Aunque a primera vista no tengan nada en común, hay algo que une a la primera piedra tallada en punta que el Homo heidelbergensis ató a un palo hace 500.000 años y a Waymo, un coche que circula sin que nadie lo conduzca. Ambos son herramientas construidas por el hombre para resolver un problema concreto, ya sea cortar mejor la piel de un animal o reducir los accidentes de tráfico. Quizás, si estamos donde estamos, es gracias a la tecnología que hemos ido creando. Por eso, recorrer la exposición “Robots. Los humanos y las máquinas de CosmoCaixa es darse un paseo por nuestra historia…, solo que contada desde otro punto de vista: el de las máquinas.

¿Sueñan los androides con antepasados eléctricos?
Si Roma no se construyó en un día, ¡imagínate el futuro! Es obvio que Sophia —esa androide tan humana que confesó querer un trabajo, una familia y la ciudadanía (demostrando tener muchas más aspiraciones que el millenial medio)— no nació de la nada. Ese robot superinteligente es el último hito de una larga tradición de máquinas más o menos autónomas construidas por el hombre. Y en “Robots. Los humanos y las máquinas” podrás ver algunas de las más míticas. Desde una réplica de La Sirvienta —un autómata diseñado por Filón de Bizancio allá por el 250 a. C., que mueve el brazo y llena su copa de agua hasta que alguien se la quita y el mecanismo para— hasta OMNIBOT 2000, un simpático robot de los años 80 que guarda cierto parecido con WALL-E y que es lo suficientemente listo como para llevarte el desayuno a la cama.

 

 

Avanzar al futuro por la derecha
Aunque la tecnología se haya desarrollado pasito a pasito, pasando de artilugios más rudimentarios a maquinarias cada vez más complejas, no siempre lo ha hecho en línea recta. En la historia encontramos algún que otro invento adelantado a su tiempo. Un ejemplo, cuya réplica también se puede ver en la expo, es la eolípila, una máquina construida por Herón de Alejandría en el siglo I a. C. Se trata de una esfera de la que salen dos tubos y que está conectada por otros dos tubos a un caldero lleno de agua. Al hervir, el agua se convierte en vapor, sube hasta la esfera y sale a tanta velocidad que la hace girar a toda pastilla. Para nosotros es, sin lugar a dudas, la primera máquina de vapor de la historia. Los griegos, en cambio, no supieron ver sus posibilidades y la consideraron un mero divertimento…

Yo, cíborg
“Cables, cometas, acero, piel y venas”, cantaban hace una década Aviador Dro. Pero ¿quién hubiera dicho que en tan poco tiempo ese sueño de ciencia ficción se convertiría en pura ciencia? Y es que los avances de la robótica han tenido un enorme impacto en la medicina. Ahora, si ciertas partes de tu cuerpo fallan, puedes intentar sustituirlas por prótesis hechas de cables y circuitos. Prueba de ello es la Hand Of Hope, una mano robótica diseñada para la rehabilitación de pacientes que han sufrido daño cerebral. Capaz de detectar las señales cerebrales y moverse acorde a ellas, el dispositivo hace que, con el tiempo, las partes sanas del cerebro aprendan a controlar los músculos de las manos. También es digno de mención el corazón artificial Reinhart. Funciona con una batería externa y permite a los pacientes sobrevivir hasta encontrar un donante. Aún es un prototipo en fase experimental, pero se prevé poder usarlo en personas en pocos años. Y aunque esto de mezclar biología y tecnología pueda parecer un poco alienígena, ¿no somos ya cíborgs desde hace años si llevamos audífonos y marcapasos?

Máquina, tenemos que hablar
Las nuevas tecnologías crean también nuevos hábitos y relaciones. WhatsApp, por ejemplo, generalizó el poder de comunicarnos al instante y vía texto. ¿Podemos pensarnos como seres humanos sin todas las tecnologías que hemos inventado? ¿Cuán estrecha es la relación entre hombres y máquinas? Estas y otras preguntas se plantea Conversational Implant, una de las últimas piezas del recorrido. Se trata de una planta unida a un sistema de inteligencia artificial que le proporciona todos los cuidados de forma semiautónoma, además de funcionar como chat bot con el que puedes ponerte a charlar. Pero lo más interesante es que no queda muy claro dónde empieza la planta y dónde el componente electrónico. Todo parece formar parte de un mismo ecosistema. Y, si te paras a pensar, quizás nosotros seamos esa planta: un elemento más de un hábitat que compartimos con nuestros vecinos (animados e inanimados).

 

Fotografía: Román Yñán