El amarillo trompeta de Kandinsky es todo un clásico. Y el azul libertad, también. Todos asociamos ideas a lo visual. Pero ¿y las personas que no ven? ¿Qué significa ver en realidad? ¿Puede una persona con diversidad visual disfrutar de una pintura? Que se lo pregunten a Ignasi Terraza, el pianista ciego de jazz que en el 2015 creó un disco inspirado en las descripciones y poemas que la historiadora del arte Carlota Polo escribió de la obra de Miró. Nos hemos ido a los museos a buscar respuestas para descubrir que el arte contemporáneo es mucho más para todos de lo que en realidad pensamos.

Empezar una visita dinamizada a la colección “Bajo la superficie” del MACBA para personas con diversidad visual enfrentando al grupo a cuatro espejos gigantes puede parecer una broma… Pero precisamente esta colección trata de hacernos reflexionar sobre qué significan los verbos ver y mirar: el objetivo es que cuando estemos entre las cuatro paredes del museo dejemos de fijarnos en lo que vemos en la superficie para ponernos a explorar la superficie en sí.

La actividad es una de las muchas y variadas que la red Apropa Cultura —de la cual forman también parte CosmoCaixa y CaixaForum, centros en los que también se trabaja por la accesibilidad a través del diseño universal y se hacen visitas comentadas y adaptadas a distintos colectivos— recomienda en su web para acercar la cultura a todo el mundo este verano.

“Normalmente empezamos preguntándoles qué experiencia tienen ellos del objeto espejo”, cuenta el primer técnico de accesibilidad en la historia del MACBA, Guillem Martí. “¿Qué ven? ¿Qué no ven? ¿Qué es para ellos un espejo?” Según Guillem, esta obra de Michelangelo Pistoletto, titulada Arquitectura del espejo, no está hecha para que te mires y te veas perfectamente, sino para empezar a especular con ciertos aspectos del arte contemporáneo. “Uno de ellos es que la historia de la pintura hasta cierto punto estuvo gobernada por la idea de que los cuadros tenían que representar la realidad con fidelidad y esto es algo que el arte contemporáneo ha roto completamente: el espejo se ha empezado a utilizar para crear juegos de luz y de distorsión de la imagen. Hay ejemplos desde en Las Meninas hasta en Picasso.”

 

 

“Realmente las personas ciegas son las que entienden mejor qué es un espejo”, afirma el guía, dejándome intrigada. “Solemos definir el objeto espejo desde nuestra mirada: es un sitio donde vemos cosas. Estos espejos, por ejemplo, están reflejando constantemente lo que pasa en este espacio. Y si estuvieran aquí días, semanas, años, captarían a toda la gente, todo el movimiento y toda la luz, y al final pasaría lo que pasa con la cámara si dejas el obturador abierto: que te sale una foto totalmente blanca. La ceguera total. Un espejo en sí mismo es una superficie opaca, completamente ciega. Por eso creo que una persona con discapacidad visual puede tener una visión más fiel de esta obra de arte justamente porque no se fija en lo que hay fuera del espejo, sino en la idea del objeto en sí”.

Es lo bonito del arte contemporáneo. Que exige dejarse llevar por la imaginación. “En muchas obras lo importante no es lo que puedes ver o no, sino la reflexión que hay detrás, el concepto”, cuenta Guillem. “Yo diría incluso que el arte contemporáneo, aunque a veces se tenga el prejuicio de que es más elitista, en realidad es más para todos, más inclusivo. Porque está lleno de gestos que implican una gran democratización del arte, y una vez se trabaja la extrañeza inicial, a todos nos dice alguna cosa”.

Guillem nos enseña los materiales que utiliza en las visitas guiadas para personas con diversidad visual: libritos en braille, láminas en relieve, recreaciones táctiles de algunas obras hechas por el servicio de restauración de la casa, audioguías, lupas, recipientes de agua para los perros de asistencia… Un programa de accesibilidad, apoyado por la Fundación Repsol, que se ha visto impulsado aún más con la incorporación de su rol de técnico de accesibilidad hace menos de un año.

Paseamos por las distintas salas con nuestro guía. Cuadros-error borrados con típex. Habitaciones que son pinturas. Lienzos cubiertos de azufre, arena o polvo de oro. Guillem cuenta que en las visitas con personas con diversidad visual, que se pueden hacer en grupo o personalizadas, además de los recursos táctiles, se hacen descripciones de los colores y formas de las obras, “pero también se intenta explicar a través de la palabra la sensación que transmite cada pieza”. Nunca es una simple traducción, como quien cambia del inglés al chino mandarín. Siempre hay una persona interpretando.

Mientras toco algunas de las reproducciones y disfruto del contacto con las texturas, pienso que en los museos debería, en general, haber más oportunidades sensoriales para todos. Esta sociedad en la que vivimos, tan centrada en el mirar, nos hace casi olvidarnos del resto de sentidos. El monopolio de los ojos nos convierte en puros espectadores pasivos. ¿Son quizás las personas que no ven, con sus manos, los verdaderos exploradores del arte?

“El arte contemporáneo no está hecho para que tú veas la obra e instantáneamente tengas un síndrome de Stendhal”, afirma Guillem. “La mirada no es tan evidente”. No ves la obra de entrada. La tienes que explorar con la mirada o con cualquier sentido que tengas a mano; cuantos más, mejor. Como siempre, el pensar en las necesidades de unos pocos puede traernos pequeños beneficios para todos. ¿Por qué no lo hacemos más a menudo?

 

Texto: Marta Puigdemasa