Un melón de agua en Puerto Rico es una sandía en España y una patilla en Venezuela. A la papaya, en Cuba le llaman fruta bomba. Y al plátano, guineo en la República Dominicana. La cultura de cada uno es como los campos de energía. No la vemos, pero está en todas partes (incluso en la fruta). No la percibimos, pero es lo que nos hace singulares. No la podemos tocar, pero sí compartir. Y debemos aprovechar cada oportunidad, cada comida, cada clase, para enseñarlo a los niños.

Son las 17.57 h en la Asociación Educativa Ítaca de L’Hospitalet. Un grupo de 20 niños de tercero y cuarto de primaria hacen los deberes bajo la atenta mirada de sus monitores Jordi, Aida y Cristina. “¿De verdad me tengo que leer todo el libro?”, pregunta Adonis resoplando. “¿Dónde está la goma?”, dice Joan dando vueltas, intentando hacer tiempo. Poco imaginan que en unos minutos irán a la cocina a hacer su propio Master Chef Junior. La noticia cae como una bomba de ilusión en la clase y, pese a las indicaciones de los adultos, la cocina los recibe a la carrera. Tendrán que hacer pinchos con manzanas, fresas, uvas, mandarinas y plátanos, adornados con cereales.

 

 

“El objetivo es que aprendan hábitos de vida saludables: comer fruta, lavarse las manos… También aprenden que las frutas no son iguales en todos los países; piensa que en este barrio hay alrededor de un 75 % de población de origen extranjero. Pero sobre todo, el objetivo es que construyan juntos y sepan compartir, porque no siempre tenemos los recursos suficientes. Hoy, por ejemplo, tendrán que compartir manzanas”, nos cuenta Jordi sobre esta iniciativa del Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural (ICI) de la Obra Social ”la Caixa”. “¿Me puedo quedar una manzana para mí sola?”, pregunta Aida a la clase. “Nooooo”, contestan todos.

“A mí me encanta cocinar, porque es como hacer magia”, dice Nadia cortando una fresa por la mitad. “A mí lo que me gusta es comer”, resuelve Josué atravesando un trozo de plátano. Y mientras Saray y Lady se enseñan los pinchos desde sus respectivas mesas —no las han puesto juntas para que se abran a otros compañeros—, Aida les anuncia ¡que ya pueden comer! Festival de dedos pegajosos, cereales por el suelo y niños muy felices. Diego decide que les guarda un pincho a su madre y su hermana, y se lo comunica a su monitor, Jordi. “Muchas veces te crees que les estás educando, pero la mayor parte del tiempo aprendes tú de ellos”.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía: Román Yñan