Más bien mago y artesano que cineasta. Eso fue Georges Méliès. Pionero de los viajes a lo desconocido, vio en el cine una herramienta para que los imposibles dejaran de serlo. Es cierto que los hermanos Lumière crearon el cinematógrafo, pero él inventó el espectáculo cinematográfico. Ya no se trataba de registrar la realidad, sino de imaginar el mundo y, cámara en mano, recrearlo a su manera con trucos propios de un ilusionista. Ahora, el concurso de vídeos Participa Méliès recupera el espíritu del hombre que nos llevó a la Luna antes que nadie.

La verdad es que no tengo ni idea de cómo era Méliès. A mí me gusta imaginarlo leyendo ese cortísimo cuento de Kafka —a quién nunca conoció ni pudo conocer— y asintiendo con satisfacción cuando, al preguntarle su sirviente adónde va, el protagonista se limita a contestar: “Fuera de aquí, esa es mi meta”. El francés rodó cerca de 500 películas (aunque se conserven solo unas 50), pero su carrera está marcada por dos viajes a lo desconocido: en 1902 el Viaje a la Luna y en 1912 A la conquista del Polo. Dos lugares a los que hace un siglo solo se podía llegar con la imaginación, buscando ir siempre un paso más allá, “fuera de aquí”.

 

 

 

 

Imaginación es lo que usó Méliès para desarrollar todos esos trucos por los que se ha hecho famoso, e imaginación es lo que vas a necesitar ahora para volver a este cine mágico y explorar lo nunca visto. Piensa una idea, coge una cámara y presenta tu corto antes del 15 de mayo al concurso de vídeos para escuelas y público general Participa Méliès, organizado por la Obra Social ”la Caixa”. El único requisito es usar al menos uno de los trucos de Méliès y dejar que tu imaginación haga el resto. Y ojo, que en realidad no es tan complicado.

Porque, al final, lo que más sorprende del cine de Georges Méliès es su sencillez. Es cierto que construía artilugios y pintaba decorados de todo tipo, que imaginaba historias estrafalarias llenas de personajes extraños a los que él mismo diseñaba los trajes. Pero sus trucos, como todos los de un buen mago, no son nada del otro mundo. Paras la cámara, sustituyes un objeto por otro, vuelves a encender la cámara y donde había una mujer hay un esqueleto. Filmas a una persona sobre fondo negro, rebobinas, vuelves a filmar encima y… un hombre se convierte en siete.

Parece fácil. Por eso, sus películas siempre me recuerdan un verso de Pessoa, ese en el que el poeta suelta que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas, porque las cosas más sencillas son las que, al final, resultan más fascinantes.

 

Texto: Elena Villena