Nunca había existido una generación de jóvenes tan vinculada a la fotografía como la actual. Internet, donde pasan la mayor parte de su tiempo, es el reino de lo visual. Inmortalizar un recuerdo es tan rápido como sacar el móvil del bolsillo. Las selfis son caminos para conocerse mejor. E Instagram es una especie de álbum de recuerdos infinito que, en lugar de estar colocado en la estantería de tu comedor, es como si estuviera en una biblioteca pública. Y eso hace que los límites entre público y privado se compliquen. Apoyar a los jóvenes para que reflexionen sobre su relación con las imágenes, sobre cómo ven y cómo son vistos en las redes, es el objetivo de Photo-Box, un taller organizado por la fotógrafa Lorena Ros y la Fundación Vicki Bernadet que cuenta con el respaldo del programa Art For Change ”la Caixa”.

Según datos recogidos en un informe de Unicef, en España el 95,2 % de los chicos y chicas de entre 10 y 15 años han utilizado internet en los últimos tres meses. Y cada vez empiezan más pronto (los niños de 15 años dicen haber empezado a los 10, mientras que los de 10 dicen haber empezado a los 7). Y de los 4.000 adolescentes entrevistados, casi la mitad reconocía haber sido víctima de algún tipo de violencia o acoso sexual on-line.

“Nosotros cuando éramos menores”, recuerda Lorena, “falsificábamos nuestros DNI para entrar a las discotecas. Pero ahí al menos había un portero que lo miraba. Había un filtro. Ahora, en internet, fingir ser quien no eres es demasiado fácil. En la primera sesión del taller ya había seis chicos con quienes había contactado algún perfil falso”. Y como las redes sociales no ponen filtros, son los propios adolescentes quienes tienen que aprender a crear los suyos.

 

 

Así, los chicos y chicas entre 12 y 18 años de los dos centros abiertos de Barcelona que participan en Photo-Box están construyendo su propia defensa ante el acoso sexual. Y lo hacen debatiendo sobre estos temas junto a un equipo de psicólogas de la Fundación Vicki Bernadet, pero también aprendiendo a mirarse a través de la cámara. La fotógrafa nos cuenta que la intención no es que se miren a ellos mismos, a su propio cuerpo, como se suele hacer con las selfis, sino a todo aquello que les rodea. “Queremos que saquen fotos de su entorno, de sus habitaciones, de sus amigos. Porque los espacios que habitamos, los libros que tenemos en la mesilla y las pegatinas que llevamos en la funda del móvil hablan de nosotros de manera más sutil y más profunda que un autorretrato. Hay que apuntar la cámara hacia fuera para mirar hacia dentro”.

Y entre disparo y disparo se habla de acoso sexual on-line y de cómo nos mostramos y somos vistos en las redes. Porque, como decía el crítico de arte John Berger, la mirada siempre es recíproca: mirar implica que podemos ser vistos. Y cuando te dejas ver a través de una pantalla no siempre sabes quién hay detrás observando. Puede ser un amigo, un admirador sincero o alguien que intenta ganarse la confianza de un menor para abusar de él. “Yo ya había trabajado con abusos sexuales a menores en Unspoken, un libro en el que retrataba a adultos que habían sufrido abusos de pequeños”, apunta Lorena, “pero creo que lo interesante de este proyecto es que nos puede dar la oportunidad de actuar antes de que eso ocurra”.

Y lo bueno del medio fotográfico es que “mientras que en la música, por ejemplo, tienes que dominar mucho un instrumento para poder tocar una partitura, con la fotografía basta una cámara y un poco de buena intención para expresar un montón de cosas”, dice Lorena. Porque, aunque estemos acostumbrados a explicar nuestro mundo con palabras, el ojo siempre va por delante: primero miramos al Sol y luego supimos que la Tierra giraba en torno a él. Y, en un mundo cada vez más visual, aprender a mirar —ser conscientes de nuestra relación con las imágenes— es también aprender a defendernos de cómo somos mirados.

 

Fotografía: Lorena Ros