!”, cuenta, locuaz. Empapándose del ambiente, de las charlas en universidades, de los paseos por parques naturales y de las reuniones con otros emprendedores, Silicon Valley fue para Galder y sus compañeros un acelerador de conocimientos, del mismo modo que lo es para las empresas que allí operan. “En una de las charlas teníamos que improvisar un proyecto en unos minutos y me inventé no sé qué aplicación para comprar regalos a tus familiares con filtros de Instagram”, explica Galder con humor.

¿Le cambió el viaje su vida? “Sí, decidí que si mi proyecto de momento no podía convertirse en mi trabajo y tenía que ponerme en mis ratos libres, lo haría”. Así que, finalizado el viaje formativo, le ha dado continuidad a su idea, Feeling Cells, basada en aprovechar el calor que generan, por ejemplo, las cocinas industriales y las salas de calderas para alimentar generadores realizados con células Peltier. “Estas células nos permiten producir electricidad renovable a partir del efecto termoeléctrico que de otra manera se desaprovecharía”, cuenta Galder.

Por ahora, él y su compañero Gorka Lombardero, que se unió al proyecto más tarde, ya han conseguido montar un minigenerador de 40 x 20 cm con 18 células Peltier que puede cargar un teléfono móvil conectándolo a una calefacción. No obstante, aspiran a proyectos más ambiciosos, como recubrir de células Peltier la campana extractora de una cocina para alimentar, por ejemplo, la energía de la nevera. Eso sí, Galder reconoce que todavía es incapaz de calcular exactamente la cantidad de vatios que podrían llegar a alcanzar sus generadores. “¡Es que somos chavales de 17 años!”, exclama.

En cualquier caso, Galder ya ha llegado más lejos de lo que podía imaginar cuando andaba por las clases de ESO. Ya por aquel entonces, le comentó a una profesora su curiosidad por las energías y así fue cómo descubrió las células Peltier. Ahora, a las puertas de la universidad, tiene claro que quiere dedicarse a la ingeniería. Quién sabe si su entusiasmo no le llevará de nuevo a Silicon Valley, esta vez para quedarse.

 

Texto: Germán Aranda
Fotografía: Jone Albeniz