“Debajo de mí está la tierra, encima de mí está el cielo y aquí en el centro estoy yo”. Con esta frase y colocados en círculo empiezan el día los chavales que participan en el casal de verano de la Fundación de la Esperanza. Hoy las actividades se hacen en la calma del parque de Collserola, en Barcelona. La entidad, impulsada por la Fundación ”la Caixa”, ha aumentado las semanas de actividad del casal, dirigido a niños y jóvenes de 6 a 16 años en situación de vulnerabilidad. Este casal, que se enmarca en el programa CaixaProinfancia, se lleva a cabo a través de la pedagogía de emergencia, una intervención educativa que les ayudará a superar el trauma de la pandemia y con la que los chicos y chicas aprenden a salvarse a sí mismos.

Viernes por la mañana en el parque de Collserola. Dos grupos de diez niños y niñas y otros dos de diez adolescentes llegan a este espacio natural. Cada uno tiene una monitora de referencia: Marina y Noemí se encargan de los mayores; Èlia y Sandra, de los peques, y como manda el protocolo sanitario, los grupos no pueden mezclarse. Mientras tanto, Sandra Vericat, especialista en pedagogía de emergencia, lo supervisa todo discretamente, aunque siempre que la ven los niños y niñas dejan de hacer lo que sea que estén haciendo y la llaman al unísono y con una sonrisa. “¡Sandra, Sandra!” Le tienen verdadera confianza.

 

 

“La pedagogía de emergencia es como los primeros auxilios en unas curas médicas”, cuenta Sandra. Es una metodología creada por el pedagogo alemán Bernd Ruf que se aplica poco después de experimentar un trauma, aproximadamente tras dos o tres días del shock y hasta los tres meses siguientes. La pandemia que hemos vivido ha hecho que muchos niños hayan desarrollado manías como aplicarse gel hidroalcóholico de forma compulsiva, porque repiten lo que ven. “Esta es una adaptación inadecuada a la situación. Yo los limito. Les hago ir al baño y lavarse las manos en vez de utilizar gel todo el tiempo”, cuenta Vericat.

¿Cuáles son estas medidas según la pedagogía de emergencia? Tener acceso a la naturaleza y un adulto de referencia equilibrado cerca, y seguir ritmos y rutinas adecuados. “Levantarse o comer a cualquier hora son manifestaciones de que la situación es estresante. También dejar de proyectarse en el futuro, porque no sabemos qué pasará mañana, y eso nos imposibilita crear”, asegura Vericat.

La Fundación de la Esperanza ha apostado por este tipo de pedagogía en el casal de verano, que empezó el 22 de junio y acabará el 28 de agosto. En años anteriores el horario era de 9.00 a 13.00 horas, pero este verano acaba un poco más tarde, a las 15.00 horas, para así poder ofrecer el desayuno y el almuerzo. “Durante el confinamiento las carencias económicas, sociales y educativas se han agravado” asegura Eva Gómez, coordinadora del casal. “Este año la prioridad es la recuperación emocional y el refuerzo de competencias básicas mediante juegos y actividades para que no se queden atrás en el ámbito escolar”.

El grupo de Danna, Wassima, Lina, Salma, Basma, Marwa, Safae y Adnan, de entre siete y diez años, se llama Los Mortales. “Ellos escogieron el nombre. Han descubierto que son mortales”, dice Vericat. En el otro grupo de pequeños decidieron llamarse Salvadores, porque como exclaman Alison, Kholoud y Dina: “estamos salvando el mundo del plástico, del coronavirus y del racismo”. Y mientras Adnan disfruta subiendo a la montaña, la pequeña Marwa observa las plantas y las flores y las ve muy bonitas. “Sus colores forman el arco iris”, dice. Un poco más allá, Lina y Wassima están entusiasmadas con la cabaña que el grupo ha construido.

Mientras tanto, Sandra los observa. La monitora está muy contenta de que estén en la naturaleza y asegura que es un espacio libre donde explorar sus necesidades y expresar sus emociones. “Pueden llorar, gritar y reír. El otro día, estando en la montaña, una chica “explotó” y pudo irse un rato y desahogarse a su aire. Antes de la pandemia teníamos muchas actividades por hacer, ¿pero qué necesitan estos niños y niñas realmente? Es el momento de parar y repensar”, dice.

Y es que en la pedagogía de emergencia se trata de tiempo libre estructurado: los monitores y monitoras les dan el material y los jóvenes se autogestionan. Por ejemplo, con una pelota y tres palos pueden trabajar la psicomotricidad. Además, cuentan con material gráfico proporcionado por los responsables del parque para que los jóvenes puedan, por ejemplo, detectar las huellas de los animales. “Nos han dado el entorno que no tenemos en el barrio Gótico”.

Sin embargo, al principio, algunos jóvenes no querían subir a la montaña. “Son urbanos, no conocen el bosque, como mucho van a la playa de la Barceloneta. Pero para la mayoría es una verdadera necesidad. Lina, de 15 años y vecina del Poblenou, nos explica en un receso del juego que lo que más le gusta de Collserola es tener un momento tranquilo. “Me encanta el aire que se respira y el paisaje”. “En la ciudad hay demasiados coches, ruidos, edificios y personas”, cuenta Sandra.

Entonces llega la comida.

“¿Quién me ayuda a llevarla a los peques?”, pregunta. “¡Yo, vaya pregunta!” responde Christian, un joven que lleva un llamativo pañuelo en la cabeza. Él y otro chico se levantan y cada uno agarra una caja llena de ensaladas. Durante el confinamiento, Christian no ha llevado muy bien el hecho de no poder salir con los amigos y practicar fútbol, un deporte que retomará en septiembre. Gracias a estas salidas a la naturaleza, como el resto de sus compañeros, ha podido dejar atrás los malos recuerdos y recuperar la sensación de libertad en plena naturaleza, jugando con otros niños. Eso sí, en un espacio abierto y seguro.

 

Texto: Laura Calçada
Fotografía: Laia Sabaté