“Torre de la tía Tomasa”, “la Casa” o “Espumarejo”. Así es como llaman los vecinos del barrio sevillano de La Macarena a la Torre Blanca, a la Casa Grande del Pumarejo y a la plaza adoquinada a la que la casa-palacio se asoma. Porque, cuando sientes que algo forma parte de ti, le das nombre propio. Y los vecinos de La Macarena no solo están unidos por la cercanía de las calles donde viven, sino, sobre todo, porque se sienten parte de un tejido social, de un grupo de personas que intentan mejorar su barrio juntas.

Entre las murallas de La Macarena, la vida se remueve como en un hormiguero. El entramado de calles, asociaciones vecinales y centros sociales (hasta cuentan con una moneda propia, el puma) desemboca en la plaza de Pumarejo. Allí se encuentra la célebre casa-palacio, salvada de la venta a una cadena hotelera por los propios vecinos en el año 2000 y reconvertida en la Casa Grande del Pumarejo. Muy cerca está también el comedor social Pumarejo-Macarena, fundado por las Hermanas de la Caridad hace más de 100 años. Y su labor sigue siendo la misma de entonces: ofrecer ayuda alimentaria a quienes lo necesitan.

 

 

En este lugar, que forma parte de los 32 Comedores con Alma que la Obra Social ”la Caixa” apoya en Andalucía Occidental, se atiende a casi 300 personas al día, todos los días del año. “Además de personas sin techo, también vienen muchísimas familias con hogar, pero que no llegan a fin de mes. Al comedor entra todo el que se pone en la puerta”, indica sor Esperanza, que lleva 17 años de coordinadora. Cada día se cocinan un primero y un segundo, además de algún otro plato (como hamburguesas o habichuelas) y postre. También se reparten piezas de fruta, leche y bollos para la merienda.

“Pero no se trata solo de darles alimentos: también intentamos ayudarles a buscar un trabajo. Y es muy bonito cuando lo encuentran y vuelven para contárnoslo y podemos compartir esa alegría”, asegura sor Piedad, encargada del área de familias. “Nosotros aquí recibimos muchísimo más de lo que damos”, prosigue Pilar, voluntaria desde hace 23 años. Chari, otra voluntaria veterana, destaca que “en tanto tiempo acabas cogiendo mucho cariño a la gente, porque no solo repartes comida sino que les escuchas y les intentas ayudar”.

Todas coinciden en la alegría que da encontrarse por el barrio a personas que solían ir al comedor, ver que están trabajando y que de alguna manera ellas han contribuido a ello. “Y en el barrio nos tienen muy en cuenta: si cierran algún comercio, por ejemplo, nos traen los artículos”, explica sor Esperanza. “Nosotras no hacemos milagros: nuestra labor es posible gracias a la ayuda de todos ellos.” A veces para hacer el mundo un poquito mejor solo hay que empezar echando un cable al vecino de enfrente.

 

Fotografía: Biel Capllonch