Por todos los colegios terminan pasando los mismos tipos de profesores: los jóvenes e inexpertos, los distantes y severos, los de pelo sedoso y abundante que en cuanto te ven se ponen a mover la cola de alegría… Vale, estos últimos no serán típicos, pero los perros-profesor existen y trabajan en Perros y Letras: un programa enfocado a mejorar las habilidades de lectura de los niños mediante la terapia asistida con animales.

Todos estamos de acuerdo en que la lectura es fundamental tanto para el desarrollo académico como para el personal de los ciudadanos, pues nos permite desde disfrutar con los placeres de la literatura hasta rellenar correctamente un formulario. Sin embargo, uno de los estudios más recientes sobre la situación de la comprensión lectora en nuestro país aporta dos cifras reveladoras: el 52 % de los niños visita la biblioteca de su colegio apenas una vez por semana; el 26 % nunca lo ha hecho. ¿Cómo fomentar, pues, el amor por los libros? En Perros y Letras, representantes oficiales en España del programa estadounidense R.E.A.D., especializado en terapia asistida con animales, parecen haber encontrado una solución: asociar la lectura al cariño incondicional que ofrecen nuestros amigos más peludos.

 

Nacido en el año 2012, el programa cuenta ya con 23 equipos —compuestos por un terapeuta y su propio perro— repartidos por nueve provincias españolas. Este año, además, ha sido galardonado con uno de los Premios a la Innovación Social otorgados por la Obra Social ”la Caixa”, y el título no es para menos: un perro no es precisamente lo que uno espera encontrarse al entrar en una sala de lectura. Centrado principalmente en el trabajo individual junto a niños con dificultades lectoras, el programa se fundamenta en la inversión de roles. “Aunque estemos presentes, dirijamos siempre la sesión y todo pase por nosotros, nuestra tarea es desaparecer”, cuenta Elena Domínguez, directora de Perros y Letras. “Esa es la magia. Para el lector es el perro el que lo hace todo. Es el perro el que, si no entiende, hace algún movimiento con la pata o la cola para señalarlo.”

La clave está en que un perro no juzga, tan solo escucha. Es más, los niños que participan en la terapia “no se sienten en absoluto señalados. Para ellos es un premio, es hacer algo totalmente diferente”, indica Elena. Y los resultados no tardan en hacerse ver: “los padres”, cuenta, “te dicen que los niños llegan a sus casas y se ponen a leerle a la pecera, al hámster…, y empiezan a practicar más para luego llegar al cole y tener más soltura para leerles a los perros.” Decía el escritor francés Daniel Pennac que la curiosidad por la lectura no se fuerza, sino que se despierta: ¿y qué mejor manera de hacerlo que con un ladrido?

 

Fotografía: Laia Sabaté