Empieza el día en la residencia Alt Camp de la ciudad de Valls. Pero este no va a ser un viernes cualquiera. Tras el aseo y el desayuno, las personas mayores que viven aquí y también las que vienen al centro de día no harán manualidades ni pasearán por las instalaciones, no verán la tele ni leerán el periódico. Hoy, un autocar con dos voluntarias de ”la Caixa” les está esperando en la puerta. Destino: la playa Llarga de Tarragona. Objetivo: pasar un día atípico entre olas, risas, refrescos y recuerdos de otros tiempos en el mar.

Maribel es la primera en darse un chapuzón. A sus 73 años, la gaditana baja a la orilla con un minivestido de rayas y se tira de cabeza al agua sin dudar un segundo: “Estaba fría, pero yo no soy de las que tarda dos horas en meterse”, aclara resuelta. “Crecí en San Fernando y desde pequeña iba mucho a la playa con mi padre, sobre todo a la de Cádiz, que estaba a pocos kilómetros y era preciosa. Él me enseñó a nadar y por eso ahora lo hago tan bien. Mi madre venía menos, solo un par de veces al año, cuando nos visitaba su hermana de Sevilla, que siempre quería ir a la playa. Claro, como allí no tienen… Entonces nos llevaban a mí y a mis seis hermanos a comer a un restaurante muy grande. Éramos muy felices”, recuerda sonriente. “Qué bonito es el mar. Y qué satisfacción da bañarse, qué alegría. Me he quedado nueva”, nos cuenta ya vestida, de vuelta en el mirador.

Allí, en el chiringuito, están sus 29 compañeros con sus sombreros para el sol, tomando refrescos y unas patatas, acompañados por los cuatro cuidadores del centro y Assumpció Casañas y Maria Teresa Girona, las dos voluntarias de la Asociación de Voluntarios de ”la Caixa” que han hecho posible la salida. “Nosotras estamos de voluntarias en la delegación de Tarragona para lo que salga: jóvenes, mayores, educación especial… En esta ocasión, la entidad necesitaba seis cuidadores para realizar esta salida a la playa y solo eran cuatro, así que… ¡aquí hemos venido!”, explican después de unos paseos por la orilla con los que se han querido apuntar.

 

 

“Yo hacía tiempo que no veía el mar, y me alegré mucho cuando nos dijeron que hoy veníamos”, cuenta Jaume Vilella, que a sus 89 años se está recuperando de un percance en la pierna y no se ha podido refrescar. Él hizo la mili en la Marina, en el buque Méndez Núñez, un cañonero que no salía mucho a mar abierta “porque después de las guerras no había para gastar”. Así que allí cerca, aparcado en el puerto, vivió gran parte de sus 19 y sus 20 años. Y hoy, las vistas desde el chiringuito le transportan muchos años atrás: “Cuando yo era joven no había costumbre de ir a la playa. ¡No iba nadie! Pero yo lo disfrutaba mucho y me encantaba nadar. Recuerdo que la primera vez que fui a la playa fue a Salou con tres amigos, y allí estuvimos nosotros solos durante horas. ¡Y ya ves ahora, llena a reventar!”.

“Yo no me baño, pero porque no he traído bikini”, bromea Maria Mestres desde su silla. “Cuando mis hijos eran pequeños, me gustaba ir a la playa de la Arrabassada porque, por mucho que caminaras, el agua nunca subía de media pierna, y eso era perfecto para los niños. Las mujeres llevábamos esos trajes de baño largos que estaban hechos de una ropa que no se secaba nunca. Esperabas y esperabas para poder irte con la ropa seca. Yo estaba más delgada y me quedaba muy bien. Cómo han cambiado los bañadores, ¿verdad?”.

“Esto no es como cuando alguien les visita en la residencia y juegan a las cartas”, nos cuenta la voluntaria Assumpció. “Ir a la playa es algo a lo que estos mayores no tienen acceso. Lo hacen muy pocas veces, quizá una al año. Por eso lo viven como algo tan especial y por eso, aunque solo hayan sido cuatro horas, algunos ya me han comentado que les ha dado oxígeno para un montón de días más. Y toda esa ilusión que ellos viven, los voluntarios nos la llevamos a casa multiplicada por mil”.

 

Texto: Ana Portolés
Fotografía: Mònica Figueras